16.7.16

¡Vaya con el duendecillo!


Hay un día en nuestras vidas en que un duende aparece de repente. Un sujeto travieso. Lo imagino con grandes orejas y ojos saltones, juguetón, que mientras estás dormida comienza a pellizcarte en el estómago tan insistentemente que si te descuidas, horada tu piel hasta alcanzar tus entrañas.
No te lo puedes quitar de encima. Ese duendecillo revolotea por tu cabeza, te susurra cosas al oído cuando duermes, prende las puntas de tu pelo y tira de ellas como el que intenta frenar a un potro desbocado. No ceja en su empeño ni te deja vivir hasta que consigue que te levantes, te pongas seria y le digas a tu pareja: “quiero tener un hijo”. El otro -al que el duendecillo igual ha ignorado porque el tiempo que ha empleado contigo no le ha dejado un instante para atosigarle- te mira estupefacto y ya -dependiendo de las vicisitudes de la vida- se tira contigo a la piscina o se tira desde un puente.
El instinto es el instinto, no puedes ignorarlo.

De repente te ves cambiando pañales, insomne por las noches -no ya por el duendecillo, que el muy cabroncete ahora duerme a pierna suelta-sino por aquella cosita tierna e indefensa que te reclama. Te preguntas cómo de aquella bola rechoncha puede salir un alarido tan descomunal, pero para entonces ya se te ha tatuado en la frente la frase “quien no llora...”

Parpadeas un par de veces y ya lo estás llevando de la mano hasta la puerta del colegio por primera vez, pero a quien le tiemblan las piernas es a ti, quien tiene un nudo en la garganta eres tú.
Le revisas de arriba a abajo mil veces como si sospecharas que lleva droga, pero en realidad lo que
compruebas es que lleva la bolsita de cuadros con su bocadillo, que va bien peinado, que no se le olvida la rebeca por si a la profesora le da por ventilar la clase y te coge un resfriado, que no lleva las marcas del Cola Cao en las comisuras -como es tan lento, se lo ha tenido que beber de un trago en el último minuto-, miras por última vez esa carita de ángel y te despides con un beso pegajoso como si se lo llevaran al matadero.

Llegas a casa, te relajas un poco en el sofá y te quedas dormida.
Te despiertas de un sobresalto porque se te ha pasado la hora y tienes que ir a recogerle. Cuando llegas a la puerta del instituto ves que el autobús está llegando en ese preciso momento ¡Menos mal! . Ahí está, viene flipando con el viaje, te endosa de un empujón la mochila y la maleta y empieza a contarte, en una sola frase sin comas ni puntos, lo que se ha reído por las noches correteando por las habitaciones del hotel con los compañeros, y lo guay que era la montaña rusa con triple looping del parque de atracciones, y lo aburrido que era el museo pero que te ha comprado un regalito en la tienda que te va a encantar.
Y tu respiras porque ha regresado bien, no tiene ni un rasguño y te ríes para tus adentros de ver esa energía que desprende incluso después de 15 horas en el autobús, se ve que ha dormido aunque haya sido enroscado en su asiento como una serpiente.

Llegáis a casa, dejáis las maletas en el cuarto y empiezas a preparar el almuerzo.
Cuando la cebolla del sofrito ya está caramelizada y el tomate se ha deshecho entre los dorados dientes de ajo comienzas a añadir el arroz
“dos puños por persona y uno de regalo para la olla” -decía tu madre.
Entonces se te acerca, te da un beso en la mejilla y exclama. “Mmm, huele bien” algo te dice que su voz es melosa, aún más que la cebolla que revuelves con delicadeza, le miras y te comenta : “tengo que decirte una cosa, me han quedado dos asignaturas este curso” es que la Universidad está fatal, no te dicen nada hasta el último momento, yo estaba convencido de que había hecho los exámenes perfectamente”
y te descubres escuchándole con una ceja más alta que otra y la comisura derecha de tus labios apretada. “Bueno, pues habrá que recuperar eso, ¿no? -le interpelas.
“Pues claro! No te preocupes, en septiembre las saco con buena nota, te lo prometo”
Y ya en la mesa exhalas un profundo suspiro antes de meterte en la boca la primera cucharada de paella.

La tarde ya la tienes cubierta porque has pensado que vas a ir al súper.
No queda casi nada en la despensa ni en la nevera así que hoy le vas a dedicar un buen rato y vas a traer un poco de todo.
Cuando llegas a casa y empiezas a sacar los productos de las bolsas te frenas ante los paquetes de pasta y el queso rallado. Hasta ese momento no te has dado cuenta de que no estás segura de si él come pasta o se ha puesto a régimen, porque desde que vive solo ya le van preocupando esos pequeños pliegues que aparecen sobre el cinturón cuando se sienta a ver una película en el sofá de su casa.
“Bueno, -te dices- lo dejo en la despensa para cuando venga un fin de semana. Le voy a preparar una lasagna de chupetearse los dedos y luego, si quiere, que se cueza él sus verduras”.

Ahora, cuando te sientas un ratito en la terraza, el duendecillo-con algunas canas más- aparece de nuevo y te mira con ternura. Se sienta en tu hombro y apoya su diminuta cabeza en tu cuello.
Esta vez decide hablarte para decirte que todo está bien, que ya hay otro árbol creciendo, dando frutos y sombra fresca, que el ciclo de la vida continúa. Ahora tienes tiempo de ir a clase de bachata o de pensar en viajar más a menudo y ya no tienes por qué hacer ollas grandes de puchero.

Pero si te reconcomes cuando ves que pasas innecesariamente por la puerta de su cuarto vacío y te sientes un pelín más apagada, el duendecillo entonces aparece de repente, sujeta con sus minúsculas manos tu barbilla y te mira fijamente a los ojos para decirte que no estés triste, porque ya mismo se marcha él a importunar a cierta chica que conoce.


Así que, en menos que canta un gallo, ya estás ayudando a esa primeriza a cambiar pañales otra vez.



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