17.9.16

EL PODER DE LAS EMOCIONES


La vida que nos ha tocado vivir es muy puñetera.
La exigencia a las que nos somete la sociedad y por ende, nosotros mismos, que vivimos en ella,
es inversamente proporcional a la capacidad de resistencia de nuestro cuerpo.
Llega un momento en nuestra vida, en que hasta los más moderados e indolentes pierden el norte.

Nos movemos dando palos de ciego, empujados por horarios imposibles, por imposiciones laborales injustas, por demanda de los hijos -que a su vez, caminan abducidos por el ansia de consumo como pavos sin cabeza- por la competitividad enraizada en la sociedad que -como el péndulo de Poe- nos amenaza y nos agota.

Todas esas circunstancias que nos rodean se transforman en emociones 
y como no sabemos dónde colocarlas, se las endosamos a nuestro cuerpo
Tan común nos parece, que hasta le hemos hecho un hueco en la palabra:
“No se cómo expresarlo, tengo un nudo en la garganta”
“ Lo que me ha dicho me ha dado dos patadas”
“Se me sale el corazón por la boca”
“Me quema la sangre su actitud”
“Ha tenido un ataque de cólera”
“Se me revuelve el estómago”
“Me tiemblan las piernas”
“Tiene sangre fría”

Y somos tan ilusos que pretendemos que toda esa carga la soporte con éxito 
este saco de masa y huesos que somos.

Llega un momento en el que el cuerpo está exhausto, en que ya no puede soportar más,
 y nos mira con la cara de gatito de Shrek, pero le ignoramos.
Luego nos da una palmadita en el hombro para solicitar nuestra atención 
pero estamos demasiado ocupados para percibirla. 
Entonces, cuando ya no puede más, se deja de milongas y nos da un leñazo.
No entendemos nada. 

Nos da un leñazo precisamente en aquella emoción que no hemos sabido gestionar:
en aquella responsabilidad excesiva, 
en aquella impotencia, 
en aquella presión, 
en aquellos celos,
en aquella rabia, 
en aquel miedo, 
en esa pena. 
No es el cuerpo el que se queja, es el alma.

Pero ¿cómo curarnos entonces?
Tomar una pastilla es rápido y lo hacemos para seguir corriendo como el atleta que aminora la marcha sólo para recibir el testigo -sin mirar – y salir disparado hacia la meta.
Como locos conejos blancos de Alicia: "Llego tarde, llego tarde a una cita muy importante. No hay tiempo para decir "Hola, Adiós". Llego tarde, llego tarde, llego tarde."

Pero a lo que llegamos tarde es a la vida.

El alma solo se cura tirando con fuerza de las riendas y haciendo parar a ese potro desbocado en el que nos hemos convertido. Parar de verdad y que sigan corriendo los otros si quieren.
Tomándonos nuestro tiempo entre las prisas, diciendo "No", compartiendo nuestros desasosiegos con los otros, expresándonos de cualquier manera, hablando y sobre todo..
aceptando que hemos caído.
No hay peor ciego que el que no quiere ver, dicen.

No hay peor muerto que el que no quiere vivir.



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