22.9.16

CUANDO MUEREN LOS GRILLOS


Cuando mueren los grillos se calman las pasiones.

El grillo -como el hombre- nace con los primeros calores del verano.
Todo es entonces un ajetreo de sensaciones.
Emerge de los lugares recónditos y oscuros de la tierra
donde la ninfa ha esperado pacientemente a que la oscuridad desaparezca.

Cuando el fuego del verano abrasa, el grillo corretea por el mundo
en una sucesión interminable de saltos compulsivos
De aquí para allá
de allá para aquí,
aprovechando cada ráfaga de calor
cada instante de libertad, en toda su plenitud,
gozando del apareamiento que perpetúa su especie.

Así el hombre se comporta como el grillo,
se desplaza convulsivamente,
se abandona a las bochornosas temperaturas,
se libera de atuendos y de cadenas, primitivo,
entregándose a amores efímeros.

La vida se divide entonces en dos vidas,
la que toca vivir y la que el hombre se emperra en vivir
a pesar de lo que cueste.

En esos meses el grillo estridula sin cesar solicitando a su amada.
Así nosotros frotamos nuestras manos en busca de la plenitud del gozo.

El soplo del último aliento de este bruno insecto,
se mezcla con la brisa que se cuela por las rendijas de los ventanales
justo en el momento en que el equinoccio de septiembre acontece,
como un sortilegio de los astros.

En el momento exacto en que la noche deja de envidiar al día
al repartirse ambos por igual las horas y minutos,
se produce el esperado encantamiento
y entonces, entre la bruma de la magia,
tiras suavemente de la sábana -aún dormido-
porque tus poros se estremecen y contraen.

La mañana es limpia y agradeces pasear cortando el aire fresco,
o quizá despiertas rodeado de enigmáticas neblinas.

El grillo se despide de su vida arrastrando en su agonía los excesos estivales de los hombres,
y llega una paz anhelada, una quietud certera, una calma chicha que serena.


Porque cuando mueren los grillos nace el otoño.



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