Elena comenzó a caminar despacio por el andén de la estación de autobuses con su billete en la mano y, de vez en cuando, levantaba la mirada para comprobar si el número coincidía con alguno de los que aparecían en el letrero indicador de ruta de los autocares que estaban aparcados allí. Anduvo hasta el final del andén y luego recorrió el mismo camino de vuelta porque aún no había llegado el suyo.
Se sentó en un banco y esperó.
No pasó mucho tiempo hasta que vio que un autocar se detenía en el aparcamiento que se encontraba justo delante de su banco. Se levantó y comprobó de nuevo su billete y el letrero. Coincidían.
Fue entonces cuando un grupo de personas apareció de la nada y todos comenzaron a acercarse apresuradamente.
Elena era paciente, no como otros, que rápidamente entregaban sus equipajes al conductor entre empujones, para que los introdujera en el maletero del autocar y poder sentarse cuanto antes.
"¿Por qué hacen eso?"-se preguntaba-"los asientos son numerados y nadie va a ocupar ninguno que no le corresponda".
Le fastidiaba ese tipo de gente, ella tan elegante, tan comedida. Se podía permitir el lujo de mirar por encima del hombro a todos y no mezclarse con la chusma. Por eso, ella solo observaba y esperaba a que hubiese menos bullicio. Al fin y al cabo se apearía en la última parada del trayecto, con lo que daba igual en qué lugar ubicar su pequeña maleta.
Fue unos segundos más tarde cuando la vio.
De repente, de la nada, surgió aquella mujer. Era de raza negra, obesa, con una abundante melena oscura y despeinada. Llegaba tarde, arrastrando una maleta de grandes dimensiones y a Elena le llamó la atención porque entre los pasajeros que subían al autocar ella apareció como un torbellino, haciendo aspavientos con los brazos, sudando por la pesadez de sus carnes y haciéndose notar. Plantó su enorme maleta ante los pies del conductor y subió al interior del vehículo portando aún un bolso de color chillón de gran tamaño.
Elena la observaba y esperó a que aquella mujer subiera primero. De hecho esperó a que todos entrasen y fue entonces cuando entregó su maleta para luego subir al autocar.
Todos estaban sentados. Pasó por cada fila buscando el número del asiento que coincidiera con su billete y cuando al fin lo encontró no podía creer lo que vieron sus ojos.
Aquella mujer estaba sentada justo a su lado junto a la ventanilla.
Por un momento pensó que el mundo se le venía encima. Era un viaje largo y los muslos y codos de aquella señora sobrepasaban los límites establecidos e invadían sin decoro alguno, parte de su pequeño habitáculo.
"Pues vaya mala suerte"-pensó-"tuvo que tocarme a mí".
Elena se sentó y aquella mujer le dedicó una sonrisa y un "Buenos días" que Elena devolvió refunfuñando. El autocar comenzó a moverse.
El principio de un viaje largo es extraño porque uno no sabe qué hacer primero. Como el asiento de Elena daba al pasillo no podía entretenerse contemplando el paisaje por la ventanilla, y si lo intentaba se topaba enseguida con aquella mole femenina que le impedía ver nada. Por eso miraba la parte trasera del respaldo del asiento delantero, miraba al pasillo, miraba las cabezas de los otros pasajeros. Elena tuvo entonces la sospecha de que ese viaje iba a ser interminable pero se propuso no alterarse, ni mirar el reloj en demasía, así que se abstrajo en sus pensamientos y se dejó llevar.
Pasó un tiempo indeterminado y Elena recordó que antes de partir había guardado en su bolso un libro que aún no había acabado de leer. Aquello le produjo alivio, al menos leyendo el tiempo transcurriría más rápido. Y así fue, porque cuando menos se lo esperaba el autocar hizo una primera parada en un área de servicio. Levantó los ojos del libro y observó cómo muchos pasajeros bajaban a tomar un refrigerio o a estirar las piernas. Ella pensó aprovechar la parada para ir al lavabo y comprar un refresco. Guardó su libro en el bolso de nuevo y bajó.
Como fue de las últimas en salir al final tuvo que apurar su bebida cuando vio que todos subían de nuevo. Les siguió y volvió a su asiento. Allí estaba la mujer, que también había bajado a comprar algunos aperitivos aunque no habían coincidido en la tienda.
El autobús prosiguió su ruta y antes de que Elena pudiese volver a abrir su libro oyó una voz que decía:
"Te gusta lee, ¿verdá? porque tas llevao to el tiempo embobá con ese libro. A mí me marea lee en los viajes, en verda es que yo no leo mucho, bueno, no leo na, lo que pasa es que no tengo tiempo porque siempre hay muchas cosa que hacé en casa. Uff! y cuando termino estoy como pa ponerme a leé"
Toda esa retahíla de cosas había llegado a los oídos de Elena antes de que hubiese tenido tiempo siquiera de girar su cabeza para mirar a aquella mujerona que se dirigía a su persona sin previo aviso, sin un atisbo de educación, sin ninguna presentación preliminar. Eso vino después.
"Hola, me llamo Melinda, dime a ve ¿cómo te llama?"
Elena se sintió abrumada por tanto descaro pero no tuvo reflejos para reaccionar de otra manera
"Me llamo Elena"
"Mucho gusto, Elena ¿va mu lejo?"
"Voy hasta el final del trayecto"- respondió casi sin ganas.
"Igual que yo, ¡qué casualidá!"
Elena dejó entrever una falsa sonrisa que la hundía más en la miseria de su suerte.
Tendría que soportar a aquella mujer hasta la última parada.
"Pues como te decía, yo no leo porque tengo un horario mu ajustao, por la mañana temprano tengo que despertá a los chicos, prepararle el desayuno y luego acompañarlo al colegio, porque Concha se levanta má temprano y tiene que está en la oficina ante de que ellos entren en la escuela. Cuando vuelvo, Pedro aún está en la casa, él no tiene prisa porque comienza su trabajo má tarde.
Le gusta desayuná solo y leé el periódico tranquilamente mientras se toma el café. Yo me quedo en casa limpiando, ordenando y luego preparo el almuerzo. Concha es muy tiquismiqui porque solo quiere que prepare ensalá, verdura y pescao a la plancha. Tiene jorná partía y luego dice que hase mal la digestión si hago guiso pesao. Está demasiao delgá para mi gusto, y lo que en realidad le ocurre es que le aterroriza cogé kilos de má. Yo le digo que eso tampoco pue ser sano, de vez en cuando tiene que comé platos con más consistencia, pero me sonríe y no me tiene en cuenta. "Eso solo para los niños-me dice-que están en edad de crecer" así que ni ella ni Pedro comen ná que tenga una pizca de grasa.
Sin embargo, a vece, cuando no pué vení a almorzar porque tiene demasiado trabajo en la oficina, Pedro me dise "Melinda, prepara bolas de Yuca que Concha no viene hoy a comer" Me lo dice como conspirando y luego me pide que le guarde el secreto. A mi me hase gracia porque siempre come lo que ella quiere y me lo tié desnutrío, al pobre. ¿sabe lo que son las bolas de Yuca?" -Elena frunció los labios y negó con la cabeza- son bolitas jecha de yuca rallá, sazoná con sal, mantequilla y aní, rellena de queso, pollo, vegetales, marisco y fritas en la sartén. Están pa chuparse los dedos. Deberías jacerla un día y comprobarlo por ti misma"
Elena solo se había presentado y no podía creer lo que estaba oyendo. Además no le gustaba hablar en los autobuses porque le obligaba a mantener su cabeza girada para atender a su interlocutor y esa postura sostenida en el tiempo le producía molestias en la espalda. No se atrevía a preguntar nada por no dar pie a otros quince minutos de monólogo ininterrumpido y por eso sonrió levemente y volvió a mirar el respaldo del asiento delantero. Sin embargo se sentía incómoda. Había dejado a aquella mujer casi con la palabra en la boca y muy a su pesar volvió a girar la cabeza para decir:
"¿De dónde es usted?" - Melinda vio el cielo abierto
"¡Anda mujer! no me llame de usted que me jase sentí má vieja! y soltó una carcajada tan sonora que hizo que los pasajeros cercanos volviesen sus miradas hacia las dos, lo cual hizo a Elena ruborizarse y querer esconderse en los bajos del asiento.
"Soy de la República Dominicana - continuó - vine a España hase un par de años a buscá trabajo porque en mi paí no tenemo prácticamente na pa comé. La risa se le apagó de repente. Allí tengo a mi familia y a mi sijos, lo que gano trabajando en España lo envío allí para que ellos puean viví"
"Y ¿cuándo vas a verlos?"
"No pueo ir tan a menudo como yo quisiera porque el viaje cuesta mucho dinero, solo cuando consigo reuní uno ahorrillo. Mientras tanto les envío lo que pueo. Ahora precisamente vengo de allí. Les echo mucho de menos pero ahora sé que están bien y eso é lo importante, mi sueño e que algún día la situación mejore en mi paí y yo pueda volvé pallá".
A Elena se le hizo un nudo en la garganta en ese momento. Giró su cabeza e intentó hacerse la distraída para que Melinda no notase que sus palabras le habían afectado.
Se volvió a hacer el silencio.
Pasó un tiempo y la monotonía de la repetición de paisajes, el soniquete monocorde del vehículo y los interminables minutos hicieron que Elena cayese en un sueño profundo e inesperado.
Al despertar un par de horas más tarde miró su reloj, su cabello estaba despeinado por la postura extraña que había tenido que adoptar en su asiento para acomodarse, un leve hilillo de baba caía despreocupado por la comisura izquierda de su labio y el maquillaje se le había corrido de manosearse inconscientemente.
Cuando despertó bruscamente se apercibió de su estado y se apresuró a adecentarse por lo incómodo de la situación. Ella tan recatada, tan formal, tan discreta. Una vez hecho el primer movimiento oyó una voz:
"Tas quedao dormía un buen rato, eh? Al meno ha podío descansá, yo apenas pueo moverme en este sitio tan pequeño. No entiendo por qué no hacen los autocare má grande. Pero bueno, tampoco importa demasiao porque estoy bastante despierta, ya podré dormí cuando llegue a la casa. A veces me cuesta mucho dormí aunque esté muy cansá porque estoy siempre pensando en mi sijos y en mi paí".
"¿Cómo es tu país? -preguntó Elena.
"Mi paí es mu hermoso. Tiene unas playa de arena blanca y aguas cristalina, lago de agua salá y unas montañas con una vegetación exuberante. Hace sol to el año y nos gusta recibí a los turistas y ofrecé nuestra hospitalidad. ¡Ay! -suspiró-pero también e mu pobre. Ojalá nunca me hubiera tenido que marchá de allí pero quiero que mi sijos tengan la oportunidá de estudiá y salí adelante. Son pequeños aún y si no le ayudo tendrán que abandoná la escuela y ponerse a trabajá en el campo o en algo peor y yo no quiero eso pa ellos. ¿Tú tiene sijos?"-inquirió
"Sí -contestó Elena- tengo una hija adolescente"
"Seguro que la quiere mucho y ella también a ti" -comentó Melinda- "tienes cara de sé buena persona"
Aquellas palabras descolocaron a Elena ¿en qué momento y por qué motivo aquella mujer podía intuir que ella era una buena persona? ¿Por qué lo decía? Tenía la sensación de que Melinda la veía como quien hace una radiografía, que no se paraba en sus ojos, sino que le hablaba directamente al corazón"
"Entonces no eres feliz aquí, supongo" - preguntó Elena
"Que va! to lo contrario, soy mu feliz. Mi familia aquí me trata con respeto y me tienen mucho cariño, para ellos soy una má de la familia. Pedro siempre me dice que guiso mejó que su mujé y que le cuido mucho" -dijo bajando la voz- "siempre está bromeando y e mu charlatán. Le encanta contá chiste durante las comida. Concha me respeta y deja que organice las cosa a mi gusto, a veses viene a casa con una blusa que ha visto en alguna tienda y que le ha gustado pa mí, los niños me adoran, le encanta que le cuente historias curiosa de mi paí. En realidad estoy mu bien aquí pero tengo el corazón dividío, e mu difícil de explicá".
Llegado a este punto Elena ya se había desarmado. También ella había quedado colgada de aquella historia y ahora sentía que se encontraba muy a gusto al lado de aquella mujer.
El tiempo había transcurrido mucho más rápido de lo esperado y muchos de los pasajeros ya se habían apeado en las distintas paradas. De repente Elena se dio cuenta de que quedaban escasos veinte minutos para llegar al destino. Entonces miró a Melinda y vio como ésta abría su enorme bolso chillón y empezaba a rebuscar en su interior hasta sacar un pequeño neceser. Abrió un paquete de toallitas refrescantes y comenzó a limpiar su cara y sus manos. Al ver que Elena la observaba le ofreció un par de toallitas que Elena aceptó agradecida. Luego sacó un peine y comenzó a alisar su encrespado cabello para luego recogerlo minuciosamente en una frondosa trenza negra que adornó con un lazo rojo. Recogió los pequeños cabellos rebeldes que quedaban sueltos a ambos lados de su cabeza con horquillas doradas. Después sacó de un pequeño estuche una sombra de ojos verde con la que llenó de colorido su tez morena y una barra de labios con la que iluminó de rojo pasión sus carnosos labios aborígenes. Por último sacó un pequeño frasco de colonia con la que perfumó su cuello y su enorme pechera. Cuando acabó de acicalarse miró a Elena y le sonrió:
"Quiero está presentable ante mi familia, vienen a buscarme. Acabo de llegá en avión desde mi paí y traigo una botella de buen ron pa Pedro, café pa Concha y un paquete de cacao pa los niños. Estoy deseando ve la cara que ponen" sonrió achinando sus enormes ojos de almendra negra.
Para entonces, a Elena le pareció que Melinda era tremendamente bella, ahora que de verdad la miraba de cerca y la conocía.
El autocar llegó a su destino por fin. Frenó en la última parada y los pocos pasajeros que quedaban comenzaron a descender y a recoger sus equipajes. Elena bajó, recogió su maleta, se acercó a Melinda -que también había bajado ya- para estrechar su mano, pero se vio de repente rodeada por aquellos brazos acogedores que se fundían con ella en un entrañable abrazo. Ambas se despidieron deseándose lo mejor.
Pero antes de partir Elena observó que en la acera había una pareja joven con dos niños de corta edad que agitaban sus brazos y alzaban sus voces para llamar la atención de Melinda. Cuando ésta se percató de su presencia corrió hacia ellos y todos la abrazaron entre sonrisas dándole la bienvenida.
Fue entonces cuando Elena se dio cuenta de que nadie había venido a recibirle.
Aferró el asa de su maleta y comenzó a caminar por la acera en dirección a casa.