Los pescadores deportivos
utilizan el nudo de sangre
por su impresionante
resistencia para unir dos líneas de sedal.
Líneas parecidas,
cercanas entre sí, aunque no iguales,
que se van entrelazando
poco a poco,
enrollándose una en la
otra como sinuosas serpientes.
Después de cinco o seis
vueltas, sus cabezas
-introducidas
meticulosamente por los dedos del pescador en el orificio central-
se separan en direcciones
opuestas.
Se diría que se alejan,
que cada una toma un
camino distinto,
que se despiden.
Pero el tiempo que han
pasado envolviéndose cuidadosamente no ha transcurrido en balde,
porque cuando cada una
toma la vía opuesta a la otra,
cuando creen que ya no se
van a volver a cruzar,
el pescador tira con
firmeza de ambos extremos
y sus cuerpos se unen
formando un diminuto barrilete,
quedando enlazadas para
siempre.
Su fortaleza entonces es
tal, que el pescador ya no duda en lanzar el sedal al mar
por muy potente que sea la
presa,
porque sabe que no le
defraudará,
que ese hilo es
irrompible,
que se han unido sus
fuerzas,
que ya no son dos, sino
una e invencible.
Un nudo que une aparejos,
empalma bajos, une la línea del carrete después de tener que cortar
la línea madre por un enganche o por cualquier otro motivo.
No en vano recibe el
nombre de nudo de sangre, porque imita a la misma.
Ese líquido bermellón,
que una vez cortada la línea madre,
sigue correteando despreocupado
por las calles sinuosas de los diversos cuerpos,
que -sin saberlo- se
entremezcla,
se desplaza proporcionando
vidas diferentes.
Vidas que parecen ajenas
entre sí, dispersas, paralelas.
Sin darnos cuenta esa
sangre va enlazando los destinos que se buscan,
que se llaman y necesitan.
Y cuando creemos que ya
somos muchos y dispares, de repente,
los genes tiran de los
extremos y se crea el nudo.
Ese barril de emociones,
esa conexión infinita de glóbulos rojos y blancos,
ese sentir lo que siente
el otro, ese pensar lo que piensa el otro, ese comprender cómo es el
otro, aunque sea distinto.
Un nudo de sangre
inquebrantable.
Así son los hermanos.
Si miras en derredor y no
lo ves así, aguarda..
tus genes perezosos aún
están aletargados.
El día que menos lo
esperes despertarán,
tirarán de los lejanos
extremos
y entonces
se creará tu nudo.

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