Volar, lo que se dice volar...no vuelo.
El Kanka.
Mi madre heredó de su madre y su
abuela el arte de guisar.
En una familia de buen comer, ese es uno de
los legados más valiosos que se puede recibir.
Cuando éramos niños y mi madre
guisaba nos acercábamos a los fogones atraídos por el olor, devorábamos con los ojos ese suculento potaje cociendo «a su amor»,
-como ella decía- mientras la observábamos remover los garbanzos o
habichuelas que hervían frente a su delantal perfumado con nuez
moscada y clavo.
Después de que las legumbres hubieran
viajado a la mesa y tras la última cucharada, aún nos quedaba
tiempo y salsa para rebañar el plato con la esponjosa miga del pan,
mientras dibujábamos con precisión unos blancos surcos que se
entrecruzaban una y otra vez, niños ingenieros de caminos creando
entramados de veredas.
Absorta en esa minuciosa labor, ausente a los
comentarios y risas de mis hermanos, de repente oía la voz de mi
madre que me despertaba bruscamente de aquel embeleso:
«¿has
terminado ya? Pues toma, cómete un pero».
Eso me molestaba, porque
con cada mordida, el pero me dejaba un latigazo acedo entre los
dientes. Yo prefería de postre el dulzor de un plátano maduro, sin
embargo, lo cogía sin rechistar y me lo comía. El regusto ácido
que dejaba en la boca borraba de un plumazo la melosa sabrosura del
guiso y el recuerdo de las cucharadas se desvanecía poco a poco en
mi memoria con cada mordisco de aquella pulpa cetrina.
-----------------
¡Cuántas veces nos pone la vida aquel
ácido y verde pero de nuevo en la boca!. De repente, un día, nos
sorprendemos a nosotros mismos entablando una batalla interior en un
monólogo baldío:
«Dejaría este trabajo, pero...»,
«le diría lo
que pienso, pero...»
«me marcharía de aquí, pero...».
La vida nos regala esos peros con
cariño,
por nuestro bien,
para que no cometamos errores,
para
salvaguardarnos de un callejón sin salida,
para no caer en el
remordimiento de una acción imprudente.
Sin embargo, la vida no es
consciente de que borra de un plumazo
ese guiso caliente de ideas que
en un momento comenzaron a hervir en nuestra cabeza.
Da igual si de repente nos damos cuenta
de que lo que vivimos no es lo que antaño habíamos soñado,
de
que solo queda un último tren por coger,
de que por fin nos hemos
decidido a dar el gran salto.
Cuando hemos llegado al convencimiento,
cuando más seguros estamos de lo que queremos,
la vida nos ofrece un
«pero» que nos frena en seco.
Sabemos bien que no nos gusta,
porque
lo que de verdad queremos es un «así que»...
maduro y dulzón, que
nos dé alas,
que abra las puertas de un mundo desconocido y
apasionante,
que nos quite las losas de la espalda,
que ponga el
broche final a nuestros sueños
y que nos deje ser auténticos, sin
tapujos, sin trabas, sin máscaras.
Nos imaginamos diciendo:
«dejaría
este trabajo, así que...»,
«le diría lo que pienso, así que...»,
«me marcharía de aquí, así que...»
Pero al final abdicamos,
bajamos la
mirada
y nos adaptamos al orden establecido,
por obediencia o
cobardía
-no sé-
el caso es que ese «pero» ácido que nos impide
ser nosotros mismos,
ya se nos queda para siempre atravesado en la
garganta.
---------------
(Dedicado a mi hermano.
No por lo que digo aquí,
sino simplemente,
porque se lo prometí.)