29.7.16

BLANCA




 Blanca es la sensualidad hecha mujer.

Da igual que de adolescente fuese gordita y tuviese el pelo oscuro y rizado, imposible 
de peinar como el cabello de una indígena salvaje. Ya entonces era morena y sus kilos de más
se transformaban en eróticas voluptuosidades que disimulaba perfectamente ya que, al 
hablar, su voz melodiosa y sus blancos y simétricos dientes no daban tregua a los chicos
para que reparasen en sus jóvenes imperfecciones.
Ella los enamoraba a todos, daba igual lo que hiciese, cómo se vistiese, los errores que
cometiese; engatusaba a todo ser que se ponía a su alcance, a las chicas también.
Todas querían ser las mejores amigas de Blanca y todas ansiaban su compañía.

Blanca habla dulcemente, pronunciando unas eses poco comunes en el sur y arrastra cada sonido
que emite como un lametón por el rostro de quien la escucha perplejo.
Y al hablar, todo su cuerpo zigzaguea lentamente al ritmo de sus frases, como el de la 
cobra que emerge de la cesta siguiendo la flauta del encantador. Pero es Blanca la que
 hipnotiza a todos y todos la siguen al infinito como corderos encaminados al matadero.

Sus ojos rasgados solo emanan vida y no necesita sonreír cuando te mira de frente porque 
ya lo hacen ellos solos; no sabes a qué mirar cuando quieres dirigirte a ella,
si a sus labios perfilados y juguetones o a esos ojos protagonistas.

Para contrarrestar tanta perfección Blanca podría ser mala, pero no lo es.
Quisieron los astros concederle todos esos dones y ella los recibió agradecida
pero también los devuelve. Porque paralelo a todo ese caudal de belleza corre otro río
rebosante de ternura. Amiga de sus amigos, amante fiel y eterna, entregada a su familia.
Pídele lo que quieras porque ella, desde la torre de su fortaleza, te lo concede como una 
princesa benévola, como una reina, como una diosa.

Todos se rinden a sus encantos y yo fui la primera, porque he tenido la suerte de conocerla.


COMENZAR DE NUEVO




Entre azules y negros te contemplo
mujer a medias,
proyecto de caricias,
jardín de rosas rojas marchitadas.

Tranvía varado en vía muerta,
sonámbula.
Fuente de adioses
y de esperas.

Entre azules y negros te dibujo
muñeca de cartón
abandonada,
juguete de manos laboriosas,
errata de una página arrancada.

Esposa infiel
del miedo y del engaño,
ensayo infinito de la vida.

Entre azules y negros me entristeces,
entre azules y negros te abandono.








26.7.16

EVOCACIÓN


Me encanta pasear en verano por la playa con la marea baja.

Las escurridizas olas dejan al descubierto pequeñas piedras de inauditas apariencias y colores.
Es complicado caminar entre ellas y ,a veces, cuando intento sortearlas para no herir mis pies desnudos, aparecen frente a mí el suelo de un patio de colegio o una acera de aquella calle, donde unos pies pequeños y ágiles saltan a la pata coja de número en número.
Mis pies ya no son tan pequeños ni tan ágiles pero me gusta pensar que entre esos cantos rodados, brillantes por la humedad y la luz del sol, también se esconde un tesoro. Si me inclino para coger uno azul, una concha multicolor o un trozo de cristal romo por la erosión, veo una mano pequeña, delgada, guardando en un cubo decenas de piedras brillantes -a cuál más deslumbrante- para luego, en casa, durante la tarde fresca de verano, imaginar sola en la habitación qué hermosas alhajas hacer con aquellas piedras preciosas.

Qué difícil es andar lo andado tantas veces sin rebobinar los años.

Porque la playa es eterna, siempre es la misma, pase el tiempo o no.
Mientras camino por la orilla, dejando que las olas rompan osadas sobre mis piernas y me salpiquen miles de gotas frescas y juguetonas que vienen a saludarme, veo a una joven esbelta y saltarina golpear con fuerza, de un izquierdazo, a la pequeña pelota amarilla que, exhausta de tanto embate, muere a mano de dos jóvenes incansables. La veo jugar a las palas durante horas con el agua a la cintura, haciendo piruetas, saltando, cayendo y levantándose empapada de esa agua salada que se compincha con los rayos del sol para tostar su piel con tal intensidad, que en la noche sus ojos parecen dos esmeraldas perdidas -como faros- en su rostro moreno.

Cuando me siento en la orilla y hundo mis dedos con dificultad en una arena que se resiste a ser fisgoneada y consigo por fin juguetear con ella, veo a aquella muchacha tímida tumbada plácidamente en un ademán coqueto junto a aquella lozana figura masculina y veo como una ola enérgica y avispada la empuja, le sobrepasa y le impide levantarse mientras a su lado él se ríe sin cesar a carcajadas por lo torpe que ha sido al dejarse vencer tan fácilmente.

Pasear por la playa te invita a evadir problemas, a embriagarte con el olor de algas, a contemplar el gozo de los otros, a dejarte llevar, pero ¿a dónde?
Sin darte cuenta el entorno te lleva de nuevo a allí mismo, viajando en el tiempo y de repente ves a gente que nunca más has vuelto a ver y a otras a las que sabes que jamás volverás a ver, y están allí riéndose de nuevo contigo, jugando, abrazándote y permanecen igual
aunque tú ya no seas la misma.

Están allí porque cada verano vuelven con la brisa del mar.
Siguen viviendo en la playa como hologramas del recuerdo y ya no se quieren marchar.





24.7.16

ES LO QUE QUIERO



Él: "¿ Y tú, que quieres?

Yo:  "Llenar con sangre inmaculada
los huecos vacíos
de las palabras
y cubrir mi cama de caricias.

Danzar con las luciérnagas
en las oscuras copas de los árboles.

Cantar una nana a las estrellas 
y dormirlas. 
Están solas y lejos.

Romper los corazones y reírme
y unir después los trozos con mis besos.

Quiero volar en espiral para, 
más tarde,
posarme como niebla en unos ojos 
sedientos de promesas,
auras verde mar que me protejan
y me dejen yacer en sus pupilas.

Quiero contar una a una las hormigas
que corren presurosas por mis pies descalzos
y, al amanecer, invitarlas a nadar conmigo
en la espuma del mar
jugando a ser nereidas.

Quiero pasar desnuda por las vidas de los otros
sin que noten que he llorado."












21.7.16

ODA A CÁDIZ

 


Diminuta.

Como una argéntea perla

que huyera de su concha,

en busca del aire salobre que embriaga la costa.

Así surges, Cádiz,  ante mis ojos.


En los amaneceres limpios del verano,

despiertas acariciada por las algas melosas,

que, arrastradas por el oleaje,

y después de haberte besado,

se abrazan a tus rocas milenarias

reacias a abandonarte.


Con tu hechizo de sirena

y a sabiendas de su suerte,

los peces absortos abocan a tu orilla

    sólo para contemplar por última vez,

    la silueta de tan galana estampa.


Tus estrechas callejuelas

son los brazos cálidos de una tierna madre.

En invierno,

cuando el frío arrecia,

cobijas a tus hijos de los azotes del viento;

cada esquina es un arrullo,

cada callejón, un beso.


En verano,

con el imperioso sol del mediodía,

tus recovecos exhalan aire fresco,

como el soplo de esa madre

en la frente febril de sus retoños.


No hay calles que mis pies quieran pisar,

no hay torres que quiera admirar,

no hay atardeceres que desee contemplar,

que no sean los que te conforman,

los que te definen,

los que hacen de ti

el único puerto del mundo

donde quisiera arribar.


Ya no soy yo

cuando me asomo a tus murallas

y contemplo el mar inerte,

las rocas dormidas

o el aire exánime por no romper la magia;

porque para entonces,

ya me he fundido en el paisaje.


No sé en qué momento

mis brazos dejan de ser mis brazos

para convertirse en algas,

mi pelo deja de ser mi pelo

para transformarse en brisa,

mi piel deja de ser mi piel

para renacer en sal.


No aspiro a encerrarte en mis adentros,

es mi ambición final compartirte con el mundo,

porque es injusto que aún existan mortales

que no hayan podido respirar tanta belleza.





tanta belleza.  


20.7.16

AÚN HAY TIEMPO



Los abuelos dicen que los jóvenes de hoy no son como los de antes.
Buscan un reflejo de lo que fueron ellos mismos en los comportamientos de sus nietos y al no encontrarlos los buscan en los nietos de los vecinos, pero no hallan respuesta.
Se quedan mudos, como estatuas de sal, observando como búhos cómo estos jóvenes se desenvuelven en un mundo extraño para ellos, en un mundo distinto y distante, en una sociedad incomprensible donde el tener le ha robado el sitio al ser.
Los abuelos entonces -desorientados- se refugian en su interior como un caracol hibernando
durante meses y se alimentan sólo de recuerdos.

Los padres por el contrario están desconcertados. Se mueven entre dos aguas: por un lado, nadan en las corrientes modernas siguiendo la estela de los hijos, sin estar muy convencidos de lo que hacen, pero temen quedarse atrás y que el remolino los engulla para siempre.
Por otro lado, buscan ansiosos respuestas que creen encerradas en baúles mohosos que se olvidan en los trasteros de la vida y entonces organizan reuniones con amigos con la excusa de echar un rato y unas risas pero en realidad sólo buscan cómplices que les ratifiquen que no se están volviendo majaretas, que a todos les están succionando los mismos tornados, que a todos se les están yendo de las manos sus historias y que sus hijos no son ellos ni ellos sus hijos.

Y mientras tanto estos jóvenes han puesto la directa.
Lo quieren todo deprisa y lo viven todo igual.
Por eso, cuando creen que se enamoran, piensan que todo es así de sencillo pero no lo es y sólo encuentran el crujir de dientes y la colisión de planetas.Todo es un desastre, todo una falacia.
No hay nada que satisfaga porque cuando el “yo” se enaltece el “tú” se desdibuja.

Igual no son culpables.
Puede que el quid esté en que nunca conocieron
esas citas en el parque deambulando por entre los árboles y recovecos, sentados en un banco frente al mar, compartiendo confidencias con tan sólo un helado en la mano, mientras él espera que quede una gota cremosa y fresca en la comisura de los labios de ella para -con la excusa de limpiarla- dar el primer beso de enamorado.
Aquellas conversaciones telefónicas eternas, cuando la voz del amado insinuosa se deslizaba a través del auricular como una neblina espesa e iba despertando los sentidos con cada frase,
con cada inflexión, con cada suspiro.
Aquellas figuras jóvenes y briosas sobre la arena cálida, aquella luz sobre los rostros vivarachos, aquellos momentos congelados en el tiempo que los amantes evocaban una y mil veces en la estampa brillante de una fotografía dormida en un libro.
El deseo de saber cada día un poco más del otro, de anhelar el encuentro para contarse historias intranscendentes del día a día, para dar un consejo, para pedir consuelo.
Aquel vestido especial, aquella camisa reservada para ese encuentro primero, para esa cita exclusiva, ese perfume dulzón que embriagaba los sentidos y rendía al amado.
Esas miradas clavadas como saetas, esas respiraciones sostenidas, esos momentos mágicos de silencio que ni una mariposa desorientada se hubiera atrevido a interrumpir.
Esos tiernos detalles que hacían del amado la persona sublime, esa chaqueta sobre los hombros de ella, ese beso inesperado en la mejilla de él, sin venir a cuento, mientras pide un refresco en la barra, esa despedida en el portal para que no se marche sola, ese “no le despierte, luego le llamo”,
ese “te quiero” sólo y exclusivo para dos.

A los abuelos y los padres este ficticio mundo se les ha echado encima tan de repente y tan abrumadoramente que no han tenido tiempo de transmitir esos valores y si han querido hacerlo el canto de sirena de los nuevos tiempos les ha raptado a sus chicos y ya no los han vuelto a ver.


Quizá no sea tan difícil para estos jóvenes volver al origen, quizá aún estén a tiempo.







19.7.16

HUÍDA



Los versos se escapan de mis manos,
los veo saltar como grillos de los dedos.

Los busco, los atrapo y los encierro
sobre el blanco papel.

No quiero verlos
atados de por vida
en las fibras rugosas
de esa cárcel,
cautivos y olvidados.


Pero ellos siguen huyendo de mi mente,
sólo para buscar,
sin cesar,
la libertad de quedar presos
en muchas otras almas.






17.7.16

LA MÚSICA



No es solo sentir la música.

Porque lo que se dice cantar, cantamos todos.
Mientras nos duchamos, paseamos, reparamos algún artilugio roto, mientras ordenamos el cuarto...y es en ese momento cuando cantamos para nosotros, en el que nos da igual si desafinamos, si mezclamos estrofas u olvidamos la letra.
Algunos incluso nos sorprendemos en la cocina, entre fritos y sofritos, emulando al trasnochado Tony Manero mientras la familia espera impaciente el almuerzo frente al televisor.
Sentimos la música y como nos regocijamos con ella creemos que ya lo es todo.

Yo pensaba que aquel domingo por la tarde iba a ocurrir lo mismo.
Estaba nerviosa porque -como una novia en su noche de bodas-esperaba gozar plenamente con la obra que habíamos estado ensayando durante tantos meses.
Cuando los asientos de aquel hermoso claustro estuvieron ocupados y se hizo el silencio pensé :
“ha llegado el momento de disfrutar de esta hermosura” y flanqueada por mis compañeras,
medio escondida en un bosque de pentagramas, comenzaron a sonar los primeros acordes.

Pero algo extraño ocurrió.
A medida que la obra avanzaba sentía que me iba desdibujando, como si ya no estuviera allí, porque de repente me di cuenta de que solo podía ver a aquellas personas que escuchaban atentas el devenir de la melodía, el misterio de la voz solitaria envolviendo el aire, las bailarinas corcheas cogidas del ala de los revoltosos pajarillos que también habían venido a escuchar.

Y en un momento, mientras cantaba, vi a un señor que, con sus ojos cerrados, se mecía dulcemente con la cadencia de las voces, mimándose, vi a un chiquillo con los ojos abiertos de par en par, inmóvil, para evitar que el parpadeo turbase el glosando de los violines, vi miradas brillantes como zafiros y respiraciones contenidas.
Sobre todo, vi a aquel capitán de negro dirigiendo nuestra nave mientras dibujaba con todo su cuerpo los faros, las rocas, cabalgando las olas salvajes y sorteando icebergs para alcanzar la mar en calma y por fin ayudarnos a arribar a puerto en cada calderón final.

No fue entonces mi flamante vestido gris, no fueron los refinados adornos que escogí con esmero, 
ni siquiera fue el peinado -que había retocado tantas veces frente al espejo para estar impecable ante el público- lo que tenía sentido. Me di cuenta de que estaba desnuda de artificios y la música ya no me pertenecía, porque nunca lo había hecho.

Entendí que no es la mano que entrega el vaso lo que importa, sino el agua que calma la sed.





RESCÁTAME DE NUEVO


He vuelto a hacerlo.
Vi las montañas nevadas,
la luz cegadora de las cumbres,
la llamada del alba.

He vuelto a hacerlo.
Cerré puertas tras de mí,
no hubo despidos,
ninguna cuerda me ataba.

He vuelto a hacerlo.
Deshice nudos,
no dejé migas por el bosque,
y convoqué a los vientos
que -generosos conmigo-
borraron mis huellas del camino.

La montaña era un monstruo,
La luz un relámpago,
el alba una bruja.

He vuelto a hacerlo.
Me he perdido otra vez.
Sólo quedas tú.
Inerte entre jaurías,
recio entre ventiscas,
paciente como el mar,
eterno.

Ven, rescátame de nuevo.
Coge mi mano y levántame,
abrázame con fuerza
y no tengas miedo,
que las espinas las llevo dentro.







16.7.16

¡Vaya con el duendecillo!


Hay un día en nuestras vidas en que un duende aparece de repente. Un sujeto travieso. Lo imagino con grandes orejas y ojos saltones, juguetón, que mientras estás dormida comienza a pellizcarte en el estómago tan insistentemente que si te descuidas, horada tu piel hasta alcanzar tus entrañas.
No te lo puedes quitar de encima. Ese duendecillo revolotea por tu cabeza, te susurra cosas al oído cuando duermes, prende las puntas de tu pelo y tira de ellas como el que intenta frenar a un potro desbocado. No ceja en su empeño ni te deja vivir hasta que consigue que te levantes, te pongas seria y le digas a tu pareja: “quiero tener un hijo”. El otro -al que el duendecillo igual ha ignorado porque el tiempo que ha empleado contigo no le ha dejado un instante para atosigarle- te mira estupefacto y ya -dependiendo de las vicisitudes de la vida- se tira contigo a la piscina o se tira desde un puente.
El instinto es el instinto, no puedes ignorarlo.

De repente te ves cambiando pañales, insomne por las noches -no ya por el duendecillo, que el muy cabroncete ahora duerme a pierna suelta-sino por aquella cosita tierna e indefensa que te reclama. Te preguntas cómo de aquella bola rechoncha puede salir un alarido tan descomunal, pero para entonces ya se te ha tatuado en la frente la frase “quien no llora...”

Parpadeas un par de veces y ya lo estás llevando de la mano hasta la puerta del colegio por primera vez, pero a quien le tiemblan las piernas es a ti, quien tiene un nudo en la garganta eres tú.
Le revisas de arriba a abajo mil veces como si sospecharas que lleva droga, pero en realidad lo que
compruebas es que lleva la bolsita de cuadros con su bocadillo, que va bien peinado, que no se le olvida la rebeca por si a la profesora le da por ventilar la clase y te coge un resfriado, que no lleva las marcas del Cola Cao en las comisuras -como es tan lento, se lo ha tenido que beber de un trago en el último minuto-, miras por última vez esa carita de ángel y te despides con un beso pegajoso como si se lo llevaran al matadero.

Llegas a casa, te relajas un poco en el sofá y te quedas dormida.
Te despiertas de un sobresalto porque se te ha pasado la hora y tienes que ir a recogerle. Cuando llegas a la puerta del instituto ves que el autobús está llegando en ese preciso momento ¡Menos mal! . Ahí está, viene flipando con el viaje, te endosa de un empujón la mochila y la maleta y empieza a contarte, en una sola frase sin comas ni puntos, lo que se ha reído por las noches correteando por las habitaciones del hotel con los compañeros, y lo guay que era la montaña rusa con triple looping del parque de atracciones, y lo aburrido que era el museo pero que te ha comprado un regalito en la tienda que te va a encantar.
Y tu respiras porque ha regresado bien, no tiene ni un rasguño y te ríes para tus adentros de ver esa energía que desprende incluso después de 15 horas en el autobús, se ve que ha dormido aunque haya sido enroscado en su asiento como una serpiente.

Llegáis a casa, dejáis las maletas en el cuarto y empiezas a preparar el almuerzo.
Cuando la cebolla del sofrito ya está caramelizada y el tomate se ha deshecho entre los dorados dientes de ajo comienzas a añadir el arroz
“dos puños por persona y uno de regalo para la olla” -decía tu madre.
Entonces se te acerca, te da un beso en la mejilla y exclama. “Mmm, huele bien” algo te dice que su voz es melosa, aún más que la cebolla que revuelves con delicadeza, le miras y te comenta : “tengo que decirte una cosa, me han quedado dos asignaturas este curso” es que la Universidad está fatal, no te dicen nada hasta el último momento, yo estaba convencido de que había hecho los exámenes perfectamente”
y te descubres escuchándole con una ceja más alta que otra y la comisura derecha de tus labios apretada. “Bueno, pues habrá que recuperar eso, ¿no? -le interpelas.
“Pues claro! No te preocupes, en septiembre las saco con buena nota, te lo prometo”
Y ya en la mesa exhalas un profundo suspiro antes de meterte en la boca la primera cucharada de paella.

La tarde ya la tienes cubierta porque has pensado que vas a ir al súper.
No queda casi nada en la despensa ni en la nevera así que hoy le vas a dedicar un buen rato y vas a traer un poco de todo.
Cuando llegas a casa y empiezas a sacar los productos de las bolsas te frenas ante los paquetes de pasta y el queso rallado. Hasta ese momento no te has dado cuenta de que no estás segura de si él come pasta o se ha puesto a régimen, porque desde que vive solo ya le van preocupando esos pequeños pliegues que aparecen sobre el cinturón cuando se sienta a ver una película en el sofá de su casa.
“Bueno, -te dices- lo dejo en la despensa para cuando venga un fin de semana. Le voy a preparar una lasagna de chupetearse los dedos y luego, si quiere, que se cueza él sus verduras”.

Ahora, cuando te sientas un ratito en la terraza, el duendecillo-con algunas canas más- aparece de nuevo y te mira con ternura. Se sienta en tu hombro y apoya su diminuta cabeza en tu cuello.
Esta vez decide hablarte para decirte que todo está bien, que ya hay otro árbol creciendo, dando frutos y sombra fresca, que el ciclo de la vida continúa. Ahora tienes tiempo de ir a clase de bachata o de pensar en viajar más a menudo y ya no tienes por qué hacer ollas grandes de puchero.

Pero si te reconcomes cuando ves que pasas innecesariamente por la puerta de su cuarto vacío y te sientes un pelín más apagada, el duendecillo entonces aparece de repente, sujeta con sus minúsculas manos tu barbilla y te mira fijamente a los ojos para decirte que no estés triste, porque ya mismo se marcha él a importunar a cierta chica que conoce.


Así que, en menos que canta un gallo, ya estás ayudando a esa primeriza a cambiar pañales otra vez.



Autoría de imágenes del blog



Para los que ya habéis visitado este blog y para los que llegáis nuevos quiero comunicar que he eliminado todas las fotografías que acompañaban a los escritos porque deseo que este blog esté lleno sobre todo de creatividad.
Se me ocurrió que un amigo muy cercano con una gran sensibilidad y entusiasmo podría querer ser mi compañero en esta aventura y no me equivoqué.
En cuanto le propuse trabajar conmigo se ofreció encantado y estoy convencida de que los lectores de este blog también podrán disfrutar de la poesía que transmiten sus imágenes.
Es fotógrafo aficionado pero la ilusión que pone en su trabajo lo hacen tan valioso como el mejor de los profesionales.
No podía tener una compañía mejor.
Su nombre es Jeronimo Massanet Capilla.
Iremos dándole otra vida a los escritos poco a poco,
 así que esperamos que disfrutéis leyendo tanto como nosotros lo hacemos creando.


15.7.16

ABSURDO INTENTO




He querido olvidarte paso a paso.
La mirada fija, los labios apretados
hundiendo con mi rabia
el alma en las arenas.

Llegó un momento triste
en que creí lograrlo
con restos de ilusión
logré creerlo.
Desperté mis instintos a otras voces
a otros sueños de magma y azufre.

Susurré tu nombre prohibido
y vibraba como ondas
en el lecho de un lago dormido.
“Aún te quiero”
“Ya he dejado de quererte”
extremos que se mecen
en el columpio de la historia.
-------------
He querido olvidarte de repente.
Ahora estás aquí,
ahora te escondes
como el tímido cangrejo tras la roca,
si puedo te desprecio
si quiero te venero.
-------------
He querido olvidarte a tu manera
-huyendo lejos-
pero embruja tu luz,
es insistente
y me arrastra despacio
de nuevo hasta tu boca.
-------------

He querido olvidarte de otro modo
y no he podido.



12.7.16

NATALIA



A Natalia le encanta la fotografía y quiere estudiar arte.
No me resulta difícil entender que le guste captar imágenes del mundo,
porque Natalia apenas habla.
Cuando llamo su atención, me mira con ojos inexpresivos esperando con recelo mis palabras,
 no sabe qué voy a decirle, pero siento que le asusta el simple hecho de que me dirija a ella.
El ruido y la algarabía no entran dentro de sus parámetros,
nació para moverse con el balanceo de las olas y dejarse llevar por la corriente.

Natalia reacciona a todo lentamente,
hasta para sentarse diría que titubea.
La observo en sus movimientos de gatita asustada y me conmueve la fragilidad de sus ademanes. Cuando todos se desplazan vertiginosamente,
 ella permanece inmóvil en medio de la estancia esperando a que todo cese,
para poder entonces actuar.

Entiendo que quiera ser fotógrafa,
porque la imagino explorando el mundo en busca de su recóndita belleza,
concentrándose en los pequeños detalles de las cosas que pasan desapercibidas,
envuelta en el sacro silencio de la apreciación del universo,
porque así es ella, tan sigilosa,
que se me antoja translúcida.
 Creo que en realidad Natalia querría ser transparente para poder solo observar
y esperar que la vida pase, sin que nadie se percate de que está presente.

A veces intento hacerle reír porque -cuando lo logro-
intuyo que le lanzo una cuerda con la que la arrastro al presente
y cuando nos reímos juntas,
construyo un túnel de luz que nos conecta.
 Porque Natalia apenas se relaciona
aunque -también es cierto- eso no le importa demasiado.

Es inteligente pero parece torpe, porque no encaja en los estándares del planeta.
Le cuesta asimilar que haya tantas nimiedades ahí fuera que tengan sentido para tanta gente,
porque no lo tienen para ella.
Y cuando comento a otros que existen personas de una sensibilidad inusitada,
llenas de pureza pero injustamente incomprendidas,
a Natalia sus diminutos ojos se le expanden como nenúfares
 y asiente con la cabeza tan imperceptiblemente que solo yo lo detecto.
Entonces se me abre el alma y resplandece,
porque en cierto modo, sé que la estoy acompañando en su insondable existencia.

Natalia es especial, como muchos otros, y yo he tenido la suerte de conocerla.



11.7.16

SEGÚN



El amor, -que no es amor, según él dice, 
mientras no se me rompa en el alma,-
me persigue cauteloso entre la gente
con ojos de leopardo ensangrentado.
Parece inquieto
parece temer perderme, el amor,
niño pequeño,
como si fuera yo la primera mujer
de su existencia.

El amor se ríe con ojos diminutos
y aprovecha un segundo, el amor,
perdido por los otros 
para enviarme besos en mensajes clave.

El amor ¿o no es amor?
me da el encuentro
en todas las esquinas de la vida
me mira, el amor,
suplica una sonrisa
que no sé si quiero o no ofrecerle.

El amor, amor febril y apasionado,
simula deslizarse por mi cuerpo
parece devorarme
y palmo a palmo
me marca con las ondas de sus labios.

El amor, a veces desairado,
se ata a la cintura de otros cuerpos de mujer
indiferente, quizá herido,
por no tener de mí más que miradas
y un amor que no es amor
-según me dice-.

Quiero ser deseada por sus ojos
-el amor- un día y otro, -el amor-
para creerme amada.
Qué pena que no pueda yo ofrecerle
aunque lo quiera,
nada más que un amor
-según él dice-
entre comillas.



10.7.16

ES QUE HACE UN CALOR...




Ya llegó el verano,
y aquí en el sur ya comienzan a derretirse las farolas. Las respiraciones se entrecortan, los abanicos bailan a dúos y a veces a coro, el levante agrieta las epidermis a lametazos, las carnes afloran con o sin michelines, eso da exactamente igual y no queda sino un solo remedio a tanto sofocante desasosiego. 
“Pablo, coge la sombrilla, Pepe, tú llevas la nevera, Marta, no olvides la tabla de surf que ya he terminado los bocadillos y nos vamos a la playa”.

Y llegan a la playa.
Una vez el cabeza de familia ha avistado la posición ideal para un asentamiento hasta el ocaso, como si de la táctica militar blitzkrieg se tratase, cada miembro ataca por un flanco en cuestión de segundos: Pablo clava el palo de la sombrilla sin ni siquiera hacer el agujero, sólo para marcar el terreno, y mientras comienza a girarlo, Pepe, el padre, ya ha dejado caer la pesada nevera como una carga de profundidad a unos cuantos metros para ir delimitando el territorio. Mientras tanto la tabla ya viene deslizándose como un torpedo hacia el flanco opuesto de la sombrilla y se va creando el círculo. Para cuando se frena en el sitio justo -lanzando un chorro de arena a la parejita que está plácidamente tostándose a unos centímetros- Carmen ya ha culminado el asedio colocando dos enormes bolsas de toallas y bocatas en el centro . Una vez conquistado el territorio, ya no hay marea alta que lo reconquiste, porque la guerrera familia – avistando que algunas olas camufladas bajo la espuma van acercándose peligrosamente- se encargan antes de levantar una elevada muralla de arena mojada y cantos rodados en toda la periferia del enclave. Son los putos amos, allí no entra nadie, ni Poseidón que hubiera salido un rato a echar una cana al aire.

Y ahora a disfrutar.
A refrescarse en el mar, a ponerse moreno, a echarse un campeonato de palas, a comerse el bocata de tortilla y a olvidarse del jefe por un rato.
Cuando el sol dice que ya está bien, que ya ha trabajado bastante por hoy y que el también tiene derecho a descansar, cierra el chiringuito. Los niños dan de patadas a la muralla chino-andaluza
-cosa que estaban deseando hacer desde horas antes-, Pepe se regocija de que al menos la nevera ya no pesa, pero le dura poco porque antes de que eche a andar, Carmen ya le ha endosado las dos bolsas llenas de toallas húmedas y de conchas de diversos tamaños y colores. “Es que me he quemado los hombros- dice con cara de pillina- y eso que me he puesto factor 50”. Pepe la mira incrédulo, pero está tan guapa con las mejillas sonrosadas que no puede decirle que no.
Todos llegan a casa exhaustos, satisfechos de su hazaña.
Los niños caen rendidos después de una cena ligera y Pepe guiña a Carmen insinuando si todavía quedarán fuerzas para una batallita más.

Carmen sonríe a la mirada pillina de Pepe porque tampoco puede decirle que no.



MI NIÑA



Mi niña se me duerme en los brazos
con cara triste,
no quiero mirar el duende de sus mejillas.
Las serpientes resbalan
por su cuerpo de mármol blanco,
está fría.

Mi niña ya no es mía,
es de los vientos
que golpean el techo de mi casa.

¡Cuántas rosas he puesto a diario en sus sonrisas,
cuántos besos de miel y mermelada!

Mi niña se me muere en los brazos
mientras rompen las olas en su pelo. 
Duerme entre las algas, mi ayer, 
que yo te canto.

De luto estaba el mar esta mañana
cuando la vi de nuevo en el espejo.
Me miraba.



9.7.16

LA NUBE



Puedes hacer varias cosas con esta nube.

Hacerle cosquillas y verle soltar pequeños rayos de carcajadas.

Caminar en sus entrañas y ver que no la ves.

Moldearla y convertirla en un unicornio blanco y cabalgar por el horizonte.

Gritarle con furia para hacerle llorar sobre terrenos baldíos.

Soplar suavemente y verle saltar sobre la espuma del mar.

Ensartarla con otras en una brisa de poniente y hacer un collar de diminutas gotas.

Colocarla en la chimenea de tu tejado para simular un hogar.

Darle pequeñas caladas y al expulsarlas, cubrir el cielo de plumas.

Encerrarla en una lámpara mágica y convocarla cuando quieras un deseo.

Lo que no puedes hacer es disiparla.





QUIZÁ...


Agrio se está volviendo el vino del que bebo
y me van saltando lágrimas a los ojos
desnudos y agotados.

¡Qué silencio!

Y qué huída tan de repente, tan ágil y sumisa

¡Tan rebelde!

¿Podemos huir, quizá, de lo que amamos,
de aquello que nos ata y nos envuelve?

Quizá sí.

Quizá huimos cada mañana al despertar
en cada verso
y regresamos después
aunque nos duela el alma.

Correr en línea recta, sordos, mudos y ciegos 
ante el vendaval que se desata
y golpear con los puños las estrellas.

Correr, correr, gritar y después...nada.

Volver a sentarnos a la mesa.




¡INMERSIÓN!




Hay momentos en que pienso que tengo que hablar de cosas horribles, pero entiendo que esto no es políticamente correcto. Nadie quiere oir más cosas tristes. Estamos cansados de ser engañados, robados, pisoteados, ninguneados, y sobre todo estamos cansados de comprobar que no pasa nada. Uno va a juicio y ¿el resto?.
Ya tenemos demasiados problemas. No hay trabajo y el que lo tiene no llega a fin de mes, los abuelos sostienen familias enteras, no hay expectativas de un futuro digno, el clima empeora y el mundo se desgasta. Estamos al límite y ahora vienen los refugiados. No queremos oir más.

Veo a familias huyendo del horror de la guerra, oigo a jóvenes decir que se marcharon de sus pueblos porque empezaron a enseñarles cómo debían cortar cabezas, he escuchado historias de personas que han perdido a sus hijos, a sus hermanos y huyen para salvar de la masacre a los pocos miembros de las familias que sobreviven. Pero un día bombardearon un asentamiento civil de desplazados en la provincia de Idlib y muchos murieron. Ni siquiera tuvieron tiempo ni ocasión de huir del pais, simplemente dejaron sus hogares y marcharon a los campos, lejos de la destrucción.
Nadie sabe quien lo hizo. Oí a un hombre gritar de impotencia y preguntar con toda la rabia que emana de la injusticia: “¿Dónde está el mundo?”

Esa pregunta no me alcanzó como una flecha, ni como una espada, me atravesó como una lanza . “¿Dónde está el mundo?”.

Señor, permítame que le conteste, tengo varias hipótesis: creo que el mundo está viendo que ésta no es su batalla, que ya tiene otras internas, o puede que esté haciendo acopio de metralletas por si acaso, o quizá está apresurado escondiendo billetes, o está quitándose las pelusas de su enorme ombligo, o puede que siga regocijándose de la riqueza que le queda con olor a naftalina.

Señor, el mundo no está, ha salido un momento. Como el que se ausenta de la mesa del restaurante ante una desagradable discusión de comensales esperando que a su vuelta todo se haya solucionado por arte de birlibirloque y que al sentarse y acomodarse la servilleta en el regazo todos estén de nuevo sonrientes y no haya pasado nada. Que no le salpique el marrón.

Señor, creo que este mundo ya ha olvidado. No recuerda cuando ellos eran refugiados, cuando huían despavoridos por la guerra, cuando eran perseguidos y cuando tuvieron que abandonarlo todo. Muchos no sobrevivieron, pero otros muchos fueron rescatados, acogidos por otros países, tuvieron la oportunidad de empezar de cero y hoy en día hay generaciones enteras que viven gracias a aquellas manos amigas que ayudaron.

“¿Dónde está el mundo?” Preguntaba un hombre.

Sólo hizo esa pregunta..

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¡Arriba el periscopio!    ACNUR



IMPOSIBLE




Aquél ser diminuto que golpeaba la lente desde el otro lado me estaba poniendo de los nervios porque ya había intentado apartarlo varias veces. El maldito bicho no me dejaba enfocar a las dos figuras que por fin sonreían tras conseguir firmar el polémico tratado. Encaramarme a aquella farola había sido peliagudo pero era una fantástica perspectiva y sabía que aquella fotografía me consagraría en la profesión. Con un último manotazo -por fín- me deshice del bicho, enfoqué de nuevo y pulsé el disparador. Suspiraba de alivio mientras descendía torpemente y una vez en el suelo busqué con ansiedad la anhelada imagen. Supongo que todo habría sido perfecto si al disparar no hubiera decidido cagarse en el objetivo aquella inoportuna paloma.



3.7.16

ODA AL VIENTO DE LEVANTE





Es un misterio el proceder del viento de levante, 
en una oscura noche de verano.
 Cuando todos duermen, exhaustos tras el azote de su lengua ardiente, 
corretea esquivo por las calles
 como un vampiro en busca de una dama solitaria. 

Y cuando me encuentra, tropieza en mis carnes y ya sé, sin luchar, 
que me ha vencido. 
Como un galán altanero y mentiroso
 me va envolviendo voluptuosamente entre sus garras.
Es pasional y está solo, 
por eso, aunque sea de noche, 
aún es cálido y embriagador su aliento. 

No deseo sino abrir mis brazos 
y que me envuelva, cual tornado, para elevarme en un vaivén de sensaciones.
Es bondadoso,
 porque de un zarpazo, su manto alado e imponente, 
deshace los agobios y negruras de mi mente,
 no me permite pensar, no me da tregua, 
no deja rincón alguno de impureza en mis sentidos.

Es caprichoso. 
De repente, me escupe arena 
o se burla de mí levantando mi falda.
 Soy entonces un juguete para él.
 Me enfado y le desprecio.
 Pero zalamero, viene veloz de nuevo 
y aunque torpe, con un huracán me acaricia el pelo. 

Doblo la esquina y ya no está. 
Suspiro aliviada.
 Retoco mi peinado y mientras abrocho el último botón de mi blusa 
de nuevo, con un aullido desmedido, me arranca el bolso. 
El ladronzuelo, es un chiquillo travieso. 

¡Cómo no voy a quererle!




Manual de instrucciones para PISARLE EL RABO AL DIABLO




Son de sobra conocidas las triquiñuelas que el innombrable urde para torcer las intenciones de los inocentes mortales, convertirles en meros títeres de la maldad y asegurarse así un número considerable de almas a las que poder chamuscar y hacer vagar por los eternos pasadizos sin retorno que se desvían del célebre túnel de luz.
Es por eso por lo que el finado, sabiéndose estafado, desee encontrar cuanto antes su guarida para ajustar cuentas.
Para ello es aconsejable seguir las instrucciones que a continuación se enumeran:
En primer lugar se han de desarmar los músculos, acomodarlos, olvidarse de ellos y centrarse en las expresiones faciales. Seguidamente se dejan los labios entreabiertos, laxos y se fija la mirada en cualquier esquina del techo procurando que los párpados queden medio cerrados, dubitativos, como el anciano transeúnte que vacila ante un paso de cebra sin semáforo. Esta expresión de seguro que cohibe a los presentes.
A continuación el flujo y reflujo de aire a través de la bobalicona boca ha de cesar de inmediato.

Una vez superado este punto se encontrará usted de repente en boca de lobo, entonces se habrán de agitar los brazos como apartando moscas, mientras las temblorosas y translúcidas extremidades inferiores tantean un piso sin suelo.
Ha de lanzarse un alarido de terror cada cierto tiempo, ad libitum, a la vez que las cuencas oculares como encendidas canicas de cristal deben querer escapar buscando el final de la nada.
Una vez se haya llegado a la estancia donde los purpúreos reflejos y la emanación de vapores adviertan que se ha alcanzado el centro mismo del objetivo, es necesario ojear la sala hasta encontrar una humeante figura cuya sonrisa socarrona le invite a entrar.
Se debe dirigir con paso firme hasta su presencia y una vez allí se extiende una mano solícita para cerrar el trato engañoso propuesto en la vida anterior.
Cuando la figura acerque su descarnada garra y estreche su mano de usted mientras exhala una hueca risotada de regusto, se han de apretar los ardientes dedos y sin dar tregua se tiran de ellos con vehemencia hasta que sus chamuscados cabellos tengan un vis a vis con los puntiagudos cuernos del maligno.
Entonces y solo entonces, en esos segundos de detención, uno de sus espectrales pies se elevará de súbito y caerá con toda fuerza sobre el flechado extremo del diabólico rabo retorciendo la puntera como si del aplastamiento de una cucaracha se tratase.

Este proceso no garantiza el retorno al túnel de luz, pero podrá usted achicharrarse infinitamente más a gusto.



DESAMOR




No me deja dormir el ruido que hacen los confusos ecos de tus huecas palabras
cuando me mientes.
No me deja dormir el ruido que hacen las crueles hordas de tus cretinas excusas
cuando me engañas
No me deja dormir el ruido que hace el leve aleteo de tus falsos besos
cuando vuelves
No me deja dormir el ruido que hace mi roma rabia sobre tu fría espalda
cuando te marchas
y muero de insomnio con el ruido que hace el crujir de mis sueños

cuando se rompe el alma.




                                                       Basado en un poema de Juan Bonilla

EL PLACER DE ENVEJECER





Acabo de llegar a casa, tarde, y me he dado cuenta de que ya no aguanto los zapatos. Ningún zapato que tenga un mínimo de tacón, yo que cuando me contoneaba en los veinte bailaba en discotecas como si no hubiese un mañana desde la cúspide de gigantescos tacones de aguja. Ya no aguanto las medias, yo que lucía unas piernas de múltiples colores y texturas que se perdían en el infinito bajo la poca tela de mi minifalda. Ya no aguanto los fajos y refajos, yo que me embutía en imposibles vestidos de licra cuyas costuras quedaban marcadas en mis carnes jóvenes como tatuajes efímeros.

 El tiempo hace mucho, las carnes se resisten a ser encarceladas de nuevo, ya no merece la pena el sacrificio de la estética porque sí, los poros quieren respirar como el resto de nosotras. Y es que el cuerpo evoluciona como el alma. Con la edad aflojamos tensiones porque no ya no nos va la vida en las batallas de los otros, con la edad nos quitamos las máscaras porque ya no nos afectan tanto las opiniones ajenas, con la edad perdemos la vergüenza porque nos queda menos tiempo para pensarnos las cosas, con la edad desparramamos sentimientos ¿para qué dosificarlos? Todo va con el tiempo, y no es triste, es placentero.
 Tan placentero como quitarte los zapatos, ponerte el pijama y dormir a pierna suelta.




LOS LAZOS



Cada final de año es como el final de pequeñas vidas. Hacemos balance de lo que nos ha ocurrido y de lo que creemos que hemos hecho bien o mal, y los propósitos para el año nuevo se asemejan a las últimas voluntades que dejan por escrito los que se despiden para siempre, los deseos para esa pequeña nueva vida que comienza y que durará de nuevo doce meses hasta que se repita el ciclo.
Pero hay algo inquietante en este vaivén de sensaciones: los lazos.

Como cuando sales a la calle y en la parada de autobús observas que llevas los cordones desatados y te dices: “Pero si los apreté fuerte en casa, ¿cómo que están sueltos?”
Eso nos pasa durante el año, hay lazos que nos confunden, da igual si son lazos de compañerismo, de sangre, de amistad, de afinidad, de amor. Al final aquellos lazos de raso brillante que elegiste porque te deslumbraron y que creías fuertemente atados se van deshilachando y deshaciendo hasta que se pierden por el camino, sin embargo te pusiste un lazo pequeño en el pelo de cualquier forma, porque no podías entretenerte, porque llegabas tarde a la fiesta y cuando volviste de madrugada esa pequeña cinta aún estaba allí, aferrada a la horquilla como a un potro desbocado en un rodeo y tú ni te acordabas de ella.
Y no me digas que eres un alma libre y solitaria porque hasta los recién nacidos que aún no han vivido se aferran a nuestro dedo meñique con los ojos cerrados y 
¡cómo nos enternece sentirnos necesitados.!

Que el nuevo año que entra venga cargado de ilusiones, experiencias nuevas, sorpresas agradables, buenos momentos y cariño, mucho cariño, que nosotros ya nos encargaremos de hacer y deshacer lo que nos acerque a la felicidad.






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