Sinceramente pienso que el
invierno está subestimado.
Cuando llegan los albores
de la primavera con su calidez y la radiación del verano con su
jolgorio todos explosionamos y nos llenamos de vida,
pero cuando llega el
invierno nos apagamos como el final de una vela,
se nos descuelga el
rictus,
se nos cierran los poros
y se nos escapan los
suspiros por la larga espera de la estación estival jaranera.
Sin embargo creo que el
invierno es la estación que más luz trae a nuestras vidas.
Porque entra un veintiuno
de diciembre vestido de una emoción que mueve castillos: la ilusión.
La ilusión que baila en
dos bombos al son del choque de miles de bolitas juguetonas.
Esas gigantes maracas que
son el sonajero de la orquesta de nuestras expectativas
y de las cuales – por
un túnel dorado- llega el invierno como un fantasma bueno
disfrazado de bolita.
Esa diminuta esfera que -con un
número- te libera de la cadena de la hipoteca,
te lleva en volandas a
esa playa virgen o ese crucero por lagos de ensueño,
te proporciona esa ayuda
que les ofreces a tus hijos en paro,
te regala la llave de ese
pequeño negocio que será el principio de tu autonomía
o te entrega dos enormes
sacos de cemento para tapar esos malditos agujeros para siempre.
Si la varita de la suerte
te toca a ti junto a miles de personas distintas a la vez,
entonces todo es una
algarabía de colores y calores.
El invierno ya no es frío.
Pero si la suerte te ha
ignorado otra vez -como todos los años-
aún se te humedecen los
ojos cuando ves la felicidad en esos otros rostros
y es este el día en que
más valoras lo que tienes.
Cuando todo el bullicio
desaparece y te levantas a la mañana siguiente,
bajas a comprar el pan a
tu panadería de siempre
y con la barra recibes una
sonrisa y un “Felices Fiestas”.
Entras en la farmacia para
recoger tus pastillas de siempre
y el farmacéutico te las
entrega con una sonrisa y un “Feliz Navidad”.
Vas a la carnicería y con
las alitas de pollo
el carnicero te regala una
sonrisa y un “Felicidades”.
El tintineo de tu móvil es un no parar de buenos deseos
todo el tiempo.
El frío polar no se nota
entonces y la lluvia es imperceptible
porque te das cuenta
de que nunca tanta gente
a la vez había deseado que fueras feliz,
así, porque sí.
Te entran ganas de ser
feliz
así, porque sí.
¿ Cómo no vamos a querer
al invierno?
No ha hecho nada más que
llegar y nos trae de vuelta a casa a los parientes lejanos,
llena los rincones y
plazas de nuestras ciudades de luces de colores,
transporta sus copos de
nieve mecidos al compás de villancicos,
adorna los salones de
nuestras casas y llena las mesas de ricos dulces y viandas,
enternece corazones
helados y despierta emociones dormidas.
El invierno es un mago
barbudo de túnica blanca y capa dorada
que no quiere estar solo,
que quiere ser amado y
abrazado
y para ello
nos pellizca en la
mejilla cariñoso
y nos entrega en un enorme
paquete rojo
la Navidad.
FELIZ NAVIDAD
Y QUE EL INVIERNO TE
ABRIGUE
CON TODAS LAS EMOCIONES
BUENAS.

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