30.8.16

EVA Y ERNESTO


Ernesto y Eva fueron niños.

Pero dejaron de jugar e intentaron ser adultos.
Probaron a abrir caminos, a crear senderos, a plantar semillas.
Ernesto y Eva se encontraron un día
y las palmas de sus manos se unieron como los amantes que se anhelan
tras el grueso cristal de la prisión.
Pensaban que eran uno... pero eran dos.

Comenzaron a hablar, a deambular despreocupados guiados por los reflejos de los astros,
a encontrar el sitio exacto del vaso donde los labios del otro habían bebido un sorbo,
a conocer la chispa que encendía la mirada cómplice,
a explorar los parajes recónditos tras los pliegues de la piel fresca,
a tocar el fondo del abismo 
y a emerger al unísono como un géiser aislado en mitad de la nieve.
Aprendieron a ser dos adultos o lo creyeron.

Pero un día Ernesto descubrió que Eva no era una muñeca y se enfureció
y Eva descubrió que Ernesto no era un espejo y se desilusionó.
Se acabó el juego antes de tiempo.
Desaprendieron a hablar, esquivaron las agujas que les lanzaba la luna a su paso,
ninguno recogió los cristales rotos de sus copas -ya sin marcas de labios-,
los cálidos paisajes se desvanecieron en sus cuerpos yermos 
y un buitre llegó.

Eva y Ernesto despertaron y no sabían dónde estaban,
porque en algún lugar de la infancia se les paró el reloj
y no habían sabido crecer.

VIAJE A LOS SENTIDOS




Me fascina viajar en tren en verano.
El mero hecho de subirme al vagón y sentarme junto a la ventanilla, me produce una sensación placentera de soltar lastre. Y cuando el tren arranca, un cosquilleo recorre todo mi cuerpo como si estuviese encarando lentamente la primera subida escarpada de una gran montaña rusa.
Coloco todos mis trastos en la mesita al uso: libros, ipod, teléfono, cuaderno, portátil, porque en el tiempo que dura la travesía me gusta tener la libertad de dejarme llevar por mis apetencias: ahora leo un poco, ahora escucho música, ahora duermo un rato o hablo con mi familia o amigos, ahora escribo alguna ocurrencia, o me hago una foto, ahora veo la película o voy a la cafetería y me tomo un refrigerio, ahora doy un paseo entre vagones simulando que busco a alguien para estirar las piernas. Yo que sé...como mentalmente no puedo estar quieta, el tren ofrece todas esas alternativas a mi estado de ánimo. Simplemente no desconecto.

Pero si cruzo el país, entonces aparto todos los cachivaches, pego mi nariz al cristal  y me embeleso al observar cómo se transforma el paisaje. Cómo se aleja la costa fresca y azul a la que pertenezco, cómo el aire húmedo y salobre se va quedando rezagado en las marismas y -entretenido en las altas pilas blancas de las salinas- se despide de mí con una brisa, hasta que le pierdo de vista por completo.
Se sucede entonces, un ensortijado de tierras de cultivo, arboledas y caseríos aislados en la campiña.
Un entramado de combinaciones de tonos variopintos entre el verde y el naranja que mantiene mi atención despierta por el colorido de la estampa.

Más adelante, a medida que el tren penetra en las tierras centrales, los amarillos se empoderan, aparecen las llanuras cálidas de las tierras centrales y el aire se torna seco y huraño. 
Los terrenos áridos parecen eternos, se suceden los campos de cultivo como tableros de ajedrez multicolor, alternando sus cosechas con las tierras que descansan en barbecho.
 Las casas blancas parecen perdidas entre colinas yermas.

Poco a poco, según el tren avanza, el terreno va mutando sus infinitos tonos de verde hasta que aparece la exuberancia de una vegetación más frondosa y fresca, fruto de la humedad constante del norte, que transforma los paisajes en visiones de ensueño.
El aire se torna lozano de nuevo, una frescura que despierta los sentidos.

Esta variedad de climas y paisajes se presenta como un abanico de pinceladas que va modelando mi ánimo.
Y si bajo del tren y conozco a las gentes que habitan esos territorios se produce la metamorfosis.
 Porque me cautiva bucear en esas nuevas culturas y empaparme de sus costumbres, entender otros puntos de vista, asombrarme en el proceder de otros pueblos.
No me abandono, porque también entrego lo que soy,  lo que llevo de mi tierra y lo comparto.
Tengo el vicio de aprender eternamente y de llevarme lo bueno que otros paisanos tengan a bien regalarme.
 Porque al conocer y aprender, comprendo cosas y al comprenderlas puedo convivir con ellas en paz.

Cuando vuelvo de un viaje largo tengo la sensación de que he crecido y de que he indagado en todos esos otros "yo" que desconozco, los "yo" que no soy, pero que podría haber sido si hubiese nacido en todos esos lugares. Después de ser a la vez testigo y parte activa de toda esa riqueza natural y humana, me abruma pensar quién podría llegar a ser después de haber viajado por todo el mundo.


25.8.16

CASTILLOS EN EL AIRE


Iván solo tenía siete años y era un niño tímido y ausente. 
Como vivía en una pequeña ciudad costera, cada tarde de verano, como de costumbre, sus padres le llevaban a la playa después de almorzar.
Mientras ellos tomaban el sol o leían, Iván jugueteaba en la orilla con las olas, dibujaba siluetas de animales en la arena o desenredaba su colorida cometa y corría -como alma que lleva el diablo- en dirección contraria al viento agitando sus pequeños brazos para intentar levantarla.
A veces lo conseguía y cuando más emocionado estaba, la cometa -como borracha de tanto aire- hacía de repente extraños giros, hasta caer en picado sobre una señora gorda que tomaba el sol y que lo ponía a parir completamente exaltada. Iván corría despavorido arrastrando la cometa por la arena hasta ponerse a salvo tras la tumbona de su padre. Así transcurría el tiempo, de juego en juego.
A las siete y media, se lavaba las manos para merendar un pequeño bocadillo de pan de leche y un batido de chocolate.
Le gustaba acabar la merienda porque sabía que era entonces cuando llegaba el momento de la hora mágica, y era así porque el calor no picaba tanto, la brisa era más agradable y si miraba el horizonte, el sol que le cegaba coloreaba de manchas de plata la superficie del mar. 
La bajamar dejaba al descubierto las piedras y la arena mojada y dura. 
Ese era el momento en que Iván comenzaba su rutina diaria. 

Cogía su cubo naranja, se encaminaba a buscar el enclave perfecto y después de una inspección minuciosa del terreno, cuando había encontrado el lugar idóneo, se sentaba.
Entonces, con una paciencia infinita, comenzaba a construir un fastuoso castillo.
Con sus finos dedos vertía la arena enfangada meticulosamente sobre el terreno, levantando enormes torreones dispuestos en distintos niveles. Con sus manitas construía robustas puertas de entrada. Con sus delicadas palmas y a fuerza de golpes sordos, levantaba enormes muros coronados de almenas,
que por mucho que intentara, nunca conseguía que fueran simétricas.
Y por último, con sus frágiles uñas, excavaba un foso alrededor de toda la fortificación donde habitaban fieros cocodrilos hambrientos. Solo tenía que coger su cubo y correr hasta la lejana orilla, para volver del mismo modo aproximadamente unas diez veces, hasta cubrir de agua todo el perímetro del castillo. No le pesaba.

Entonces comenzaba la aventura. 
El valiente caballero aparecía cabalgando sobre su blanco corcel para derribar la puerta principal en busca de su amada, confinada en el torreón del ala este.
Un vigía oteaba el horizonte desde una de las almenas y al avistar al caballero, le lanzaba toda suerte de flechas envenenadas que nunca alcanzaban su objetivo. El héroe, en su huída, luchaba cuerpo a cuerpo con los soldados que venían a su encuentro y en el forcejeo lanzaba a algunos a las turbias aguas del foso, donde eran devorados sin piedad por los famélicos cocodrilos.
La princesa, una vez liberada, mostraba al caballero un pasadizo secreto donde se encontraban de cara con el malvado rey que la había encarcelado, pero una vez atravesado por la espada, los amantes huían montados en el brioso corcel, perseguidos por un dragón alado que iba abrasando todo el terreno a su paso.

De pronto, el sol se ocultaba.
Iván observaba absorto como el mar se tragaba impunemente aquellos últimos rayos rojizos y una brisa más fresca anunciaba que la vuelta a casa era inminente.
Su madre aparecía de repente, lo levantaba, sujetaba su mano con firmeza y casi en volandas, lo llevaba hasta la arena seca. Iván, con uno de sus pequeños brazos extendidos por encima de su cabeza por el apretón de su madre, y sin dejar de caminar, miraba desde la distancia -por última vez- la grandiosidad de su edificación.
 Sabía que se quedaba allí abandonada, a merced de la siguiente pleamar.
Algunas gaviotas curiosas comenzaban a posar sus patas sobre las almenas con indiferencia y un perrillo revoltoso y sin dueño aparecía de repente para levantar su pata y echar una solemne meada en la ventana desde donde la princesa había lanzado su infinita trenza dorada.

Mientras su madre le pedía que se enjuagara bien los pies antes de ponerse las zapatillas, Iván aguzaba su mirada para ver que el caballero, la princesa, el malvado rey y el dragón le observaban fijamente desde el puente levadizo y -como siempre- con un movimiento lento, la diminuta mano de la princesa se alzaba para decirle adiós.

A Iván ya no le importaban las gaviotas ni el perrillo, ni siquiera la amenaza de la nueva marea, porque sabía que al día siguiente, dos horas antes de ponerse el sol, tenía de nuevo una cita ineludible con su imaginación.








24.8.16

ESCUCHA





Ahora que estás ahí, que no me miras,
ahora que estás -Dios sabe en qué- pensando,
se me ocurre acercarme hasta tu orilla.

Y tengo que hablarte así, cuando me ignoras,
porque es cuando más parte de ti me siento.
Tú, lejos, absorto, preocupado,
yo, leve, silenciosa, entre las sombras.
Y vas y vienes como las olas del mar enfurecido,
te escapas a saltos, desapareces,
y cuando duermo, me salpicas de nuevo las mejillas.

Me gusta hablarte así, cuando no me oyes,
porque quiero pensar que me imaginas
en el silencio.

Y quiero hablarte así, cuando estás lejos,
porque no temo enmudecer con tus palabras;
si hablas tú
el horizonte es tan vasto y tan extenso
que mi voz se pierde entre las aguas.

Que hay barreras entre los dos, estás diciendo
y sin embargo, no puedo estar más cerca
¿no me presientes?
¿no me sientes vagar entre tus manos?
Tus dedos me acarician y sostienen.

Estoy tan cerca y tan lejos a la vez, tan escondida,
que ni tú puedes verme.

Que sí, que estoy aquí. Que no me entiendes.

Y te hablo así, cuando duermes mecido por la luna,
porque quiero hilvanar, sola, tus sueños
a mi cintura.



LAS EXPECTATIVAS


Ya lo he vuelto a hacer. 
Ayer pasé por una tienda de moda y vi unos pantalones vaqueros chulísimos.
Me quedaban un pelín estrechos pero no había una talla mayor.
Metí barriga y aguanté la respiración y entró. Lo malo es que si mantenía aquella postura cinco minutos más, posiblemente me habría dado un síncope antes de salir del probador.
En fin, que me los compré.
Ahí los tengo en el armario, dobladitos. Ahora, a esperar que pase el verano, que se acaben las cervezas y la ensaladilla de pulpo, que no se me ocurran más excusas para faltar al gimnasio y que me lleve al cine unas barritas de calabacín en lugar de palomitas. Igual, con un poco de sacrificio, los estreno para noviembre. De todas formas no va a sentirse solo en el último cajón, porque tengo un par de faldas y alguna camiseta estrecha que ya estaban antes que él en lista de espera.
Esto me pasa porque con la ropa no he aprendido todavía. 
Siempre tengo las expectativas de adelgazar y quedarme como una sílfide quinceañera. 
De ilusión también se vive -dicen- y al fin y al cabo esas prendas en el armario no molestan a nadie.

Pero ya no es lo mismo si pienso en otras cosas. 
Debería estar en la UCI de las veces que me he estampado contra el muro de las expectativas. 
Y las he tenido de todas las clases: con el trabajo, con la política, con los amigos, con la familia y sobre todo, conmigo misma.
Ahora me jacto de ser una señora muy señoreada con una edad en los huesos y creo que he aprendido que la vida no se construye a base de pisar más fuerte -aunque algunos lo crean- ni se construye a base de esperar que los otros te lleven en volandas y me atrevería a decir que ni siquiera se construye suponiendo que te van a entender. 
Se construye chocando con muros, cayendo por barrancos, resbalando por colinas escarpadas y hundiéndose en arenas movedizas. Pero de todo se sale.
Los otros no tienen la culpa de que yo ponga todas mis expectativas en ellos.
Están ahí, peleando con sus vidas, con sus problemas, con sus ilusiones, con sus fatigas y con sus propias expectativas.

Me ha resultado más sencillo decir muchas veces:
"Dejo de hablarte porque no me comprendes, dejo de verte porque no me acompañas, dejo de buscarte porque no me buscas, dejas de gustarme porque no comparto tus gustos".
Lo triste es que en ese camino de expectativas frustradas se deja mucha furia, mucho resentimiento, mucha rabia contenida, mucho rencor guardado.Y todo esa inmundicia se pudre dentro.
Sería fantástico poder entenderlo antes de que ocurra y así no malograr tantas emociones sanas en esas batallas perdidas de antemano.

Por eso ahora prefiero decir: "Te hablo aunque no me comprendas, te veo aunque no me acompañes, te busco aunque estés en tus cosas, me gustas aunque no comparta tus gustos"
La diferencia es abismal y la tranquilidad de espíritu infinita.

¿Que no me entienden? Normal
Si fuera tan fácil no tendría mi armario lleno de ropa sin estrenar.


17.8.16

LA MAGIA EN LOS PUCHEROS



Hay un secreto escondido en el aroma del romero, un placer oculto en el sabor del tomillo, un guiño travieso en el picor de la pimienta y una seducción atrayente en la dulzura de la canela.
Entrar en la cocina, colocarse el delantal sin prisas y empezar a cocinar a la antigua usanza, es como subir a la torre más alta de un castillo desde donde se avista la inmensidad del bosque, y comenzar a preparar la pócima de la felicidad en un enorme caldero invocando a los espíritus.
Los que disfrutamos de verdad con la parafernalia de preparar una buena comida, realmente invocamos a los espíritus, a aquellos que nos inocularon en los genes el placer de cocinar, 
que no fueron otros que nuestras bisabuelas, abuelas y madres.
Zambullirse en el océano de las especias es despertar mucho más que los sentidos, porque cada una tiene un poder distinto sobre el cuerpo y sobre el ánimo. 
Es una suerte de alquimia que te transporta a otros mundos, a otros estados del ser. 
Yo no quiero, ni se cocinar sin especias.

Cortar la cebolla despacio posee el encanto de llorar por nada, de llorar sin pena. 
Trocear el tomate me transporta a la frescura del mediterráneo, a los pequeños pueblos blancos besados por el brillante azul del mar. Picar el pimiento no me hace sino recordar que soy parte de la tierra que piso, que mis raíces siguen ahí hundidas y que, aunque no las vea, se ramifican y extienden llegando a un infinito que ni siquiera yo conozco. Por esos túneles diminutos, por esas capas del suelo están mis antepasados, mi carácter, mis virtudes y defectos.

Acomodar la carne en medio de estos elementos es como acostar a un bebé para que sea arrullado por la honestidad de la naturaleza, mientras que dejo caer la nuez moscada como un manto cálido y escondo los clavos en los recovecos para perfumar la estancia.
Con solo tres dedos y una suave fricción esparzo las hierbas aromáticas sigilosamente, porque no quiero perturbar el milagroso proceso que ya ha comenzado.
Entonces no dejo sino un fuego nimio, porque es un actor secundario en esta ópera coral, él solo acompaña, como una canción de cuna, permitiendo que cada elemento entregue lo mejor de sí. 
A pequeños intervalos, perturbo ese baile de aromas para agitar con dulzura los ingredientes, mezclarlos con tiento, animarlos a que intimen y luego los vigilo para que no pierdan su tersura.
Es un sacrilegio romper esa magia, no concibo que nadie interrumpa esta comunión entre ambos, porque este momento es sagrado, es único, es sólo nuestro.

Cuando este gran concierto llega a su fin, deslizo los enormes cortinajes del escenario apagando el fuego. El tiempo de aplausos no es sino ese reposar tranquilo en la cazuela.
Ya no hay especias, ya no hay verduras, ya no hay agua. Todos son uno. 
El abracadabra se ha pronunciado y la magia se ha producido.

Entonces los espíritus están contentos 
porque saben que han podido transmitir todo su amor en los pucheros.






14.8.16

LIDIA


La primavera, cansada de tener solo tres meses de vida,
ha secuestrado a Lidia para que la saque a pasear durante el resto del año.
Da igual que sea octubre, enero o junio, que truene, llueva o hiele.

A Lidia la conocí en el aseo de un edificio público.
Cuando abrí la puerta ella estaba mirándose al espejo, retocando su peinado, recomponiendo sus 
horquillas de forma simétrica en el entramado de sus cabellos rubios.
Al verme me dedicó una sonrisa dulce, sin decir nada, en lugar de un saludo de cortesía.
Me gustó mucho más esa sonrisa que el saludo protocolario de dos extrañas en un servicio público.
Tan atareada estaba en su coquetería que, cuando abandoné el aseo, aún estaba allí colocándose 
la chaqueta e inspeccionando, ensimismada, su imagen en el espejo.
Fui entonces yo la que sonreí, antes de cerrar la puerta tras de mí.
Nada me haría sospechar que volveríamos a coincidir en un lugar común algún tiempo después 
y que ya dejaríamos de ser dos extrañas.

Cuando veo a Lidia acercarse, me la imagino atravesando un hermoso arco de flores, como el de las bodas del final de las comedias románticas, cuando los enamorados se dan el "sí quiero" rodeados de bucólicos paisajes campestres.

Lidia camina despacio porque necesita su tiempo.
Cuando la veo llegar, la imagino envuelta en una burbuja donde el tiempo no existe, donde siempre es   primavera, porque Lidia transporta la alegría y la vida impregnada en sus faldas largas y sus blusas anchas.

Ya no puede correr y por eso, aunque llegue tarde, ella se sabe excusada y se toma el tiempo necesario para sentarse. Cuando lo hace, lanza a todos una mirada de calurosa bienvenida, como si fuese ella la anfitriona de la fiesta.

No lo se con seguridad, pero intuyo que Lidia tiene más de ochenta años.
Si no fuera porque necesita el apoyo de su bastón para caminar con paso seguro.
diría que es una chiquilla pasota, que va a su ritmo, y a la que todo le refanfinfla.
Pero nada más lejos de la realidad.
porque cuando muestra su alma, ves que está totalmente conectada al mundo.

Lidia lee.
Puedes comprobar que es ilustrada porque cita a pensadores, filósofos y escritores en sus 
exposiciones, porque no deja de estudiar y aprender y porque escribe poesía.
Cuando termina de recitar uno de sus poemas, hace una mueca curiosa con la boca:
frunce reiteradamente los labios y no sabes si lo hace en un ademán de búsqueda de aprobación de los presentes o simplemente para contener esa sonrisa natural que regala a todos.
Sus poemas emergen de la vida misma, del brillo de las estrellas, del calor del amor, de las dádivas de la naturaleza. Y entre verso y verso, te habla de sus nietos, de las tareas de la casa, de las facturas del banco y de su anciano esposo.

Lidia es un compendio de contradicciones entre la edad biológica y la edad del alma, entre la cruda realidad y la poesía que nos rodea, entre lo que los otros ven de nosotros y lo que nosotros somos.
Por eso me gusta.

Lidia no es una anciana al uso. Para mí ni siquiera es una anciana.
Es un cóctel delicioso de aromas florales y yo he tenido la suerte de conocerla.




11.8.16

MEDALLAS DE ORO






Hoy he visto una Nereida morder un sol de oro.

Mireia se llama, algunos dicen que su nombre viene del latín Mirus/Mira cuyo significado es "digno de admiración". Si ese es el origen de su nombre, en verdad ella le hace todos los honores.
He visto en su mirada el color de ese campo de batalla donde ha luchado y también he visto ese agua -donde se ha dejado el alma- brotar de sus ojos cuando ha escuchado su himno.
Mireia ha sucumbido a la emoción y yo con ella. 
Porque he compartido su victoria, porque he conocido otras batallas y porque también he vencido.

Todos tenemos nuestras medallas que morder, pero a veces no somos conscientes de ellas porque nadie nos aplaude, porque nadie nos observa, porque no hay un podium donde subirnos.
Sin embargo, a veces reconocemos nuestro esfuerzo en el empeño de otros, reconocemos todo lo que hemos dejado en el camino en los sacrificios de otros y reconocemos el sabor dulce de la recompensa en las victorias de otros.

Estoy feliz por Mireia y por todos aquellos que logran cumplir sus sueños con el trabajo diario, con la constancia, la ilusión, la tenacidad, el sacrificio y la pasión.

Y es que, a menudo, pensamos que no hemos hecho nada especial en la vida, que no hemos alcanzado metas gloriosas, que no hemos destacado en nada y lo que es peor aún, que nunca lo haremos.
¡Qué equivocados estamos!

Sólo tenemos que cerrar los ojos, mirar un momento en nuestro interior y veremos brillar todas las medallas de oro que hemos conseguido. Están ahí, en todas esas pequeñas-grandes cosas que hemos hecho con el sudor de nuestra frente y que han pasado desapercibidas para los demás, 
pero que nos convierten en verdaderos campeones.

Entonces es el corazón el que nos aplaude y ya tenemos de nuevo la fortaleza para seguir luchando.
Para poder morder otro sol de oro.



8.8.16

UN INESPERADO VIAJE


Elena comenzó a caminar despacio por el andén de la estación de autobuses con su billete en la mano y, de vez en cuando, levantaba la mirada para comprobar si el número coincidía con alguno de los que aparecían en el letrero indicador de ruta de los autocares que estaban aparcados allí. Anduvo hasta el final del andén y luego recorrió el mismo camino de vuelta porque aún no había llegado el suyo.
Se sentó en un banco y esperó.

No pasó mucho tiempo hasta que vio que un autocar se detenía en el aparcamiento que se encontraba justo delante de su banco. Se levantó y comprobó de nuevo su billete y el letrero. Coincidían.
Fue entonces cuando un grupo de personas apareció de la nada y todos comenzaron a acercarse apresuradamente.
Elena era paciente, no como otros, que rápidamente entregaban sus equipajes al conductor entre empujones, para que los introdujera en el maletero del autocar y poder sentarse cuanto antes.
"¿Por qué hacen eso?"-se preguntaba-"los asientos son numerados y nadie va a ocupar ninguno que no le corresponda".
Le fastidiaba ese tipo de gente, ella tan elegante, tan comedida. Se podía permitir el lujo de mirar por encima del hombro a todos y no mezclarse con la chusma. Por eso, ella solo observaba y esperaba a que hubiese menos bullicio. Al fin y al cabo se apearía en la última parada del trayecto, con lo que daba igual en qué lugar ubicar su pequeña maleta.
Fue unos segundos más tarde cuando la vio.
De repente, de la nada, surgió aquella mujer. Era de raza negra, obesa, con una abundante melena oscura y despeinada. Llegaba tarde, arrastrando una maleta de grandes dimensiones y a Elena le llamó la atención porque entre los pasajeros que subían al autocar ella apareció como un torbellino, haciendo aspavientos con los brazos, sudando por la pesadez de sus carnes y haciéndose notar. Plantó su enorme maleta ante los pies del conductor y subió al interior del vehículo portando aún un bolso de color chillón de gran tamaño.
Elena la observaba y esperó a que aquella mujer subiera primero. De hecho esperó a que todos entrasen y fue entonces cuando entregó su maleta para luego subir al autocar.
Todos estaban sentados. Pasó por cada fila buscando el número del asiento que coincidiera con su billete y cuando al fin lo encontró no podía creer lo que vieron sus ojos.
Aquella mujer estaba sentada justo a su lado junto a la ventanilla.
Por un momento pensó que el mundo se le venía encima. Era un viaje largo y los muslos y codos de aquella señora sobrepasaban los límites establecidos e invadían sin decoro alguno, parte de su pequeño habitáculo.
"Pues vaya mala suerte"-pensó-"tuvo que tocarme a mí".
Elena se sentó y aquella mujer le dedicó una sonrisa y un "Buenos días" que Elena devolvió refunfuñando. El autocar comenzó a moverse.
El principio de un viaje largo es extraño porque uno no sabe qué hacer primero. Como el asiento de Elena daba al pasillo no podía entretenerse contemplando el paisaje por la ventanilla, y si lo intentaba se topaba enseguida con aquella mole femenina que le impedía ver nada. Por eso miraba la parte trasera del respaldo del asiento delantero, miraba al pasillo, miraba las cabezas de los otros pasajeros. Elena tuvo entonces la sospecha de que ese viaje iba a ser interminable pero se propuso no alterarse, ni mirar el reloj en demasía, así que se abstrajo en sus pensamientos y se dejó llevar.

Pasó un tiempo indeterminado y Elena recordó que antes de partir había guardado en su bolso un libro que aún no había acabado de leer. Aquello le produjo alivio, al menos leyendo el tiempo transcurriría más rápido. Y así fue, porque cuando menos se lo esperaba el autocar hizo una primera parada en un área de servicio. Levantó los ojos del libro y observó cómo muchos pasajeros bajaban a tomar un refrigerio o a estirar las piernas. Ella pensó aprovechar la parada para ir al lavabo y comprar un refresco. Guardó su libro en el bolso de nuevo y bajó.
 Como fue de las últimas en salir al final tuvo que apurar su bebida cuando vio que todos subían de nuevo. Les siguió y volvió a su asiento. Allí estaba la mujer, que también había bajado a comprar algunos aperitivos aunque no habían coincidido en la tienda.
El autobús prosiguió su ruta y antes de que Elena pudiese volver a abrir su libro oyó una voz que decía:
 "Te gusta lee, ¿verdá? porque tas llevao to el tiempo embobá con ese libro. A mí me marea lee en los viajes, en verda es que yo no leo mucho, bueno, no leo na, lo que pasa es que no tengo tiempo porque siempre hay muchas cosa que hacé en casa. Uff! y cuando termino estoy como pa ponerme a leé"

Toda esa retahíla de cosas había llegado a los oídos de Elena antes de que hubiese tenido tiempo siquiera de girar su cabeza para mirar a aquella mujerona que se dirigía a su persona sin previo aviso, sin un atisbo de educación, sin ninguna presentación preliminar. Eso vino después.

"Hola, me llamo Melinda, dime a ve ¿cómo te llama?"
Elena se sintió abrumada por tanto descaro pero no tuvo reflejos para reaccionar de otra manera
"Me llamo Elena"
"Mucho gusto, Elena ¿va mu lejo?"
"Voy hasta el final del trayecto"- respondió casi sin ganas.
"Igual que yo, ¡qué casualidá!"
Elena dejó entrever una falsa sonrisa que la hundía más en la miseria de su suerte.
Tendría que soportar a aquella mujer hasta la última parada.

"Pues como te decía,  yo no leo porque tengo un horario mu ajustao, por la mañana temprano tengo que despertá a los chicos, prepararle el desayuno y luego acompañarlo al colegio, porque Concha se levanta má temprano y tiene que está en la oficina ante de que ellos entren en la escuela. Cuando vuelvo, Pedro aún está en la casa, él no tiene prisa porque comienza su trabajo má tarde.
Le gusta desayuná solo y leé el periódico tranquilamente mientras se toma el café. Yo me quedo en casa limpiando, ordenando y luego preparo el almuerzo. Concha es muy tiquismiqui porque solo quiere que prepare ensalá, verdura y pescao a la plancha. Tiene jorná partía y luego dice que hase mal la digestión si hago guiso pesao. Está demasiao delgá para mi gusto, y lo que en realidad le ocurre es que le aterroriza cogé kilos de má. Yo le digo que eso tampoco pue ser sano, de vez en cuando tiene que comé platos con más consistencia, pero me sonríe y no me tiene en cuenta. "Eso solo para los niños-me dice-que están en edad de crecer" así que ni ella ni Pedro comen ná que tenga una pizca de grasa.
Sin embargo, a vece, cuando no pué vení a almorzar porque tiene demasiado trabajo en la oficina, Pedro me dise "Melinda, prepara bolas de Yuca que Concha no viene hoy a comer" Me lo dice como conspirando y luego me pide que le guarde el secreto. A mi me hase gracia porque siempre come lo que ella quiere y me lo tié desnutrío, al pobre. ¿sabe lo que son las bolas de Yuca?" -Elena frunció los labios y negó con la cabeza- son bolitas jecha de yuca rallá, sazoná con sal, mantequilla y aní, rellena de queso, pollo, vegetales, marisco y fritas en la sartén. Están pa chuparse los dedos. Deberías jacerla un día y comprobarlo por ti misma"

Elena solo se había presentado y no podía creer lo que estaba oyendo. Además no le gustaba hablar en los autobuses porque le obligaba a mantener su cabeza girada para atender a su interlocutor y esa postura sostenida en el tiempo le producía molestias en la espalda. No se atrevía a preguntar nada por no dar pie a otros quince minutos de monólogo ininterrumpido y por eso sonrió levemente y volvió a mirar el respaldo del asiento delantero. Sin embargo se sentía incómoda. Había dejado a aquella mujer casi con la palabra en la boca y muy a su pesar volvió a girar la cabeza para decir:
"¿De dónde es usted?" - Melinda vio el cielo abierto
"¡Anda mujer! no me llame de usted que me jase sentí má vieja! y soltó una carcajada tan sonora que hizo que los pasajeros cercanos volviesen sus miradas hacia las dos, lo cual hizo a Elena ruborizarse y querer esconderse en los bajos del asiento.
"Soy de la República Dominicana - continuó - vine a España hase un par de años a buscá trabajo porque en mi paí no tenemo prácticamente na pa comé. La risa se le apagó de repente. Allí tengo a mi familia y a mi sijos, lo que gano trabajando en España lo envío allí para que ellos puean viví"
"Y ¿cuándo vas a verlos?"
"No pueo ir tan a menudo como yo quisiera porque el viaje cuesta mucho dinero, solo cuando consigo reuní uno ahorrillo. Mientras tanto les envío lo que pueo. Ahora precisamente vengo de allí. Les echo mucho de menos pero ahora sé que están bien y eso é lo importante, mi sueño e que algún día la situación mejore en mi paí y yo pueda volvé pallá".

A Elena se le hizo un nudo en la garganta en ese momento. Giró su cabeza e intentó hacerse la distraída para que Melinda no notase que sus palabras le habían afectado.
Se volvió a hacer el silencio.

Pasó un tiempo y la monotonía de la repetición de paisajes, el soniquete monocorde del vehículo y los interminables minutos hicieron que Elena cayese en un sueño profundo e inesperado.
Al despertar un par de horas más tarde miró su reloj, su cabello estaba despeinado por la postura extraña que había tenido que adoptar en su asiento para acomodarse, un leve hilillo de baba caía despreocupado por la comisura izquierda de su labio y el maquillaje se le había corrido de manosearse inconscientemente.
Cuando despertó bruscamente se apercibió de su estado y se apresuró a adecentarse por lo incómodo de la situación. Ella tan recatada, tan formal, tan discreta. Una vez hecho el primer movimiento oyó una voz:
"Tas quedao dormía un buen rato, eh? Al meno ha podío descansá, yo apenas pueo moverme en este sitio tan pequeño. No entiendo por qué no hacen los autocare má grande. Pero bueno, tampoco importa demasiao porque estoy bastante despierta, ya podré dormí cuando llegue a la casa. A veces me cuesta mucho dormí aunque esté muy cansá porque estoy siempre pensando en mi sijos y en mi paí".
"¿Cómo es tu país? -preguntó Elena.
"Mi paí es mu hermoso. Tiene unas playa de arena blanca y aguas cristalina, lago de agua salá y unas montañas con una vegetación exuberante. Hace sol to el año y nos gusta recibí a los turistas y ofrecé nuestra hospitalidad. ¡Ay! -suspiró-pero también e mu pobre. Ojalá nunca me hubiera tenido que marchá de allí pero quiero que mi sijos tengan la oportunidá de estudiá y salí adelante. Son pequeños aún y si no le ayudo tendrán que abandoná la escuela y ponerse a trabajá en el campo o en algo peor y yo no quiero eso pa ellos. ¿Tú tiene sijos?"-inquirió
"Sí -contestó Elena- tengo una hija adolescente"
"Seguro que la quiere mucho y ella también a ti" -comentó Melinda- "tienes cara de sé buena persona"
Aquellas palabras descolocaron a Elena ¿en qué momento y por qué motivo aquella mujer podía intuir que ella era una buena persona? ¿Por qué lo decía? Tenía la sensación de que Melinda la veía como quien hace una radiografía, que no se paraba en sus ojos, sino que le hablaba directamente al corazón"
"Entonces no eres feliz aquí, supongo" - preguntó Elena
"Que va! to lo contrario, soy mu feliz. Mi familia aquí me trata con respeto y me tienen mucho cariño, para ellos soy una má de la familia. Pedro siempre me dice que guiso mejó que su mujé y que le cuido mucho" -dijo bajando la voz- "siempre está bromeando y e mu charlatán. Le encanta contá chiste durante las comida. Concha me respeta y deja que organice las cosa a mi gusto, a veses viene a casa con una blusa que ha visto en alguna tienda y que le ha gustado pa mí, los niños me adoran, le encanta que le cuente historias curiosa de mi paí. En realidad estoy mu bien aquí pero tengo el corazón dividío, e mu difícil de explicá".

Llegado a este punto Elena ya se había desarmado. También ella había quedado colgada de aquella historia y ahora sentía que se encontraba muy a gusto al lado de aquella mujer.

El tiempo había transcurrido mucho más rápido de lo esperado y muchos de los pasajeros ya se habían apeado en las distintas paradas. De repente Elena se dio cuenta de que quedaban escasos veinte minutos para llegar al destino. Entonces miró a Melinda y vio como ésta abría su enorme bolso chillón y empezaba a rebuscar en su interior hasta sacar un pequeño neceser. Abrió un paquete de toallitas refrescantes y comenzó a limpiar su cara y sus manos. Al ver que Elena la observaba le ofreció un par de toallitas que Elena aceptó agradecida. Luego sacó un peine y comenzó a alisar su encrespado cabello para luego recogerlo minuciosamente en una frondosa trenza negra que adornó con un lazo rojo. Recogió los pequeños cabellos rebeldes que quedaban sueltos a ambos lados de su cabeza con horquillas doradas. Después sacó de un pequeño estuche una sombra de ojos verde con la que llenó de colorido su tez morena y una barra de labios con la que iluminó de rojo pasión sus carnosos labios aborígenes. Por último sacó un pequeño frasco de colonia con la que perfumó su cuello y su enorme pechera. Cuando acabó de acicalarse miró a Elena y le sonrió:

"Quiero está presentable ante mi familia, vienen a buscarme. Acabo de llegá en avión desde mi paí y traigo una botella de buen ron pa Pedro, café pa Concha y un paquete de cacao pa los niños. Estoy deseando ve la cara que ponen" sonrió achinando sus enormes ojos de almendra negra.

Para entonces, a Elena le pareció que Melinda era tremendamente bella, ahora que de verdad la miraba de cerca y la conocía.

El autocar llegó a su destino por fin. Frenó en la última parada y los pocos pasajeros que quedaban comenzaron a descender y a recoger sus equipajes. Elena bajó, recogió su maleta, se acercó a Melinda -que también había bajado ya- para estrechar su mano, pero se vio de repente rodeada por aquellos brazos acogedores que se fundían con ella en un entrañable abrazo. Ambas se despidieron deseándose lo mejor.
Pero antes de partir Elena observó que en la acera había una pareja joven con dos niños de corta edad que agitaban sus brazos y alzaban sus voces para llamar la atención de Melinda. Cuando ésta se percató de su presencia corrió hacia ellos y todos la abrazaron entre sonrisas dándole la bienvenida.

Fue entonces cuando Elena se dio cuenta de que nadie había venido a recibirle.
Aferró el asa de su maleta y comenzó a caminar por la acera en dirección a casa.





5.8.16

ODA A LA PISCINA




La hora de una corrida de toros en marzo. 
La misma calma tensa.
 Una siesta imperfecta me incomoda y marea. 
Levanto mis párpados -pesados como yunques- y te veo silente, inmóvil, 
como una lagartija durmiente en la roca árida.
Mientras dos gotas salinas recorren mi frente huyendo despavoridas del sofoco del verano, 
te miro desafiante desde mi tumbona.
 Estás ahí y empiezas a sonreírme con hilillos de plata que los rayos del sol ardiente dibujan en tu superficie. Me llamas como un retoño dulce del mar, transparente: 
"Ven a volar a mis entrañas, que estoy gélida y doy vida". 
Y cuando ya me has seducido, me incorporo torpemente y camino sonámbulo a tu encuentro. 
Me arrodillo ante las ondas frescas para acariciar tu cristalino cabello y es entonces cuando, 
de repente, un alarido rompe la magia
"¡¡Boooooooomba!!" 
y un orondo, mondo y lirondo ser te invade a bocajarro, sin pedir permiso, sin cortejarte. 
Mientras tus tentáculos brillantes terminan de esparcirse por el césped colindante y aquel descarado inquilino emerge del fondo amenazante como un kraken, yo quedo allí al borde de tus caderas, ensopado de ti y completamente frustrado por este coitus interruptus.
Ya no tengo calor.
Bueno, al fin y al cabo, de eso se trataba.



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