31.12.16

VIENE 2017



Viene caminando de puntillas con su saco de sorpresas.


No es Papá Noel, pero como si lo fuera,
porque viene cargado de regalos para todos.

La cuestión es saber
si nos trae lo que pedimos
o nos defraudará con un negro carbón.

Pero no es el momento de pensar en eso.

Es el momento de tener
la ilusión de empezar de cero y construir el futuro,
la certeza de seguir por el camino elegido y avanzar para mejorar en nuestra vida,
 fe en que las cosas den un giro de 180 grados y poder reconstruir lo maltrecho,
las expectativas de que crezcan las semillas que con esmero hemos sembrado.


Pero también tiene su sitio la convicción de los actos realizados
en este viejo año que se marcha:

aquellos nudos reforzados o desatados,
aquellas decisiones tomadas en busca del camino correcto,
aquellos errores corregidos a tiempo,
aquellas comas, puntos seguidos y puntos finales,
aquellos saltos al vacío con los puños apretados,
aquellas cadenas liberadas.

La incertidumbre de lo que viene en el saco
nos hace estremecer con una sonrisa en los labios
y nos frotamos las manos como niños inocentes
ante el gran regalo del futuro.

La esperanza
-como siempre-
es lo que nos mantiene vivos.

QUE 2017 TE TRAIGA LO QUE PEDISTE.


Autora del dibujo "Búho Real" : Ana Gjurinovich




24.12.16

BIENVENIDO INVIERNO


Sinceramente pienso que el invierno está subestimado.

Cuando llegan los albores de la primavera con su calidez y la radiación del verano con su jolgorio todos explosionamos y nos llenamos de vida,
pero cuando llega el invierno nos apagamos como el final de una vela,
se nos descuelga el rictus,
se nos cierran los poros
y se nos escapan los suspiros por la larga espera de la estación estival jaranera.

Sin embargo creo que el invierno es la estación que más luz trae a nuestras vidas.
Porque entra un veintiuno de diciembre vestido de una emoción que mueve castillos: la ilusión.

La ilusión que baila en dos bombos al son del choque de miles de bolitas juguetonas.
Esas gigantes maracas que son el sonajero de la orquesta de nuestras expectativas
y de las cuales – por un túnel dorado- llega el invierno como un fantasma bueno
disfrazado de bolita.

Esa diminuta esfera que -con un número- te libera de la cadena de la hipoteca,
te lleva en volandas a esa playa virgen o ese crucero por lagos de ensueño,
te proporciona esa ayuda que les ofreces a tus hijos en paro,
te regala la llave de ese pequeño negocio que será el principio de tu autonomía
o te entrega dos enormes sacos de cemento para tapar esos malditos agujeros para siempre.

Si la varita de la suerte te toca a ti junto a miles de personas distintas a la vez,
entonces todo es una algarabía de colores y calores.
El invierno ya no es frío.
Pero si la suerte te ha ignorado otra vez -como todos los años-
aún se te humedecen los ojos cuando ves la felicidad en esos otros rostros
y es este el día en que más valoras lo que tienes.

Cuando todo el bullicio desaparece y te levantas a la mañana siguiente,
bajas a comprar el pan a tu panadería de siempre
y con la barra recibes una sonrisa y un “Felices Fiestas”.
Entras en la farmacia para recoger tus pastillas de siempre
y el farmacéutico te las entrega con una sonrisa y un “Feliz Navidad”.
Vas a la carnicería y con las alitas de pollo
el carnicero te regala una sonrisa y un “Felicidades”.
El tintineo de tu móvil es un no parar de buenos deseos
todo el tiempo.

El frío polar no se nota entonces y la lluvia es imperceptible
porque te das cuenta
de que nunca tanta gente a la vez había deseado que fueras feliz,
así, porque sí.
Te entran ganas de ser feliz
así, porque sí.

¿ Cómo no vamos a querer al invierno?
No ha hecho nada más que llegar y nos trae de vuelta a casa a los parientes lejanos,
llena los rincones y plazas de nuestras ciudades de luces de colores,
transporta sus copos de nieve mecidos al compás de villancicos,
adorna los salones de nuestras casas y llena las mesas de ricos dulces y viandas,
enternece corazones helados y despierta emociones dormidas.

El invierno es un mago barbudo de túnica blanca y capa dorada
que no quiere estar solo,
que quiere ser amado y abrazado
y para ello
nos pellizca en la mejilla cariñoso
y nos entrega en un enorme paquete rojo
la Navidad.

FELIZ NAVIDAD
Y QUE EL INVIERNO TE ABRIGUE
CON TODAS LAS EMOCIONES BUENAS.




5.12.16

¡CÓMO LLUEVE!

“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.

Es curiosa esa comparación entre la locura y la regadera.

Un recipiente inocente y discreto en el jardín,
esperando que una mano lo ice suavemente
y lo pasee entre planta y planta desparramando el agua fresca dadora de vida.

No tiene sentido.

Entonces lo busco
y cuando los orígenes de la comparación son varios
me decanto por el que me parece más atractivo:

Es Pancracio Celdrán el que nos cuenta que la frase pudo nacer
a raíz del estreno de una obra que causaba furor en su época:
En 1907 la cupletista Julia Fons estrenó “El Vals de la regadera” en el Teatro Eslava de Madrid,
una pieza procedente de la zarzuela “La alegre trompetería” en donde se decía
con cierta picardía subida de tono:

“Tengo un jardín en mi casa
que es la mar de rebonito;
pero no hay quien me lo riegue
y lo tengo muy sequito.
Al levantar y acostarme
lleno de agua la regadera,
y con las faldas muy recogidas
lo voy regando de esta manera”...

Cuando la cupletista hacía ademán de regar con la regadera, el público enloquecía y hacía gestos destemplados conforme Julita Fons iba insinuándose más y más, de modo que en aquellos años
primeros del siglo XX se decía que estaba como una regadera
la persona que pierde el control y gobierno de su persona.



Ya sé que me pierdo por los Cerros de Úbeda
con una facilidad pasmosa
(como Álvar Fañez en la contienda de cristianos y almohades).
Todo para decir que el tiempo es un señor enchaquetado y con bigote
que no está muy en sus cabales,
que enloquece y nos envía treinta grados en noviembre,
que nos hace un gesto destemplado y nos deja caer en la sesera
trombas de agua que desbordan ríos y causan inundaciones imposibles,
que pierde el control y nos lanza trompos de tornados que arrasan ciudades,
que no sabe gobernarse y deja nuestros campos áridos durante meses.

Y es que todos somos la cupletista Julita Fons desquiciando al clima:

“No puedo reciclar, no tengo sitio en la casa para tanto bidón”
“yo es que el coche lo necesito para todo”
“talaremos algunos árboles, pero esa carretera es necesaria”
“¿y si hacemos una fogata para asar los chorizos?”
“ahora no podemos permitirnos reformar la fábrica”
“Ya se nos ha encallado otro petrolero cerca de la costa”

Y así vamos cada uno cantando un cuplé,
paseándonos por el mundo con nuestra picardía
y subiendo poco a poco la líbido del entorno.
No es extraño que el tiempo se excite,
no sepa cómo entrarnos
y pierda su control y su gobierno.

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“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.
Y es que no hacemos otra cosa que subirnos la falda
y enseñarle las canillas.


26.11.16

LA INDECISIÓN

Porque todo acaba agotando, hasta teñirse el pelo,
es por lo que me estaba planteando dejarme las canas.

Eso implica toda una parafernalia:
Pasar de largo por la puerta de la peluquería
fingiendo llegar tarde a algún sitio
o mirando a la acera opuesta simulando que algo me llama la atención.
Recoger el cabello con una pinza antes de levantar el trasero de la cama,
para no tener que verlo suelto en el espejo
y ser cómplice de los evidentes cambios de tonalidad.
Trabajar como una descosida para no encontrar ni un minuto de asueto
que incite a salir en busca de un nuevo look.
Todo un sacrificio.

Cuando se lo comenté a una amiga casi se tuesta del susto.
Sus ojos quedaron petrificados
como las brillantes canicas con las que jugaban mi hermano y sus amiguetes en el patio del colegio.
“Estupendo, cada cual debe actuar según sus principios” -decía-
pero sus ojos de cristal le delataban.

No sé,
igual es una locura y divago etérea en el limbo que se crea
entre la realidad de recobrar lo que queda de mí debajo de unas mechas 'cool'
y la ficción de seguir siendo una cuqui madurita.

Reconozco que un poco de miedo sí que da,
pero lo supera la curiosidad de reconocer mi verdadero pelo
debajo de infinitas capas de tonalidades distintas,
todas adaptadas a un estado de ánimo diferente:

Ahora un castaño oscuro para parecerme a mí misma
“¿mande?”-diría una abuela de antes-
“que no soy yo, abuela, pero como si lo fuera, para que no se note”
“¡Aah!”

Ahora unas mechas claras -sin pasarse- para rejuvenecer las expresiones,
porque se va amargando el rictus de tantos avatares de la vida.

Ahora un rubio dorado en las puntas por lo de las californianas
-no se nos vayan a adelantar ellas- y después digan que no nos movemos.

Ahora un castaño caoba cobrizo, que el cuerpo pide aparentar autoridad,
porque esos reflejos rojizos sí que imponen
y no los rubios perlados de las acaparadoras jovencitas.

En fin,
así procedía mi abrumador debate interno,
entre volver a ser yo de nuevo después de tantos años,
volver a saludarme en la desnudez de mis hilos de plata
y ser valiente para desechar los artificios,
o seguir envuelta en esa espiral de emociones que someten a los cabellos,
a la tortura de pasearse por toda la paleta de colores que inventan los estilistas.

De repente, se produjo el milagro...

Twitter acaba de lanzar el hashtag #grannyhair
para dar cobertura a la magnífica tendencia 'silver'.

¿Qué te parece?
Ahora mujeres de todas las edades llevan el pelo cano y están guapísimas.

Se me queda cara de gilipollas.

Definitivamente no sé si era antes cuando no tenía personalidad o es ahora
o nunca la he tenido,
-el súmmun de la indecisión-
porque acabo de decidir que voy a dejarme las canas
y que ya no me da miedo.


19.11.16

ODA A ESTA LUNA

Me miras generosa con tu rostro de nácar congelado en el espacio.
Todos creen que te contemplan.
Ilusos.
Eres tú la que nos escudriñas cada noche
silenciosa y enigmática
desde tu oscuro trono.

Como la Virgen velada de Strazza,
me embriagas con tu belleza misteriosa,
y -como ella-
cada vez más confundida,
suspiras melancólica por este mundo herido.

Tu piel me hipnotiza y enamora
y todo desaparece a mi alrededor cuando te observo.

Lánzame el rayo de Bécquer,
ahora que estamos comulgando solas,
déjame tocarlo con las yemas de mis dedos
e inúndame de esa luz que te desborda.

Quiero -como tú- sentirme plena
rebosante de energía
y compartirla después -como tú-
gratuítamente.

No hay oquedad en tus entrañas que me sea indiferente.
¡Oh! luna de noviembre fugaz y extraordinaria,
eres mi luna.

Sentada esperaré a que regreses, así pasen mil años,
me has llenado de vida.
Ya seré eterna.




13.11.16

EL SACRO BALANCEO


Ayer fui a comprar rabo de toro -o de lo que se tercie- a una carnicería cercana a casa.
Me encanta preparar ese estofado porque me acerca a las ventas de mis pueblos blancos,
a los mediodías de los domingos luminosos de invierno,
a los paseos por las callejuelas empinadas y silenciosas,
al brillo del sol en las paredes encaladas,
al vino dulzón compartido con amigos en las tascas eternas de ancianos aldeanos,
al olor de los bizcochos frente a artesanos obradores al caer la tarde
cuando el fresco aparece y la humedad comienza a sentarse en los bancos de la plaza mayor,
al olor de la leña de las primeras chimeneas encendidas al oscurecer el día.

Disfrutamos como monos comiendo rabo de toro en el salón de mi casa,
saboreando esa carne tierna que se desvanece -como agua, dicen las abuelas-,
pinchando esas orondas patatas fritas que se revuelcan en la salsa como cerditos disfrutando en el barro, construyendo barquitos con trozos de pan cateto para absorber hasta la última huella del aceite de oliva aromatizado, y chupeteando los dedos grasientos con avidez.
Porque si el pollo puede comerse con los dedos -el pollo desgrasado y dietético, como bolas de plastilina- cómo no vamos a comer la carne de rabo, con esa gelatina que nos sella los labios.
Mientras hablamos de nuestras cosas degustamos ese manjar y yo viajo a las tradiciones de mis ancestros, a la herencia de mi abuela y bisabuelas cocineras.
No me importa saltarme por un día la dieta,
a sabiendas de que los doctores prohíben esos platos para caderas anchas como las mías,
pero ¡qué recórcholis! Que me quiten lo bailao, que nunca sabré si mañana lo podré bailar.


Y en todo esto voy pensando cuando cruzo la puerta de la carnicería y vuelvo lentamente a casa.
Todavía estoy dudando de si esta vez le voy a poner zanahorias o no al guiso
cuando levanto la mirada y observo a una señora que camina despacio delante de mí.

Una señora rondando ochenta años que se desplaza
con un balanceo monótono a cada paso.
Un movimiento similar a decenas de mujeres de esa edad.
Un movimiento muy conocido
de otras muchas mujeres de mi vida.
Y -aunque camino con lentitud- aminoro aún más mi paso
y la sigo silenciosamente como en una procesión.

Por algún motivo no quiero adelantarla,
siento que cada una de sus penosas pisadas
ha sido un golpe en la vida.
Esas rodillas que apenas soportan el peso
que crujen con cada movimiento
comportan un ¡Ay! apagado que esa mujer se va tragando.

Cada centímetro de esos huesos desgastados son años,
son esfuerzos y sacrificios.
Son esperarte al mediodía con la sopa caliente en la mesa,
son ahorrar en otras cosas para que te compres ropa nueva,
son permanecer despierta hasta que aparezcas sano y salvo de madrugada,
son calentar una taza de leche y arroparte con cada gripe
y suspirar hasta que pasa la fiebre,
son desvivirse para que tengas la mejor boda,
son cuidar de tus hijos mientras trabajas
y morderse la lengua cuando ya no puede corregirte.
Son sufrir tus sufrimientos sin inmutarse.

La sigo como siguen los penitentes a la Virgen de los Dolores
cuando los costaleros la mecen bajando la calle San Francisco,
con el mismo sagrado respeto
con la misma devoción.

Porque también he conocido ese balanceo en mis entrañas
que en cada ida y venida
golpea el corazón como una pesada aldaba,
como el martillo con el que el capataz avisa a los cargadores
de que hay levantar de nuevo la carga del paso
de que hay que seguir adelante,
y no es necesario que recuerde cómo ha de hacerse
porque el costalero sabe que lo hace con todo el amor.

Porque no hay otra forma más digna de llegar al final.






3.11.16

UNA DE ACEITUNAS, POR FAVOR.

Esta costumbre tan nuestra de tapear a mí me parece que es toda una gozada.

Son múltiples las versiones sobre su origen pero yo me voy a quedar con la que me toca
de cerca, con la de los que aseguran que surgió a raíz de una anécdota protagonizada
por Alfonso XIII en su visita a Cádiz.
Antes de regresar a palacio, el monarca se detuvo en el Ventorrillo del Chato, 
venta que aún existe en la playa que lleva su nombre, entre Cádiz y San Fernando.

Alfonso XIII pidió una copa de vino de Jerez, pero no se percató de que un remolino de viento que 
se coló en el local amenazaba con llenar de arena de playa el catavinos real.
Para evitarlo, un avispado camarero se precipitó a cubrirlo con una loncha de jamón.

Cuando el rey fue a dar un sorbo, preguntó con sorpresa: "¿Qué es esto?". El mozo le contestó:
"Perdone mi atrevimiento Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en la copa".
Alfonso XIII se comió la loncha de jamón y requirió que se le sirviera otro Jerez, pero 
"con otra tapa igual". Todos los presentes rieron el ingenio real y emularon al rey pidiendo lo mismo.

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Tapear es como abrir la caja de bombones de Forrest Gump.
Entro en el bar con mi acompañante y recorro la barra con mirada de forajido,
en realidad estoy cruzando los dedos dentro de los bolsillos del abrigo
para que aparezca un hueco suficiente para dos,
una esquina incómoda o no, pero con dos buenos taburetes,
o una mesita libre en ese acogedor rincón,
aunque esté llena de migas de pan y gotas de cerveza.

Lo suyo es encontrar el sitio, tomar posesión del terreno.
Una vez logrado este objetivo, el modus operandi del tapeo no tiene reglas,
cada cual impone las suyas, como en el lejano Oeste.

Entonces, en ese intervalo en el que espero hambrienta,
el camarero viene y antes de preguntar qué me apetece
me planta delante un platito de aceitunas aliñadas,
para marcharse de nuevo a por su libreta de notas.

Tengo la manía de ver mundos dentro de otros mundos.
Por eso, mientras mi acompañante decide qué tema de conversación va a iniciar,
u observa detenidamente el ambiente del lugar,
o se queda unos minutos enganchado a la pantalla que está colgada en la pared
hipnotizado por la falta en la zona del área que va a lanzar Ronaldo,
yo me quedo colgada de ese plato de aceitunas tan variopinto:
ese juego de colores otoñales que, con tanto tacto,
mezcla los diferentes tonos de verdes y negros 
de las aceitunas hojiblanca, picual o verdial,
los rojizos del pimiento y la naranja agria,
los aromas del hinojo, el tomillo y el orégano
y la suave transparencia del ajo y la cebolla.

Comienzo el picoteo
y descubro todo un compendio de sabores entrelazados que estallan en la boca,
como ágiles acróbatas que quisieran sorprenderme con cada pirueta.

Las aceitunas son las estrellas del espectáculo, el soporte de la actuación,
porque se entienden a las mil maravillas, aun siendo tan distintas.
Se complementan y dejan que el resto de los ingredientes 
aporten su estilo y su conocimiento para completar la tapa.
La salmuera los abraza como una madre, los mantiene unidos, les hace fraternizar, los sintoniza.

Sin darme cuenta y en unos minutos,
he quedado saciada por ese aperitivo -a priori- insignificante,
y ya no es tanta la urgencia de comer otras cosas.

Pero de repente, veo en esa potente y enérgica picual, a la serena asertividad,
en la agradable hojiblanca, la necesaria comunicación,
en la dulce verdial, la apreciada simpatía,
en la recia naranja agria, el arduo autocontrol,
en el trío de ases de las hierbas, la inestimable cooperación,
en los inseparables ajo y cebolla, la solicitada empatía,
y en la fraternal salmuera, el inevitable apego.

Y descubro que a veces nos parece que tener habilidades sociales no significa nada.

Que podemos dejarnos arrastrar por los deseos de los otros,
al contrario que la picual,
que podemos escondernos en nuestro búnker y tragarnos los pensamientos,
al contrario que la hojiblanca,
o que podemos tratar a los otros con la punta del pie y pisarlos si nos apetece,
al contrario que la verdial,
que podemos decir todo lo que pensamos sin tener que medir nuestras palabras,
al contrario que la naranja,
que podemos hacerlo todo solos, sin solicitar nada a nadie,
al contrario que las hierbas,
que podemos ignorar el sufrimiento de otros, que no nos atañe,
al contrario que el ajo y la cebolla,
o que podemos vivir eternamente como islas,
al contrario que la salmuera.

Entonces me doy cuenta de que he aprendido mucho con mi tapa de aceitunas.

Cuando saboreamos la verdadera esencia de las habilidades sociales
el camino por andar es más sencillo,
porque ya no estamos solos,
porque el hambre desaparece.






22.10.16

LA MALDICIÓN DE LAS CARIÁTIDES


Según el arquitecto y escritor Marco Vitruvio en su tratado sobre arquitectura,
cuenta la historia que la ciudad griega de Caria se alió con los Persas durante las Guerras Médicas para conspirar contra los griegos. Cuando éstos vencieron a su enemigo tras la batalla, castigaron al pueblo Caria arrasándolo, matando a todos sus habitantes y vendiendo como esclavas a sus mujeres.

Para que el mundo no olvidase este episodio de la historia,
construyeron un pórtico en el ala sur del templo de Erecteión, dentro de la Acrópolis de Atenas.
En ese pórtico seis figuras femeninas esculpidas en mármol,
vestidas con la túnica drapeada de la época,
soportaban eternamente sobre sus cabezas el peso del templo
como expiación por la traición cometida por su pueblo.

Tal es la importancia de las cicatrices que la memoria deja en la carga genética del ser humano,
que en este siglo XXI, siglo de digitalización y entornos virtuales, siglo de interconexión global y siglo de exploraciones al planeta Marte, todavía hay millones de Cariátides explotadas, esclavizadas, maltratadas, asesinadas y soportando la carga de todos los males del planeta.

Y me pregunto yo,
¿cuándo estimarán los dioses que ha quedado saldada la cuenta pendiente de los traidores?
¿cuándo dejarán de ser las mujeres los chivos expiatorios de la maldad de la humanidad?
¿cuándo podrán ser todas dueñas de sus cuerpos y sus mentes?
¿ cuándo podrán caminar por las calles sin miedo a ser secuestradas o violadas?
¿cuándo podrán ser consideradas como seres humanos y no como un juguete en manos desalmadas?
¿cuándo podrán decidir cómo vivir sus vidas sin ser ignoradas, apaleadas u ocultadas?
¿cuándo podrán dejar de asumir las cargas que no saben o no quieren llevar los otros?
Y sobre todo
¿cuándo podremos las mujeres dejar de hacernos todas estas preguntas,
 hasta hoy sin respuesta?

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Actualmente hay cinco Cariátides originales custodiadas en el Museo de la Acrópolis de Atenas.
Están en su tierra.
Allí permanecen expuestas al público, a manos de restauradores y vigilantes de la historia,
están a buen recaudo y protegidas,
pero están solas y tristes.
Porque hay una Cariátide secuestrada en el Museo Británico de Londres.
Se la llevaron por orden de Lord Elgin en el siglo XIX y nunca más la devolvieron.

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Cuenta la leyenda que una noche sin luna,
trabajadores subieron a la roca de la Acrópolis equipados con picos y martillos
con la intención de extraer del Erectión las cinco Cariátides restantes.
Cuando se encontraban a escasos metros del templo,
comenzaron a escuchar gritos aterradores y desgarrados lamentos en medio de la oscuridad.
Al comprobar que quienes lloraban y gritaban eran las cinco Cariátides pidiendo el regreso de la hermana secuestrada, arrojaron al suelo sus herramientas y huyeron despavoridos del lugar.
Cuentan que todavía hoy, en las noches sin luna, el viento que desciende desde la Acrópolis expande sobre la ciudad de Atenas el triste rumor de un profundo lamento.
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Muchas somos las Cariátides de Atenas,
nos han restaurado a la vida, nos han dado nuestro lugar en el mundo,
nos han devuelto la dignidad perdida.
Pero no podemos dejar de extender nuestra voz y nuestra lucha porque hay otras hermanas en muchos lugares del mundo secuestradas, atormentadas y soportando ellas solas toda la carga.

Tenemos que gritar bien fuerte,
sólo así huirán los desalmados.








14.10.16

LA TELA DE ARAÑA



El portazo de las ocho menos cuarto deja tal reverberación en el aire,
que a Julián y Andrea les parece que el humo tenue que emerge de sus tazas de café
se dispersa por un segundo.
Después de esa leve distracción elevan sus ojos de nuevo,
para encontrar cada uno la mirada del otro frente a frente.
Son miradas apagadas, sin vida, a pesar de ser el comienzo de un nuevo día.

Julián y Andrea llevan muchos años mirándose y han experimentado la evolución hasta el declive de aquellas alegres expresiones que les llevaron a enamorarse.
Ya han discutido demasiado. Por eso ya no hablan.
Cuando Julián alza su rostro intenta encontrar en el de Andrea las respuestas a tantas incógnitas,
a tantas preguntas sin respuestas, porque Julián no entiende nada.
Cuando Andrea mira de soslayo a Julián, se le ocurren varios motivos por los que Pedro es como es. Pero no dice nada, porque tampoco está segura de que no sea ella la culpable.
Tan solo desayunan en silencio, como si estuvieran rezando.
Igual lo están, pero tampoco eso quieren demostrarlo.
Y si lo hacen, es sobre todo para no recibir otra llamada del instituto,
para tener una mañana en paz,
para que -por un día- puedan llevar una vida normal,
como tantas otras familias.

Y en ese silencio sepulcral de la cocina,
Andrea revive el dolor punzante en su pezón,
 de la primera vez que Pedro mamó de su pecho en aquella amarillenta habitación del hospital.
Aquella bolita de arcilla, tierna e indefensa en sus manos inexpertas.
Todo era ilusión, la vida era un gran proyecto.
Como si se comunicaran telepáticamente,
Julián rememora aquel instante a la entrada de la guardería
esperando a que la profesora apareciera con el pequeño de la mano,
su carita sonrosada, sus cabellos alborotados por los saltos en el patio
y sus manitas con restos de pinturas de la manualidad
que secretamente preparaba para el día del padre.

Julián y Andrea buscan y rebuscan en cada resquicio de esos recuerdos
para encontrar el motivo de tanto desasosiego,
como el campesino que encuentra un cordero desvalido,
aprisionado en una maraña de espinos
y lucha inútilmente por salvarlo.

Pedro pasó de cordero a lobo en un abrir y cerrar de ojos.

Aquel bocadillo robado en el recreo la primera vez fue una reprimenda,
un “¿por qué has hecho eso?” sin respuesta.
Un “no lo vuelvas a hacer más” sin consecuencias.
Sin hablar del valor de lo ajeno.

Aquel empujón que tiró al suelo a aquel chiquillo tímido
fue una tarde encerrado en su cuarto,
“sin ordenador”
sin una reflexión común sobre la indefensión, sin más explicaciones.

Aquella contestación mal sonante y fuera de tono al profesor delante de los compañeros,
supuso un día sin móvil -porque eso ya duele mucho-
sin una breve meditación sobre el sentido del respeto.

Aquel acoso en grupo al compañero diferente
dejó a Julián y Andrea desarmados
porque para entonces
ni se les pasó por la mente hablar de tolerancia.

Pedro ya se les había escapado de las manos.

Julián y Andrea convivían exaltados, pero todavía se hablaban,
aunque solo fuese a gritos.
Sus conversaciones no eran sino un ir y venir de acusaciones,
un “tú no le dices nada”.. un “tú lo malcrías..”
un “tú me quitas la autoridad..” un “tú te desentiendes”...
y en ese fuego cruzado Pedro huía a la calle con los colegas a cualquier hora,
para llegar tarde y extrañamente adormecido,
desafiaba los castigos estériles,
apuntaba con el dedo amenazante a la cabeza de la vencida Andrea cuando Julián se ausentaba, guardaba billetes pequeños dentro de libros polvorientos.

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Julián observa inerte el café y quiere ahogarse en él.
Andrea se traga su miedo con el último sorbo.
Hay que seguir resistiendo.
Los cómos y porqués de sus destinos viven con ellos,
como los hilos de una enorme tela de araña
tejidos por las habitaciones de la casa,
de los que no pueden escapar.

Tras el desayuno, Julián y Andrea se observan por última vez
con una mirada moribunda,
porque el “¿qué hacemos?'” es un araña perversa
que les devora lentamente.



3.10.16

NUDOS DE SANGRE


Los pescadores deportivos utilizan el nudo de sangre
por su impresionante resistencia para unir dos líneas de sedal.

Líneas parecidas, cercanas entre sí, aunque no iguales,
que se van entrelazando poco a poco,
enrollándose una en la otra como sinuosas serpientes.

Después de cinco o seis vueltas, sus cabezas
-introducidas meticulosamente por los dedos del pescador en el orificio central-
se separan en direcciones opuestas.
Se diría que se alejan,
que cada una toma un camino distinto,
que se despiden.
Pero el tiempo que han pasado envolviéndose cuidadosamente no ha transcurrido en balde,
porque cuando cada una toma la vía opuesta a la otra,
cuando creen que ya no se van a volver a cruzar,
el pescador tira con firmeza de ambos extremos
y sus cuerpos se unen formando un diminuto barrilete,
quedando enlazadas para siempre.

Su fortaleza entonces es tal, que el pescador ya no duda en lanzar el sedal al mar
por muy potente que sea la presa,
porque sabe que no le defraudará,
que ese hilo es irrompible,
que se han unido sus fuerzas,
que ya no son dos, sino una e invencible.

Un nudo que une aparejos, empalma bajos, une la línea del carrete después de tener que cortar la línea madre por un enganche o por cualquier otro motivo.
No en vano recibe el nombre de nudo de sangre, porque imita a la misma.

Ese líquido bermellón, que una vez cortada la línea madre,
 sigue correteando despreocupado por las calles sinuosas de los diversos cuerpos,
 que -sin saberlo- se entremezcla,
se desplaza proporcionando vidas diferentes.
Vidas que parecen ajenas entre sí, dispersas, paralelas.
Sin darnos cuenta esa sangre va enlazando los destinos que se buscan,
que se llaman y necesitan.

Y cuando creemos que ya somos muchos y dispares, de repente,
los genes tiran de los extremos y se crea el nudo.

Ese barril de emociones, esa conexión infinita de glóbulos rojos y blancos,
ese sentir lo que siente el otro, ese pensar lo que piensa el otro, ese comprender cómo es el otro, aunque sea distinto.
Un nudo de sangre inquebrantable.

Así son los hermanos.

Si miras en derredor y no lo ves así, aguarda..
tus genes perezosos aún están aletargados.
El día que menos lo esperes despertarán,
tirarán de los lejanos extremos
y entonces

se creará tu nudo.







22.9.16

CUANDO MUEREN LOS GRILLOS


Cuando mueren los grillos se calman las pasiones.

El grillo -como el hombre- nace con los primeros calores del verano.
Todo es entonces un ajetreo de sensaciones.
Emerge de los lugares recónditos y oscuros de la tierra
donde la ninfa ha esperado pacientemente a que la oscuridad desaparezca.

Cuando el fuego del verano abrasa, el grillo corretea por el mundo
en una sucesión interminable de saltos compulsivos
De aquí para allá
de allá para aquí,
aprovechando cada ráfaga de calor
cada instante de libertad, en toda su plenitud,
gozando del apareamiento que perpetúa su especie.

Así el hombre se comporta como el grillo,
se desplaza convulsivamente,
se abandona a las bochornosas temperaturas,
se libera de atuendos y de cadenas, primitivo,
entregándose a amores efímeros.

La vida se divide entonces en dos vidas,
la que toca vivir y la que el hombre se emperra en vivir
a pesar de lo que cueste.

En esos meses el grillo estridula sin cesar solicitando a su amada.
Así nosotros frotamos nuestras manos en busca de la plenitud del gozo.

El soplo del último aliento de este bruno insecto,
se mezcla con la brisa que se cuela por las rendijas de los ventanales
justo en el momento en que el equinoccio de septiembre acontece,
como un sortilegio de los astros.

En el momento exacto en que la noche deja de envidiar al día
al repartirse ambos por igual las horas y minutos,
se produce el esperado encantamiento
y entonces, entre la bruma de la magia,
tiras suavemente de la sábana -aún dormido-
porque tus poros se estremecen y contraen.

La mañana es limpia y agradeces pasear cortando el aire fresco,
o quizá despiertas rodeado de enigmáticas neblinas.

El grillo se despide de su vida arrastrando en su agonía los excesos estivales de los hombres,
y llega una paz anhelada, una quietud certera, una calma chicha que serena.


Porque cuando mueren los grillos nace el otoño.



18.9.16

SIN PALABRAS


Me fascina escribir.

Me gusta jugar con las palabras, escudriñarlas, encontrar la justa y necesaria para expresar lo que siento o lo que pienso. Me gusta manosearlas, quebrarlas, vestirlas de gala o llevarlas a los arrabales del lenguaje. Flirteo con ellas, las disfrazo, las hago danzar en coreografías de ensueño para embelesar con el espectáculo de su belleza. Todo para que el lector comprenda lo que intento decir, sienta lo que siento o simplemente viaje por mundos imaginarios.
Yo, que las siento a mi mesa y convivo con ellas, que les hago realizar piruetas malabares para alcanzar un “tachán” sublime...me he quedado muda.

En este caluroso mes de septiembre, sentada en el sofá de mi casa absorta ante la televisión,
en más de una ocasión perdí la voz.
Las palabras, se quedaban en mi garganta esperando en fila a que les llegara su turno, como las bailarinas coquetas y nerviosas ataviadas con sus tutús, impacientes tras las bambalinas, esperando a salir al escenario en petits jetés.
Pero no salían porque no era su turno, porque no tocaba, porque no podían.

He sido solo una muñeca de trapo de ojos saltones observando a esos grandes deportistas que han luchado durante años para competir y representar a su pueblo en las paralimpiadas.

Nadadores sin brazos llegando a meta con el impulso de sus cuerpos,
un ciclista corriendo como el viento sobre su bicicleta, solo con el brazo y la pierna derechos,
como si un gigante de cuento le hubiese golpeado con su hacha para partirle en dos,
un ciclista con más de veinte medallas.
Un futbolista ciego arrancando desde la banda, caracoleando entre cuatro defensas y lanzando el balón hasta empotrarlo en el fondo de las mallas, tan solo guiado por el sonido de unos cascabeles. 
Una tenista de mesa con malformación ósea, lanzándose al suelo y salvando una pelota para conseguir un punto imposible, mientras su rival la mira atónita.

Correr sin piernas,
nadar sin brazos,
piernas que son brazos,
sillas que son piernas,
cascabeles que son ojos.

Ya no podía hablar.

“Nada es imposible si se trabaja duro”
es todo lo que dice un tenista de mesa japonés,
que al carecer de brazos,
mueve la raqueta con su boca.

¡Qué pequeña me he sentido
y qué abrumada ante tanta grandeza,
qué débil ante tanta fortaleza
y qué cobarde ante tanta valentía!.

He sentido por ellos admiración y un respeto sacro, un orgullo hermano de estos luchadores,
que se dirigen a nuestros fascinados ojos para decir que se puede cambiar el mundo,
que se pueden superar obstáculos, que siempre se puede ganar y que las metas están ahí mismo.

“Lo que nos define a cada uno es cómo nos levantamos después de cada caída”
dijo Márcia, tras caer al suelo mientras portaba la antorcha olímpica.
Toda una sentencia y un ejemplo.
Levantarse de aquella caída al suelo bajo la lluvia y delante del mundo entero
es para mí el símbolo de la fortaleza humana
y la gran ovación del público presente,
la recompensa de toda lucha.

Les llaman discapacitados.
No puedo entenderlo ni explicarlo.

No tengo palabras.






17.9.16

EL PODER DE LAS EMOCIONES


La vida que nos ha tocado vivir es muy puñetera.
La exigencia a las que nos somete la sociedad y por ende, nosotros mismos, que vivimos en ella,
es inversamente proporcional a la capacidad de resistencia de nuestro cuerpo.
Llega un momento en nuestra vida, en que hasta los más moderados e indolentes pierden el norte.

Nos movemos dando palos de ciego, empujados por horarios imposibles, por imposiciones laborales injustas, por demanda de los hijos -que a su vez, caminan abducidos por el ansia de consumo como pavos sin cabeza- por la competitividad enraizada en la sociedad que -como el péndulo de Poe- nos amenaza y nos agota.

Todas esas circunstancias que nos rodean se transforman en emociones 
y como no sabemos dónde colocarlas, se las endosamos a nuestro cuerpo
Tan común nos parece, que hasta le hemos hecho un hueco en la palabra:
“No se cómo expresarlo, tengo un nudo en la garganta”
“ Lo que me ha dicho me ha dado dos patadas”
“Se me sale el corazón por la boca”
“Me quema la sangre su actitud”
“Ha tenido un ataque de cólera”
“Se me revuelve el estómago”
“Me tiemblan las piernas”
“Tiene sangre fría”

Y somos tan ilusos que pretendemos que toda esa carga la soporte con éxito 
este saco de masa y huesos que somos.

Llega un momento en el que el cuerpo está exhausto, en que ya no puede soportar más,
 y nos mira con la cara de gatito de Shrek, pero le ignoramos.
Luego nos da una palmadita en el hombro para solicitar nuestra atención 
pero estamos demasiado ocupados para percibirla. 
Entonces, cuando ya no puede más, se deja de milongas y nos da un leñazo.
No entendemos nada. 

Nos da un leñazo precisamente en aquella emoción que no hemos sabido gestionar:
en aquella responsabilidad excesiva, 
en aquella impotencia, 
en aquella presión, 
en aquellos celos,
en aquella rabia, 
en aquel miedo, 
en esa pena. 
No es el cuerpo el que se queja, es el alma.

Pero ¿cómo curarnos entonces?
Tomar una pastilla es rápido y lo hacemos para seguir corriendo como el atleta que aminora la marcha sólo para recibir el testigo -sin mirar – y salir disparado hacia la meta.
Como locos conejos blancos de Alicia: "Llego tarde, llego tarde a una cita muy importante. No hay tiempo para decir "Hola, Adiós". Llego tarde, llego tarde, llego tarde."

Pero a lo que llegamos tarde es a la vida.

El alma solo se cura tirando con fuerza de las riendas y haciendo parar a ese potro desbocado en el que nos hemos convertido. Parar de verdad y que sigan corriendo los otros si quieren.
Tomándonos nuestro tiempo entre las prisas, diciendo "No", compartiendo nuestros desasosiegos con los otros, expresándonos de cualquier manera, hablando y sobre todo..
aceptando que hemos caído.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen.

No hay peor muerto que el que no quiere vivir.



4.9.16

LOS SUEÑOS, CINE SON.


Tengo vocación de Cecilia.
Pero no es precisamente en el tedio de la vida en lo que me parezco a la chica triste de Woody en La rosa púrpura de El Cairo. Nuestra similitud radica en la pasión por las historias que se esconden detrás de una gran pantalla, y por el poder que esas historias pueden llegar a alcanzar cuando nos abandonamos en el cómodo asiento de la sala oscura, sin más diálogo que el que entablamos los infinitos personajes y nosotras.

Ir al cine es a leer, como viajar en avión es a viajar en autobús.
 Te desplazas igual, pero en el cine recorres el mundo o incluso galaxias, vives una vida entera, mueres, resucitas, o ves hacer todas esas cosas a cientos de personajes o seres fantásticos diferentes en tan solo dos horas.
Pagas tu entrada, tomas asiento y cuando las luces se apagan, comienza la aventura.
Simplemente el sonido que envuelve el ambiente ya estremece.
Y -como Cecilia- dejas que esos personajes salgan de la pantalla y se apoderen de tu vida durante ciento veinte minutos.

Dejas que esos espíritus y asesinos en serie ericen tus cabellos, te hagan escurrirte lentamente como si quisieras esconderte debajo del asiento o te hagan aferrar el brazo de tu acompañante -que por cierto, está haciendo lo mismo que tú- hasta que sueltas el grito de tu vida; ese que quisieras dar muchas veces en la cara de tu jefe, o el que soltarías más de una vez en la cocina mientras friegas los platos.
Y te quedas nueva, esperando el siguiente susto, porque sabes que esos sobresaltos no salen de esa sala, a no ser que la vida te trate tan bien que quieras llevártelos a casa para distraerte.

Dejas que esos superhéroes te alcen en brazos, salgan volando sobre las cabezas de los cinéfilos atónitos y te salven del incendio de ese colosal edificio, porque ya te quemas y consumes bastante en tu día a día y, a menudo, no hay nadie cerca que pueda liberarte de las llamas.

Dejas que esos personajes desvalidos te hagan partícipe de sus infortunios, les escuchas y te solidarizas con ellos, compartes sus cuitas y procuras que no se note mucho que resbalan algunas lágrimas por tus mejillas, por eso le das algún sorbo a la Coca Cola de vez en cuando.
Porque, por una vez, no eres tú quien va buscando un alma caritativa que le comprenda y apoye.

Dejas que esos personajes con agallas agujereen la pantalla a tiro limpio, o se dejen la piel en los juicios para resolver entuertos y que te pidan que testifiques, a ti, que lo has visto todo, para ayudar a restaurar el orden general de las cosas impartiendo justicia: los malos pagan y los buenos ganan; porque son muchas las veces que se te encoge el alma de puro pesar, o sientes que las tripas se te retuercen de impotencia cuando escuchas las noticias y ves tanto malnacido impune.

Dejas  que esos pensadores se acerquen a cuestionarte cosas en las que no habías reparado, a hacerte preguntas, a debatir contigo e incluso, a veces, te piden que actúes, que des un paso importante, porque apenas nadie te pregunta qué es lo que quieres o lo que necesitas.
Tienes la posibilidad de cambiar las cosas, pero estás tan absorto en tu rutina, 
que no te das cuenta de que tienes ese poder.

Dejas que esos cómicos salgan de la pantalla, como el entrañable Tom de Woody, caminen hasta tu fila, se hagan paso entre los asientos hasta llegar a tu lado para contarte un chiste, gastarte bromas y , si es preciso, hacerte cosquillas hasta que sueltes enormes carcajadas que te levanten el ánimo, que por fin te hagan olvidar que cada vez te cuesta más trabajo reírte a diario, que son menos los motivos.

El vínculo poderoso que has creado entre todas esas personas de cuento y tú se rompe cuando se encienden las luces y se apaga la pantalla, pero te llevas cosas.
Puedes llevarte comprensión, decisión, ilusión y la mayoría de las veces, satisfacción,
pero puede que no te lleves nada, también.

De seguro que esas veces, eres tú el que ha dejado allí lo que no necesitas.


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