Hay un día en nuestras
vidas en que un duende aparece de repente. Un sujeto travieso. Lo
imagino con grandes orejas y ojos saltones, juguetón, que mientras
estás dormida comienza a pellizcarte en el estómago tan
insistentemente que si te descuidas, horada tu piel hasta alcanzar
tus entrañas.
No te lo puedes quitar de
encima. Ese duendecillo revolotea por tu cabeza, te susurra cosas al
oído cuando duermes, prende las puntas de tu pelo y tira de ellas
como el que intenta frenar a un potro desbocado. No ceja en su empeño
ni te deja vivir hasta que consigue que te levantes, te pongas seria
y le digas a tu pareja: “quiero tener un hijo”. El otro -al que
el duendecillo igual ha ignorado porque el tiempo que ha empleado
contigo no le ha dejado un instante para atosigarle- te mira
estupefacto y ya -dependiendo de las vicisitudes de la vida- se tira
contigo a la piscina o se tira desde un puente.
El instinto es el
instinto, no puedes ignorarlo.
De repente te ves
cambiando pañales, insomne por las noches -no ya por el duendecillo,
que el muy cabroncete ahora duerme a pierna suelta-sino por aquella
cosita tierna e indefensa que te reclama. Te preguntas cómo de
aquella bola rechoncha puede salir un alarido tan descomunal, pero
para entonces ya se te ha tatuado en la frente la frase “quien no
llora...”
Parpadeas un par de veces
y ya lo estás llevando de la mano hasta la puerta del colegio por
primera vez, pero a quien le tiemblan las piernas es a ti, quien
tiene un nudo en la garganta eres tú.
Le revisas de arriba a
abajo mil veces como si sospecharas que lleva droga, pero en realidad
lo que
compruebas es que lleva la
bolsita de cuadros con su bocadillo, que va bien peinado, que no se
le olvida la rebeca por si a la profesora le da por ventilar la clase
y te coge un resfriado, que no lleva las marcas del Cola Cao en las
comisuras -como es tan lento, se lo ha tenido que beber de un trago
en el último minuto-, miras por última vez esa carita de ángel y
te despides con un beso pegajoso como si se lo llevaran al matadero.
Llegas a casa, te relajas
un poco en el sofá y te quedas dormida.
Te despiertas de un
sobresalto porque se te ha pasado la hora y tienes que ir a
recogerle. Cuando llegas a la puerta del instituto ves que el autobús
está llegando en ese preciso momento ¡Menos mal! . Ahí está,
viene flipando con el viaje, te endosa de un empujón la mochila y la
maleta y empieza a contarte, en una sola frase sin comas ni puntos,
lo que se ha reído por las noches correteando por las habitaciones
del hotel con los compañeros, y lo guay que era la montaña rusa con
triple looping del parque de atracciones, y lo aburrido que era el
museo pero que te ha comprado un regalito en la tienda que te va a
encantar.
Y tu respiras porque ha
regresado bien, no tiene ni un rasguño y te ríes para tus adentros
de ver esa energía que desprende incluso después de 15 horas en el
autobús, se ve que ha dormido aunque haya sido enroscado en su
asiento como una serpiente.
Llegáis a casa, dejáis
las maletas en el cuarto y empiezas a preparar el almuerzo.
Cuando la cebolla del
sofrito ya está caramelizada y el tomate se ha deshecho entre los
dorados dientes de ajo comienzas a añadir el arroz
“dos puños por persona
y uno de regalo para la olla” -decía tu madre.
Entonces se te acerca, te
da un beso en la mejilla y exclama. “Mmm, huele bien” algo te
dice que su voz es melosa, aún más que la cebolla que revuelves con
delicadeza, le miras y te comenta : “tengo que decirte una cosa, me
han quedado dos asignaturas este curso” es que la Universidad está
fatal, no te dicen nada hasta el último momento, yo estaba
convencido de que había hecho los exámenes perfectamente”
y te descubres
escuchándole con una ceja más alta que otra y la comisura derecha
de tus labios apretada. “Bueno, pues habrá que recuperar eso, ¿no?
-le interpelas.
“Pues claro! No te
preocupes, en septiembre las saco con buena nota, te lo prometo”
Y ya en la mesa exhalas un
profundo suspiro antes de meterte en la boca la primera cucharada de
paella.
La tarde ya la tienes
cubierta porque has pensado que vas a ir al súper.
No queda casi nada en la
despensa ni en la nevera así que hoy le vas a dedicar un buen rato y
vas a traer un poco de todo.
Cuando llegas a casa y
empiezas a sacar los productos de las bolsas te frenas ante los
paquetes de pasta y el queso rallado. Hasta ese momento no te has
dado cuenta de que no estás segura de si él come pasta o se ha
puesto a régimen, porque desde que vive solo ya le van preocupando
esos pequeños pliegues que aparecen sobre el cinturón cuando se
sienta a ver una película en el sofá de su casa.
“Bueno, -te dices- lo
dejo en la despensa para cuando venga un fin de semana. Le voy a
preparar una lasagna de chupetearse los dedos y luego, si quiere, que
se cueza él sus verduras”.
Ahora, cuando te sientas
un ratito en la terraza, el duendecillo-con algunas canas más-
aparece de nuevo y te mira con ternura. Se sienta en tu hombro y
apoya su diminuta cabeza en tu cuello.
Esta vez decide hablarte
para decirte que todo está bien, que ya hay otro árbol creciendo,
dando frutos y sombra fresca, que el ciclo de la vida continúa.
Ahora tienes tiempo de ir a clase de bachata o de pensar en viajar
más a menudo y ya no tienes por qué hacer ollas grandes de puchero.
Pero si te reconcomes
cuando ves que pasas innecesariamente por la puerta de su cuarto
vacío y te sientes un pelín más apagada, el duendecillo entonces
aparece de repente, sujeta con sus minúsculas manos tu barbilla y te
mira fijamente a los ojos para decirte que no estés triste, porque
ya mismo se marcha él a importunar a cierta chica que conoce.
Así que, en menos que
canta un gallo, ya estás ayudando a esa primeriza a cambiar pañales
otra vez.

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