El
grillo -como el hombre- nace con los primeros calores del verano.
Todo
es entonces un ajetreo de sensaciones.
Emerge
de los lugares recónditos y oscuros de la tierra
donde
la ninfa ha esperado pacientemente a que la oscuridad desaparezca.
Cuando
el fuego del verano abrasa, el grillo corretea por el mundo
en
una sucesión interminable de saltos compulsivos
De
aquí para allá
de
allá para aquí,
aprovechando
cada ráfaga de calor
cada
instante de libertad, en toda su plenitud,
gozando
del apareamiento que perpetúa su especie.
Así
el hombre se comporta como el grillo,
se
desplaza convulsivamente,
se
abandona a las bochornosas temperaturas,
se
libera de atuendos y de cadenas, primitivo,
entregándose
a amores efímeros.
La
vida se divide entonces en dos vidas,
la
que toca vivir y la que el hombre se emperra en vivir
a
pesar de lo que cueste.
En
esos meses el grillo estridula sin cesar solicitando a su amada.
Así
nosotros frotamos nuestras manos en busca de la plenitud del gozo.
El
soplo del último aliento de este bruno insecto,
se mezcla con la brisa que se cuela por las rendijas de los
ventanales
justo
en el momento en que el equinoccio de septiembre acontece,
como
un sortilegio de los astros.
En
el momento exacto en que la noche deja de envidiar al día
al
repartirse ambos por igual las horas y minutos,
se
produce el esperado encantamiento
y entonces, entre la bruma de la magia,
tiras
suavemente de la sábana -aún dormido-
porque
tus poros se estremecen y contraen.
La
mañana es limpia y agradeces pasear cortando el aire fresco,
o
quizá despiertas rodeado de enigmáticas neblinas.
El
grillo se despide de su vida arrastrando en su agonía los excesos
estivales de los hombres,
y
llega una paz anhelada, una quietud certera, una calma chicha que
serena.
Porque
cuando mueren los grillos nace el otoño.

No hay comentarios:
Publicar un comentario