31.12.16

VIENE 2017



Viene caminando de puntillas con su saco de sorpresas.


No es Papá Noel, pero como si lo fuera,
porque viene cargado de regalos para todos.

La cuestión es saber
si nos trae lo que pedimos
o nos defraudará con un negro carbón.

Pero no es el momento de pensar en eso.

Es el momento de tener
la ilusión de empezar de cero y construir el futuro,
la certeza de seguir por el camino elegido y avanzar para mejorar en nuestra vida,
 fe en que las cosas den un giro de 180 grados y poder reconstruir lo maltrecho,
las expectativas de que crezcan las semillas que con esmero hemos sembrado.


Pero también tiene su sitio la convicción de los actos realizados
en este viejo año que se marcha:

aquellos nudos reforzados o desatados,
aquellas decisiones tomadas en busca del camino correcto,
aquellos errores corregidos a tiempo,
aquellas comas, puntos seguidos y puntos finales,
aquellos saltos al vacío con los puños apretados,
aquellas cadenas liberadas.

La incertidumbre de lo que viene en el saco
nos hace estremecer con una sonrisa en los labios
y nos frotamos las manos como niños inocentes
ante el gran regalo del futuro.

La esperanza
-como siempre-
es lo que nos mantiene vivos.

QUE 2017 TE TRAIGA LO QUE PEDISTE.


Autora del dibujo "Búho Real" : Ana Gjurinovich




24.12.16

BIENVENIDO INVIERNO


Sinceramente pienso que el invierno está subestimado.

Cuando llegan los albores de la primavera con su calidez y la radiación del verano con su jolgorio todos explosionamos y nos llenamos de vida,
pero cuando llega el invierno nos apagamos como el final de una vela,
se nos descuelga el rictus,
se nos cierran los poros
y se nos escapan los suspiros por la larga espera de la estación estival jaranera.

Sin embargo creo que el invierno es la estación que más luz trae a nuestras vidas.
Porque entra un veintiuno de diciembre vestido de una emoción que mueve castillos: la ilusión.

La ilusión que baila en dos bombos al son del choque de miles de bolitas juguetonas.
Esas gigantes maracas que son el sonajero de la orquesta de nuestras expectativas
y de las cuales – por un túnel dorado- llega el invierno como un fantasma bueno
disfrazado de bolita.

Esa diminuta esfera que -con un número- te libera de la cadena de la hipoteca,
te lleva en volandas a esa playa virgen o ese crucero por lagos de ensueño,
te proporciona esa ayuda que les ofreces a tus hijos en paro,
te regala la llave de ese pequeño negocio que será el principio de tu autonomía
o te entrega dos enormes sacos de cemento para tapar esos malditos agujeros para siempre.

Si la varita de la suerte te toca a ti junto a miles de personas distintas a la vez,
entonces todo es una algarabía de colores y calores.
El invierno ya no es frío.
Pero si la suerte te ha ignorado otra vez -como todos los años-
aún se te humedecen los ojos cuando ves la felicidad en esos otros rostros
y es este el día en que más valoras lo que tienes.

Cuando todo el bullicio desaparece y te levantas a la mañana siguiente,
bajas a comprar el pan a tu panadería de siempre
y con la barra recibes una sonrisa y un “Felices Fiestas”.
Entras en la farmacia para recoger tus pastillas de siempre
y el farmacéutico te las entrega con una sonrisa y un “Feliz Navidad”.
Vas a la carnicería y con las alitas de pollo
el carnicero te regala una sonrisa y un “Felicidades”.
El tintineo de tu móvil es un no parar de buenos deseos
todo el tiempo.

El frío polar no se nota entonces y la lluvia es imperceptible
porque te das cuenta
de que nunca tanta gente a la vez había deseado que fueras feliz,
así, porque sí.
Te entran ganas de ser feliz
así, porque sí.

¿ Cómo no vamos a querer al invierno?
No ha hecho nada más que llegar y nos trae de vuelta a casa a los parientes lejanos,
llena los rincones y plazas de nuestras ciudades de luces de colores,
transporta sus copos de nieve mecidos al compás de villancicos,
adorna los salones de nuestras casas y llena las mesas de ricos dulces y viandas,
enternece corazones helados y despierta emociones dormidas.

El invierno es un mago barbudo de túnica blanca y capa dorada
que no quiere estar solo,
que quiere ser amado y abrazado
y para ello
nos pellizca en la mejilla cariñoso
y nos entrega en un enorme paquete rojo
la Navidad.

FELIZ NAVIDAD
Y QUE EL INVIERNO TE ABRIGUE
CON TODAS LAS EMOCIONES BUENAS.




5.12.16

¡CÓMO LLUEVE!

“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.

Es curiosa esa comparación entre la locura y la regadera.

Un recipiente inocente y discreto en el jardín,
esperando que una mano lo ice suavemente
y lo pasee entre planta y planta desparramando el agua fresca dadora de vida.

No tiene sentido.

Entonces lo busco
y cuando los orígenes de la comparación son varios
me decanto por el que me parece más atractivo:

Es Pancracio Celdrán el que nos cuenta que la frase pudo nacer
a raíz del estreno de una obra que causaba furor en su época:
En 1907 la cupletista Julia Fons estrenó “El Vals de la regadera” en el Teatro Eslava de Madrid,
una pieza procedente de la zarzuela “La alegre trompetería” en donde se decía
con cierta picardía subida de tono:

“Tengo un jardín en mi casa
que es la mar de rebonito;
pero no hay quien me lo riegue
y lo tengo muy sequito.
Al levantar y acostarme
lleno de agua la regadera,
y con las faldas muy recogidas
lo voy regando de esta manera”...

Cuando la cupletista hacía ademán de regar con la regadera, el público enloquecía y hacía gestos destemplados conforme Julita Fons iba insinuándose más y más, de modo que en aquellos años
primeros del siglo XX se decía que estaba como una regadera
la persona que pierde el control y gobierno de su persona.



Ya sé que me pierdo por los Cerros de Úbeda
con una facilidad pasmosa
(como Álvar Fañez en la contienda de cristianos y almohades).
Todo para decir que el tiempo es un señor enchaquetado y con bigote
que no está muy en sus cabales,
que enloquece y nos envía treinta grados en noviembre,
que nos hace un gesto destemplado y nos deja caer en la sesera
trombas de agua que desbordan ríos y causan inundaciones imposibles,
que pierde el control y nos lanza trompos de tornados que arrasan ciudades,
que no sabe gobernarse y deja nuestros campos áridos durante meses.

Y es que todos somos la cupletista Julita Fons desquiciando al clima:

“No puedo reciclar, no tengo sitio en la casa para tanto bidón”
“yo es que el coche lo necesito para todo”
“talaremos algunos árboles, pero esa carretera es necesaria”
“¿y si hacemos una fogata para asar los chorizos?”
“ahora no podemos permitirnos reformar la fábrica”
“Ya se nos ha encallado otro petrolero cerca de la costa”

Y así vamos cada uno cantando un cuplé,
paseándonos por el mundo con nuestra picardía
y subiendo poco a poco la líbido del entorno.
No es extraño que el tiempo se excite,
no sepa cómo entrarnos
y pierda su control y su gobierno.

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“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.
Y es que no hacemos otra cosa que subirnos la falda
y enseñarle las canillas.


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