(Fotografía: Sergio García )
No importa que ásperas
manos opriman los ojos,
ni que trancas de acero
obstruyan puertas y ventanas,
porque, si tú estás,
los párpados son velos de
cristal
y los muros cortinas de
agua.
No hay sendero más
nítido,
ni gotas más diáfanas
que el reguero que dejas a
tu paso por el mundo.
Como una idólatra
intento encajar mis pies
desnudos en tus huellas esparcidas,
a veces piso mal y
rectifico al punto,
porque no quiero salirme
del camino.
Pero es tanta la maraña
de senderos equívocos
y tan malintencionado el
lazarillo,
que es difícil
encontrarte en el intento.
Cuando las sombras lo
cubren todo
y hay bocas que exhalan
humo,
vagamos desorientados en
la penumbra.
Solo tu fuerza sublime de
gigante Briareo
abre el camino,
revela la luz,
nos arranca de las
tinieblas
y nos guía.
Es entonces,
cuando algunas
luciérnagas dormidas en el bosque oscuro
despiertan
despiertan
y nos acompañan.