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18.7.20

EL PRELUDIO DEL PERO




Volar, lo que se dice volar...no vuelo.
                                       El Kanka.


Mi madre heredó de su madre y su abuela el arte de guisar. 
En una familia de buen comer, ese es uno de los legados más valiosos que se puede recibir.

                    Cuando éramos niños y mi madre guisaba nos acercábamos a los fogones atraídos por el olor, devorábamos con los ojos ese suculento potaje cociendo «a su amor», -como ella decía- mientras la observábamos remover los garbanzos o habichuelas que hervían frente a su delantal perfumado con nuez moscada y clavo.

                  Después de que las legumbres hubieran viajado a la mesa y tras la última cucharada, aún nos quedaba tiempo y salsa para rebañar el plato con la esponjosa miga del pan, mientras dibujábamos con precisión unos blancos surcos que se entrecruzaban una y otra vez, niños ingenieros de caminos creando entramados de veredas. 

               Absorta en esa minuciosa labor, ausente a los comentarios y risas de mis hermanos, de repente oía la voz de mi madre que me despertaba bruscamente de aquel embeleso: 
«¿has terminado ya? Pues toma, cómete un pero». 
 Eso me molestaba, porque con cada mordida, el pero me dejaba un latigazo acedo entre los dientes. Yo prefería de postre el dulzor de un plátano maduro, sin embargo, lo cogía sin rechistar y me lo comía. El regusto ácido que dejaba en la boca borraba de un plumazo la melosa sabrosura del guiso y el recuerdo de las cucharadas se desvanecía poco a poco en mi memoria con cada mordisco de aquella pulpa cetrina.

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                  ¡Cuántas veces nos pone la vida aquel ácido y verde pero de nuevo en la boca!.                                     De repente, un día, nos sorprendemos a nosotros mismos entablando una batalla interior en un monólogo baldío:

 «Dejaría este trabajo, pero...», 
«le diría lo que pienso, pero...» 
«me marcharía de aquí, pero...».

                  La vida nos regala esos peros con cariño, 
por nuestro bien,
 para que no cometamos errores, 
para salvaguardarnos de un callejón sin salida, 
para no caer en el remordimiento de una acción imprudente.

Sin embargo, la vida no es consciente de que borra de un plumazo 
ese guiso caliente de ideas que en un momento comenzaron a hervir en nuestra cabeza. 

                Da igual si de repente nos damos cuenta
 de que lo que vivimos no es lo que antaño habíamos soñado,
de que solo queda un último tren por coger,
de que por fin nos hemos decidido a dar el gran salto. 

Cuando hemos llegado al convencimiento,
 cuando más seguros estamos de lo que queremos, 
la vida nos ofrece un «pero» que nos frena en seco.   
                                                                           
 Sabemos bien que no nos gusta,
 porque lo que de verdad queremos es un «así que»...
maduro y dulzón, que nos dé alas, 
que abra las puertas de un mundo desconocido y apasionante, 
que nos quite las losas de la espalda,
 que ponga el broche final a nuestros sueños 
y que nos deje ser auténticos, sin tapujos, sin trabas, sin máscaras. 

Nos imaginamos diciendo: 

«dejaría este trabajo, así que...»,
 «le diría lo que pienso, así que...»,
 «me marcharía de aquí, así que...»

Pero al final abdicamos, 
bajamos la mirada 
y nos adaptamos al orden establecido, 
por obediencia o cobardía 
-no sé- 
el caso es que ese «pero» ácido que nos impide ser nosotros mismos, 
 ya se nos queda para siempre atravesado en la garganta.


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(Dedicado a mi hermano. 
No por lo que digo aquí, 
sino simplemente, 
porque se lo prometí.)








24.12.18

MIS MEJORES DESEOS




Que seas feliz.

Y es que la felicidad no cae del cielo.
No hay hada madrina que la otorgue con una varita.
No se adquiere con prebendas.
Nadie la regala.
No se borda con el hilo de los otros
y no vale nada cuando de los otros depende.
No la trae el levante.
No hay distintas felicidades según el momento.
No hay opción de disfrazarla.
Debes hundir tus dedos y moldearla con tu barro.

Porque la felicidad está en ti, crece en ti y depende de ti.
Donde tu estés estará la felicidad cuando tú quieras.
Porque tiende a irse y volver como las mareas,
y a veces la marea es demasiado baja y durante mucho tiempo.

Por eso yo deseo que el nuevo año 
encienda tu chispa,
sacuda tu mente,
te abra los ojos,
te dé la semilla para cultivarla,
te abone el terreno para que la siembres,
y te enseñe la forma de protegerla.

Y aunque azoten ventiscas y huracanes
y las alimañas quieran arrebatártela,
no lo conseguirán
porque la felicidad serás tú.
Aun si anhelas regalarla no podrás hacerlo,
porque solo anida en tu interior.
Enseña entonces el proceso.

Que choquen las piedras que encienden la chispa.
Que prenda la llama.
Que así sea.

Que seas feliz.

13.2.18

CUANDO EL "ÁNGEL" MUERDE



"La pureza está en mezclarse y respirar lo diferente"
(Jesús Bienvenido)
Así sea.
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Odio la violencia y por ende, las armas.
Las únicas batallas que no he podido ganar
las libré en el ciberespacio.
No supe reponer municiones, fui mal estratega,
o me rendí pronto, supongo.

Jamás empuñé un arma,
pero hay un pistoletazo que defiendo,
el disparo que quiero que suene y reviente las nubes,
la detonación que quiebra los moldes,
el tiro que resquebraja la rutina,
el impacto que rompe la cáscara de la costumbre
y nos libera.

La salva al aire que lanza el último popurrit
en una madrugada de sábado de febrero,
cuando un templo rojizo y añejo
nos hace un guiño
y nos exhorta:
“ Salid y conquistadlo todo
porque estas son vuestras batallas,
porque sabéis que esta guerra ya está ganada”

No hay válvula que contenga la presión acumulada,
no hay garganta que reprima el sentir,
ni alma que lo desee.

Un estallido multicolor y multiemoción.
Un papelillo azul para la nostalgia,
un papelillo amarillo para la crítica,
un papelillo rosa para la sátira,
un papelillo verde para lo picante,
un papelillo negro para la condena.

El Carnaval de Cádiz comienza.

Queremos rajar las pieles y abrir las carnes,
sacar el alma,
condenar,
ridiculizar,
y vencer al son de carcajadas.
Queremos explotar por una vez
para ser capaces después de volver a la rutina.

Una bala certera te arranca la sonrisa
con un cuplé chirigotero,
un puñal acerado recoge tu lágrima
con un pasodoble,
una carga de profundidad te hace temblar
al ritmo de la batea,
y una espada afilada te descuartiza
con cada golpe del cuarteto.

Si no has estado aquí no nos comprendes.

Abro la puerta para invitarte,
para que pases y pasees,
despiertes los sentidos
y olvides o recuerdes.
Lo que necesites.
Todo menos quedar indiferente.

Ten cuidado con nosotros, que engañamos,
nuestro único afán es hacerte prisionero.

El Carnaval de Cádiz ha comenzado
le pese a quien le pese.
Es un diamante en bruto
y es de todos.

Que nadie se atreva a trastocarlo,
que no nos lo toquen,
que mordemos.







4.2.18

QUE EL FRÍO SEA SOLO UNA SENSACIÓN




Hoy llueve en mi ciudad.
Es invierno.
Es febrero.
Medio país amanece blanco y helado y el frío nos envuelve a todos.
Un frío que despierta los sentidos,
que recorre cada célula del cuerpo y golpea en nuestro entorno
como una gigantesca campana de hierro que nos hace vibrar con su reverberación.

No es como el calor que te adormece, te atonta y te invalida.
El frío te mantiene alerta y hace que cada poro de tu piel se estremezca y restriña.

Abres la puerta de tu casa y el frío de repente te saluda con una sacudida,
cierras si querer los ojos como queriendo evitar el golpe
y resoplas pensando si serás capaz de soportarlo.
Dudas un momento si volver atrás,
si esconderte o huir despavorido a un lugar cerrado.

Pero no lo haces.

Porque el frío es solo una sensación
y sabes que eres capaz de soportarlo y afrontarlo.
Le miras desafiante a los ojos y el frío cobarde se achanta y desvanece
y se da cuenta de que no es tan poderoso.

A veces el frío vence y congela las manos,
impide que unos pies audaces puedan dar un paso,
consigue que nunca salgas a la calle
o incluso que huyas a lugares más cálidos.

Por eso debemos prestar nuestros guantes,
empujar a los pies dormidos,
abrir otras puertas y tirar de los rezagados,
encender fuegos para que nadie se aleje de nosotros.

Ese siniestro personaje te hace sentir que estás aquí y estás vivo.

Cuando has pasado mucho frío
conoces el verdadero calor del hogar,
no olvidas el sentido de un abrazo,
agradeces a quienes encienden fogatas a tu paso
y admiras a quienes se niegan a cerrar los ojos
y a esperar que el frío simplemente pase.

Hoy aún hace frío.
Es cuatro de febrero.
Abracémonos y abriguémonos.
Que el manto helado del cáncer no nos cubra.

Y ahora, si quieres, puedes leer esto otra vez.

Fotografía: Gracias a mi amiga Ana Reyes, que tiene arte en la mirada.



26.11.17

FUCKING COOL FREAK





 ..."You're gonna find yourself somewhere, somehow".
(De alguna manera te vas a encontrar a ti misma en algún lugar)
   Corinne Bailey Rae.      
------------------

Porque el mundo es caótico y la vida esconde mil caras,
porque me hacen bailar a un ritmo extraño,
a veces queriendo y a veces sin querer.

Porque me es imposible encontrar la luz entre tantos fogonazos,
porque permito que mi esencia se confunda con los efluvios de los otros,
y camino arrastrando una imagen inventada, como una cruz de hierro
forjada inconscientemente en moldes ajenos.

Porque he dejado de ser para estar,
he dejado de ser para figurar,
he dejado de ser para tener.

Porque de repente me encuentro sacudiendo la cabeza con rabia en las incongruencias
o llorando amargamente cuando la niebla esconde el horizonte.

Porque las oportunidades de volver a empezar
son pompas de jabón de nitroglicerina.

Porque un día me sorprendo arrojando mis sueños por la ventana,
en aras de los sueños de los otros.

Cuando la toalla me tira a mí por imposible, por cobarde y resignada,
el ánimo me levanta del suelo y me besa en los labios,
un beso único e intransferible
con sabor a clavo.

Porque mi corazón es el bordón que marca el ritmo de mi paso
y en él me apoyo cuando la cuesta se empina demasiado
o el sendero desciende bruscamente.
Porque la vida no quiere que me conforme
con haberme mimetizado con el entorno
y mucho menos quiere que me rinda.

Porque nunca es tarde para seguir naciendo...
seré yo misma
y nada más.

Sin cadenas, sin pesos, sin vergüenza,
sin máscaras, sin deudas ni remordimientos.
Sin añoranzas.
Yo y mi luz.

Estoy segura de que en mi autenticidad
recibiré el regalo de la vida.






8.10.17

EL TACÓN DE SARA





Sara Baras es un espíritu superior envuelto en bailaora.
Cuando la veo taconear me agobio porque no puedo respirar,
pero me gusta deleitarme en ese ahogo masoquista que teme un mal paso,
un movimiento inoportuno, o una vuelta de más fuera de compás.

Ella nunca lo hace.

Solo un espíritu etéreo se maneja en esa sutileza,
con esos ademanes incorpóreos que hacen que me cuelgue en el aire con ella.
Sabe llevar el floreo de sus dedos al nivel de fascinación del ataurique de las mezquitas árabes,
y su sedoso braceo a la fascinante ondulación del mar en un día de levante suave.

Toda ella es una nana para un niño enfermo.
Un hechizo.

Pero cuando el taconeo se impone, Sara vuelve a la tierra.
Te clava la mirada como una estaca traidora y dudas de todo.
¿Qué es ella entonces?

Aún no lo sabe
pero yo, que la observo absorta, también bailo con ella,
también me zambullo en el aire al compás de la caja,
también engaño a otros en cada quiebro,
también escupo ira en mi taconeo interior.

Hay otras bailaoras que me arrastran, sí,
pero solo ella me pinza el alma.

Sin embargo, no pueden ser todos esos movimientos pura estética estéril,
no tendría sentido.

Sara se ha convertido en el habla de mi tierra,
como lo es el Flamenco.

La imagen que veo cuando me miro al espejo es engañosa
porque no refleja todo lo que llevo dentro.
No me juzgues entonces por esa imagen baldía que ves fuera,
porque no soy yo.

Mi tierra es como yo y yo como ella,
que muchos no la conocen aún mirándola a diario,
por eso entrego el testigo a Sara y que ella hable por nosotras.

Cuando Sara planta el pie con un sonido limpio y enérgico
es mi tierra la que te grita que ella también existe.
Cuando Sara temblequea infinitamente apretando los puños
es mi tierra la que llora con angustia porque no la defienden.
Cuando Sara marca un escobillado acariciando el suelo
es mi tierra la que te abre el sendero.
Cuando Sara inclina hacia atrás todo su cuerpo 
alzando su mirada al cielo
es mi tierra que busca la luz que luego esparce.
Cuando Sara, abducida en el compás,
despliega lentamente su encarnada falda y abre sus cálidos brazos
es mi tierra la que te recibe entrañable,
sin condiciones,
sin prebendas.

Sara y yo nacimos en Cádiz, somos el Sur.
Nuestra casa es nuestra alma y viceversa.

Que el tacón de Sara te enganche y te arrastre también.



28.9.17

QUE PARE ESTO




Cuando era jovencita e iba al instituto solía “pescar” durante las clases de Lengua Española.
(Me encanta este concepto del verbo, acuñado tras la insistente práctica de mis alumnos)
Sin embargo, la cosa cambiaba cuando tocaba Literatura,
entonces la pesca se tornaba en vuelo libre
y mi sensiblera aerodinámica me dejaba caer en volandas
por entre versos volátiles y enigmáticas metáforas.
Hurgar en sus entrañas suponía todo un desafío.

La Literatura era otra cosa.

Y es que tanto verbo, sustantivo y determinante acaban con la paciencia de cualquiera.
Y qué decir de los pronombres, esos tipejos usurpadores de la identidad de otros,
con tan pocas letras y tan sosas.
“Vocablos de baja calaña”
les susurraba a modo de escarnio mientras pasaba las páginas
“no hacéis otra cosa que hundirme en el tedio absoluto”.

¡Qué equivocada estaba!
No hubiera podido imaginar entonces cuántos mundos podrían hallarse
detrás de las vocales y consonantes de un pronombre.

Hoy pide mi corazón que pare “esto”.

Traspaso esa “o” como una puerta abierta y sin cerrojo
para encontrarme -como Alicia- en este mundo tan ajeno al mío,
un mundo extraño e insondable
porque “esto” que me abruma no es el mundo que yo quiero.

No es el mundo con el que soñaba mientras jugaba en el patio del colegio,
no es el mundo para el que me preparaba escondida entre ingentes pilas de libros,
no es el mundo donde imaginé que respirarían mis hijos
ni donde germinarían mis proyectos.

Es el mundo cuyas iniquidades pasadas juré jamás imitar
y a las que da alas tan peligrosamente,
el mundo donde colisionan astas de banderas como espadas aceradas
el mundo donde la memoria colectiva se anonada y se disipa,
el Ave Fénix del despropósito,
el mundo que no distingue el derecho del revés,
que no recoge mies porque no siembra,
que empodera a monstruos y les aplaude,
monstruos que se escupen a la cara
y cuya saliva salpica el techo de nuestras casas.

Quiero que pare esto que no quiero,
esto que atraviesa el cristal de las noticias,
quiero que esto sea lo que soñamos.

Porque aún queda gente cuerda y valiente,
gente con corazón y dispuesta a arriar banderas desquiciadas
para hacer que nos sentemos a la mesa y conversemos.

Quiero que pare esto que no entiendo
y que vuelva aquello para lo que nacimos.

Quiero que me aburran de nuevo los pronombres.
Que no me den miedo.


3.9.17

VIVIR EN VANO


No sé qué piensan ustedes,
pero es seguro que hay cosas en la vida que se hacen en vano.
Probablemente todos las hemos hecho alguna vez:
“Esperé en vano a que llegara”,
“Busqué en vano una salida”,
“Todo el trabajo fue en vano”,
“Traté en vano de solucionarlo”.
..todo para decir
“inútilmente, sin razón o sin efecto”.

Pero es muy probable que ni siquiera sepamos qué es ese “vano” que tanto nos angustia,
en el que nuestro esfuerzo y nuestras mejores intenciones pierden el aliento,
en el que se nos escapa la energía,
en el que se nos agota la vida.
Todo nuestro vigor cae en el “vano” como en un abismo profundo y perpetuo
y no sabemos qué es, ni dónde reside.

Y ahora que estamos en este siglo de luces opacas
donde creemos que podemos inventarlo todo,
nos topamos, de repente, con aquel primer hombre
que, para salvar el agujero en una caverna, arrojó el tronco de un árbol,
o aquél otro que para cruzar un río caudaloso, dispuso piedras sobre las que caminar,
o aquellos que apilaron rocas a ambos lados del abismo
sobre las que extendieron maderos para poder atravesarlo.

No querían ellos caer en “vano”,
que no era otra cosa que aquel espacio libre, abierto y desafiante.

Entonces el hombre inventó puentes para burlarlo.
Puentes de troncos, de ramas, de piedras.
Puentes de hierro, de hormigón, de acero.
Ya no había “vanos” que le detuviesen.

El “vano” es el vacío que se nos presenta de golpe,
la sima donde se precipitan nuestros anhelos
la fosa donde se pierde la esperanza,
el barranco que nos separa de los que amamos.

Por eso también ahora, en tiempos de incertidumbre, en tiempos de desconsuelo,
levantamos puentes a la desesperada,
sin saber si soportarán las embestidas del destino.


Hay “puentes del tiempo” que nos llevan a otro lado del planeta unos días
y nos liberan del tedio y la rutina,
o que nos dejan acariciar por un breve período
aquel rostro del que nos despedimos
y que solo en estos saltos podemos volver a tocar.

Hay puentes que esconden los secretos de las aguas que los besan,
puentes que han oído reír,
puentes que han visto llorar,
puentes cómplices de amor.
Puentes que, impotentes, han visto matar.


Hay “puentes de plata” que tendemos al hostil
con mentiras cabronas,
con halagos,
porque no queremos que un“vano” insondable
nos meta al enemigo en casa.


Hay puentes de lealtad levantados con promesas sinceras,
tan firmes,
que el tiempo las convierte en cadenas,
no es el “vano” aquí sino la liberación de una condena.


Hay puentes de amor que se derrumban en una noche,
que no los levanta de nuevo un gigante
y se abre de nuevo ante nuestros ojos un “vano”
por donde se nos precipita el alma.


No somos sino los herederos del primer hombre,
y en estos tiempos oscuros
 hemos de levantar nuevos puentes para seguir existiendo:
Puentes de lenguas, en lugar de madera.
Puentes de solidaridad, en lugar de hormigón.
Puentes de amor, en lugar de piedra.

Que no haya trampa,
que no nos confundan,
porque no podemos vivir en "vano".



17.3.17

LOS CIVILES


Creo que no existe esta entrañable costumbre entre los jóvenes de hoy en día
y me atrevería a afirmar que entre los de mi edad, tampoco.
Me refiero a la de asignar apodos a los números del bingo,
sin embargo, era una costumbre muy común de nuestros padres y abuelos.

Cantar los números del bingo con un apodo
estaba arraigado a la cultura popular en su sentido más universal:
a los distintos pueblos y a las distintas culturas.
Un mismo número podía admitir varios apodos dependiendo del pueblo,
país o incluso continente donde se cantase.
Son de sobra conocidos “La niña bonita” y “Los dos patitos”
(Uff ¡Quién se acuerda ya de ellos!)

Creo que recuperar esa tradición podría encajar perfectamente en lo que actualmente llamamos
“estimulación cognitiva”, diseñada para frenar el deterioro cognitivo y la pérdida de memoria.
No estaría mal que la pusiéramos en práctica de nuevo, en lugar de tanto “Candy Crush” que
-en manos de diputados del Congreso- solo sirve para enervar al pueblo.
--------------

Hoy es un día especial porque en el bingo de la vida han cantado mi número: ”¡Los civiles!”

Estos dos señores ataviados con su tricornio han venido a echar un vistazo,
han venido a aconsejarme:
“Tenga cuidado con lo que hace usted a estas altas horas de su vida”
“Vigilaremos el camino para que no se lleve usted una sorpresa desagradable”
“Plantéese la posibilidad de marcharse a dormir, que es muy tarde,
y cada vez están más solitarios los senderos”.

“Los civiles” han llegado y pretenden velar por mi vida.
Protegerme de desalmados que antes pasaban desapercibidos,
hacerme entrar en razón
y acompañarme a mis aposentos.

En aras de “El honor es mi divisa”
 no se han percatado “Los civiles” de que aún quedan por salir del bombo 
treinta y cinco números juguetones como son: 
“la zanahoria”, “los limones”, “la pelea”, “el higo”, “las banderas”, “la mierda”, 
“el casamiento”, “las tetas”...
solo con éstos se le hace a una la boca agua.

Es genial que hayan llegado “Los civiles”
bienvenidos son, bienhallados y celebrados
-porque hubo un tiempo en que no sabía si iba a poder decir lo mismo-

Bien estará también que no se estanquen,
que dejen desfilar a la sublime cabalgata de números que les sucede.
Que tengo ganas de toparme con esos apodos vivarachos y pícaros
antes de que a alguien le de por cantar:
“¡El abuelo!”.

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Gracias mil a los que quiero y me quieren.
A los que han deseado que “los civiles” me traigan un

 “¡Feliz Cumpleaños!”



31.12.16

VIENE 2017



Viene caminando de puntillas con su saco de sorpresas.


No es Papá Noel, pero como si lo fuera,
porque viene cargado de regalos para todos.

La cuestión es saber
si nos trae lo que pedimos
o nos defraudará con un negro carbón.

Pero no es el momento de pensar en eso.

Es el momento de tener
la ilusión de empezar de cero y construir el futuro,
la certeza de seguir por el camino elegido y avanzar para mejorar en nuestra vida,
 fe en que las cosas den un giro de 180 grados y poder reconstruir lo maltrecho,
las expectativas de que crezcan las semillas que con esmero hemos sembrado.


Pero también tiene su sitio la convicción de los actos realizados
en este viejo año que se marcha:

aquellos nudos reforzados o desatados,
aquellas decisiones tomadas en busca del camino correcto,
aquellos errores corregidos a tiempo,
aquellas comas, puntos seguidos y puntos finales,
aquellos saltos al vacío con los puños apretados,
aquellas cadenas liberadas.

La incertidumbre de lo que viene en el saco
nos hace estremecer con una sonrisa en los labios
y nos frotamos las manos como niños inocentes
ante el gran regalo del futuro.

La esperanza
-como siempre-
es lo que nos mantiene vivos.

QUE 2017 TE TRAIGA LO QUE PEDISTE.


Autora del dibujo "Búho Real" : Ana Gjurinovich




24.12.16

BIENVENIDO INVIERNO


Sinceramente pienso que el invierno está subestimado.

Cuando llegan los albores de la primavera con su calidez y la radiación del verano con su jolgorio todos explosionamos y nos llenamos de vida,
pero cuando llega el invierno nos apagamos como el final de una vela,
se nos descuelga el rictus,
se nos cierran los poros
y se nos escapan los suspiros por la larga espera de la estación estival jaranera.

Sin embargo creo que el invierno es la estación que más luz trae a nuestras vidas.
Porque entra un veintiuno de diciembre vestido de una emoción que mueve castillos: la ilusión.

La ilusión que baila en dos bombos al son del choque de miles de bolitas juguetonas.
Esas gigantes maracas que son el sonajero de la orquesta de nuestras expectativas
y de las cuales – por un túnel dorado- llega el invierno como un fantasma bueno
disfrazado de bolita.

Esa diminuta esfera que -con un número- te libera de la cadena de la hipoteca,
te lleva en volandas a esa playa virgen o ese crucero por lagos de ensueño,
te proporciona esa ayuda que les ofreces a tus hijos en paro,
te regala la llave de ese pequeño negocio que será el principio de tu autonomía
o te entrega dos enormes sacos de cemento para tapar esos malditos agujeros para siempre.

Si la varita de la suerte te toca a ti junto a miles de personas distintas a la vez,
entonces todo es una algarabía de colores y calores.
El invierno ya no es frío.
Pero si la suerte te ha ignorado otra vez -como todos los años-
aún se te humedecen los ojos cuando ves la felicidad en esos otros rostros
y es este el día en que más valoras lo que tienes.

Cuando todo el bullicio desaparece y te levantas a la mañana siguiente,
bajas a comprar el pan a tu panadería de siempre
y con la barra recibes una sonrisa y un “Felices Fiestas”.
Entras en la farmacia para recoger tus pastillas de siempre
y el farmacéutico te las entrega con una sonrisa y un “Feliz Navidad”.
Vas a la carnicería y con las alitas de pollo
el carnicero te regala una sonrisa y un “Felicidades”.
El tintineo de tu móvil es un no parar de buenos deseos
todo el tiempo.

El frío polar no se nota entonces y la lluvia es imperceptible
porque te das cuenta
de que nunca tanta gente a la vez había deseado que fueras feliz,
así, porque sí.
Te entran ganas de ser feliz
así, porque sí.

¿ Cómo no vamos a querer al invierno?
No ha hecho nada más que llegar y nos trae de vuelta a casa a los parientes lejanos,
llena los rincones y plazas de nuestras ciudades de luces de colores,
transporta sus copos de nieve mecidos al compás de villancicos,
adorna los salones de nuestras casas y llena las mesas de ricos dulces y viandas,
enternece corazones helados y despierta emociones dormidas.

El invierno es un mago barbudo de túnica blanca y capa dorada
que no quiere estar solo,
que quiere ser amado y abrazado
y para ello
nos pellizca en la mejilla cariñoso
y nos entrega en un enorme paquete rojo
la Navidad.

FELIZ NAVIDAD
Y QUE EL INVIERNO TE ABRIGUE
CON TODAS LAS EMOCIONES BUENAS.




5.12.16

¡CÓMO LLUEVE!

“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.

Es curiosa esa comparación entre la locura y la regadera.

Un recipiente inocente y discreto en el jardín,
esperando que una mano lo ice suavemente
y lo pasee entre planta y planta desparramando el agua fresca dadora de vida.

No tiene sentido.

Entonces lo busco
y cuando los orígenes de la comparación son varios
me decanto por el que me parece más atractivo:

Es Pancracio Celdrán el que nos cuenta que la frase pudo nacer
a raíz del estreno de una obra que causaba furor en su época:
En 1907 la cupletista Julia Fons estrenó “El Vals de la regadera” en el Teatro Eslava de Madrid,
una pieza procedente de la zarzuela “La alegre trompetería” en donde se decía
con cierta picardía subida de tono:

“Tengo un jardín en mi casa
que es la mar de rebonito;
pero no hay quien me lo riegue
y lo tengo muy sequito.
Al levantar y acostarme
lleno de agua la regadera,
y con las faldas muy recogidas
lo voy regando de esta manera”...

Cuando la cupletista hacía ademán de regar con la regadera, el público enloquecía y hacía gestos destemplados conforme Julita Fons iba insinuándose más y más, de modo que en aquellos años
primeros del siglo XX se decía que estaba como una regadera
la persona que pierde el control y gobierno de su persona.



Ya sé que me pierdo por los Cerros de Úbeda
con una facilidad pasmosa
(como Álvar Fañez en la contienda de cristianos y almohades).
Todo para decir que el tiempo es un señor enchaquetado y con bigote
que no está muy en sus cabales,
que enloquece y nos envía treinta grados en noviembre,
que nos hace un gesto destemplado y nos deja caer en la sesera
trombas de agua que desbordan ríos y causan inundaciones imposibles,
que pierde el control y nos lanza trompos de tornados que arrasan ciudades,
que no sabe gobernarse y deja nuestros campos áridos durante meses.

Y es que todos somos la cupletista Julita Fons desquiciando al clima:

“No puedo reciclar, no tengo sitio en la casa para tanto bidón”
“yo es que el coche lo necesito para todo”
“talaremos algunos árboles, pero esa carretera es necesaria”
“¿y si hacemos una fogata para asar los chorizos?”
“ahora no podemos permitirnos reformar la fábrica”
“Ya se nos ha encallado otro petrolero cerca de la costa”

Y así vamos cada uno cantando un cuplé,
paseándonos por el mundo con nuestra picardía
y subiendo poco a poco la líbido del entorno.
No es extraño que el tiempo se excite,
no sepa cómo entrarnos
y pierda su control y su gobierno.

-------
“El tiempo está como una regadera”
oigo decir.
Y es que no hacemos otra cosa que subirnos la falda
y enseñarle las canillas.


26.11.16

LA INDECISIÓN

Porque todo acaba agotando, hasta teñirse el pelo,
es por lo que me estaba planteando dejarme las canas.

Eso implica toda una parafernalia:
Pasar de largo por la puerta de la peluquería
fingiendo llegar tarde a algún sitio
o mirando a la acera opuesta simulando que algo me llama la atención.
Recoger el cabello con una pinza antes de levantar el trasero de la cama,
para no tener que verlo suelto en el espejo
y ser cómplice de los evidentes cambios de tonalidad.
Trabajar como una descosida para no encontrar ni un minuto de asueto
que incite a salir en busca de un nuevo look.
Todo un sacrificio.

Cuando se lo comenté a una amiga casi se tuesta del susto.
Sus ojos quedaron petrificados
como las brillantes canicas con las que jugaban mi hermano y sus amiguetes en el patio del colegio.
“Estupendo, cada cual debe actuar según sus principios” -decía-
pero sus ojos de cristal le delataban.

No sé,
igual es una locura y divago etérea en el limbo que se crea
entre la realidad de recobrar lo que queda de mí debajo de unas mechas 'cool'
y la ficción de seguir siendo una cuqui madurita.

Reconozco que un poco de miedo sí que da,
pero lo supera la curiosidad de reconocer mi verdadero pelo
debajo de infinitas capas de tonalidades distintas,
todas adaptadas a un estado de ánimo diferente:

Ahora un castaño oscuro para parecerme a mí misma
“¿mande?”-diría una abuela de antes-
“que no soy yo, abuela, pero como si lo fuera, para que no se note”
“¡Aah!”

Ahora unas mechas claras -sin pasarse- para rejuvenecer las expresiones,
porque se va amargando el rictus de tantos avatares de la vida.

Ahora un rubio dorado en las puntas por lo de las californianas
-no se nos vayan a adelantar ellas- y después digan que no nos movemos.

Ahora un castaño caoba cobrizo, que el cuerpo pide aparentar autoridad,
porque esos reflejos rojizos sí que imponen
y no los rubios perlados de las acaparadoras jovencitas.

En fin,
así procedía mi abrumador debate interno,
entre volver a ser yo de nuevo después de tantos años,
volver a saludarme en la desnudez de mis hilos de plata
y ser valiente para desechar los artificios,
o seguir envuelta en esa espiral de emociones que someten a los cabellos,
a la tortura de pasearse por toda la paleta de colores que inventan los estilistas.

De repente, se produjo el milagro...

Twitter acaba de lanzar el hashtag #grannyhair
para dar cobertura a la magnífica tendencia 'silver'.

¿Qué te parece?
Ahora mujeres de todas las edades llevan el pelo cano y están guapísimas.

Se me queda cara de gilipollas.

Definitivamente no sé si era antes cuando no tenía personalidad o es ahora
o nunca la he tenido,
-el súmmun de la indecisión-
porque acabo de decidir que voy a dejarme las canas
y que ya no me da miedo.


13.11.16

EL SACRO BALANCEO


Ayer fui a comprar rabo de toro -o de lo que se tercie- a una carnicería cercana a casa.
Me encanta preparar ese estofado porque me acerca a las ventas de mis pueblos blancos,
a los mediodías de los domingos luminosos de invierno,
a los paseos por las callejuelas empinadas y silenciosas,
al brillo del sol en las paredes encaladas,
al vino dulzón compartido con amigos en las tascas eternas de ancianos aldeanos,
al olor de los bizcochos frente a artesanos obradores al caer la tarde
cuando el fresco aparece y la humedad comienza a sentarse en los bancos de la plaza mayor,
al olor de la leña de las primeras chimeneas encendidas al oscurecer el día.

Disfrutamos como monos comiendo rabo de toro en el salón de mi casa,
saboreando esa carne tierna que se desvanece -como agua, dicen las abuelas-,
pinchando esas orondas patatas fritas que se revuelcan en la salsa como cerditos disfrutando en el barro, construyendo barquitos con trozos de pan cateto para absorber hasta la última huella del aceite de oliva aromatizado, y chupeteando los dedos grasientos con avidez.
Porque si el pollo puede comerse con los dedos -el pollo desgrasado y dietético, como bolas de plastilina- cómo no vamos a comer la carne de rabo, con esa gelatina que nos sella los labios.
Mientras hablamos de nuestras cosas degustamos ese manjar y yo viajo a las tradiciones de mis ancestros, a la herencia de mi abuela y bisabuelas cocineras.
No me importa saltarme por un día la dieta,
a sabiendas de que los doctores prohíben esos platos para caderas anchas como las mías,
pero ¡qué recórcholis! Que me quiten lo bailao, que nunca sabré si mañana lo podré bailar.


Y en todo esto voy pensando cuando cruzo la puerta de la carnicería y vuelvo lentamente a casa.
Todavía estoy dudando de si esta vez le voy a poner zanahorias o no al guiso
cuando levanto la mirada y observo a una señora que camina despacio delante de mí.

Una señora rondando ochenta años que se desplaza
con un balanceo monótono a cada paso.
Un movimiento similar a decenas de mujeres de esa edad.
Un movimiento muy conocido
de otras muchas mujeres de mi vida.
Y -aunque camino con lentitud- aminoro aún más mi paso
y la sigo silenciosamente como en una procesión.

Por algún motivo no quiero adelantarla,
siento que cada una de sus penosas pisadas
ha sido un golpe en la vida.
Esas rodillas que apenas soportan el peso
que crujen con cada movimiento
comportan un ¡Ay! apagado que esa mujer se va tragando.

Cada centímetro de esos huesos desgastados son años,
son esfuerzos y sacrificios.
Son esperarte al mediodía con la sopa caliente en la mesa,
son ahorrar en otras cosas para que te compres ropa nueva,
son permanecer despierta hasta que aparezcas sano y salvo de madrugada,
son calentar una taza de leche y arroparte con cada gripe
y suspirar hasta que pasa la fiebre,
son desvivirse para que tengas la mejor boda,
son cuidar de tus hijos mientras trabajas
y morderse la lengua cuando ya no puede corregirte.
Son sufrir tus sufrimientos sin inmutarse.

La sigo como siguen los penitentes a la Virgen de los Dolores
cuando los costaleros la mecen bajando la calle San Francisco,
con el mismo sagrado respeto
con la misma devoción.

Porque también he conocido ese balanceo en mis entrañas
que en cada ida y venida
golpea el corazón como una pesada aldaba,
como el martillo con el que el capataz avisa a los cargadores
de que hay levantar de nuevo la carga del paso
de que hay que seguir adelante,
y no es necesario que recuerde cómo ha de hacerse
porque el costalero sabe que lo hace con todo el amor.

Porque no hay otra forma más digna de llegar al final.






3.11.16

UNA DE ACEITUNAS, POR FAVOR.

Esta costumbre tan nuestra de tapear a mí me parece que es toda una gozada.

Son múltiples las versiones sobre su origen pero yo me voy a quedar con la que me toca
de cerca, con la de los que aseguran que surgió a raíz de una anécdota protagonizada
por Alfonso XIII en su visita a Cádiz.
Antes de regresar a palacio, el monarca se detuvo en el Ventorrillo del Chato, 
venta que aún existe en la playa que lleva su nombre, entre Cádiz y San Fernando.

Alfonso XIII pidió una copa de vino de Jerez, pero no se percató de que un remolino de viento que 
se coló en el local amenazaba con llenar de arena de playa el catavinos real.
Para evitarlo, un avispado camarero se precipitó a cubrirlo con una loncha de jamón.

Cuando el rey fue a dar un sorbo, preguntó con sorpresa: "¿Qué es esto?". El mozo le contestó:
"Perdone mi atrevimiento Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en la copa".
Alfonso XIII se comió la loncha de jamón y requirió que se le sirviera otro Jerez, pero 
"con otra tapa igual". Todos los presentes rieron el ingenio real y emularon al rey pidiendo lo mismo.

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Tapear es como abrir la caja de bombones de Forrest Gump.
Entro en el bar con mi acompañante y recorro la barra con mirada de forajido,
en realidad estoy cruzando los dedos dentro de los bolsillos del abrigo
para que aparezca un hueco suficiente para dos,
una esquina incómoda o no, pero con dos buenos taburetes,
o una mesita libre en ese acogedor rincón,
aunque esté llena de migas de pan y gotas de cerveza.

Lo suyo es encontrar el sitio, tomar posesión del terreno.
Una vez logrado este objetivo, el modus operandi del tapeo no tiene reglas,
cada cual impone las suyas, como en el lejano Oeste.

Entonces, en ese intervalo en el que espero hambrienta,
el camarero viene y antes de preguntar qué me apetece
me planta delante un platito de aceitunas aliñadas,
para marcharse de nuevo a por su libreta de notas.

Tengo la manía de ver mundos dentro de otros mundos.
Por eso, mientras mi acompañante decide qué tema de conversación va a iniciar,
u observa detenidamente el ambiente del lugar,
o se queda unos minutos enganchado a la pantalla que está colgada en la pared
hipnotizado por la falta en la zona del área que va a lanzar Ronaldo,
yo me quedo colgada de ese plato de aceitunas tan variopinto:
ese juego de colores otoñales que, con tanto tacto,
mezcla los diferentes tonos de verdes y negros 
de las aceitunas hojiblanca, picual o verdial,
los rojizos del pimiento y la naranja agria,
los aromas del hinojo, el tomillo y el orégano
y la suave transparencia del ajo y la cebolla.

Comienzo el picoteo
y descubro todo un compendio de sabores entrelazados que estallan en la boca,
como ágiles acróbatas que quisieran sorprenderme con cada pirueta.

Las aceitunas son las estrellas del espectáculo, el soporte de la actuación,
porque se entienden a las mil maravillas, aun siendo tan distintas.
Se complementan y dejan que el resto de los ingredientes 
aporten su estilo y su conocimiento para completar la tapa.
La salmuera los abraza como una madre, los mantiene unidos, les hace fraternizar, los sintoniza.

Sin darme cuenta y en unos minutos,
he quedado saciada por ese aperitivo -a priori- insignificante,
y ya no es tanta la urgencia de comer otras cosas.

Pero de repente, veo en esa potente y enérgica picual, a la serena asertividad,
en la agradable hojiblanca, la necesaria comunicación,
en la dulce verdial, la apreciada simpatía,
en la recia naranja agria, el arduo autocontrol,
en el trío de ases de las hierbas, la inestimable cooperación,
en los inseparables ajo y cebolla, la solicitada empatía,
y en la fraternal salmuera, el inevitable apego.

Y descubro que a veces nos parece que tener habilidades sociales no significa nada.

Que podemos dejarnos arrastrar por los deseos de los otros,
al contrario que la picual,
que podemos escondernos en nuestro búnker y tragarnos los pensamientos,
al contrario que la hojiblanca,
o que podemos tratar a los otros con la punta del pie y pisarlos si nos apetece,
al contrario que la verdial,
que podemos decir todo lo que pensamos sin tener que medir nuestras palabras,
al contrario que la naranja,
que podemos hacerlo todo solos, sin solicitar nada a nadie,
al contrario que las hierbas,
que podemos ignorar el sufrimiento de otros, que no nos atañe,
al contrario que el ajo y la cebolla,
o que podemos vivir eternamente como islas,
al contrario que la salmuera.

Entonces me doy cuenta de que he aprendido mucho con mi tapa de aceitunas.

Cuando saboreamos la verdadera esencia de las habilidades sociales
el camino por andar es más sencillo,
porque ya no estamos solos,
porque el hambre desaparece.






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