Ayer fui a comprar rabo de
toro -o de lo que se tercie- a una carnicería cercana a casa.
Me encanta preparar ese
estofado porque me acerca a las ventas de mis pueblos blancos,
a los mediodías de los
domingos luminosos de invierno,
a los paseos por las
callejuelas empinadas y silenciosas,
al brillo del sol en las
paredes encaladas,
al vino dulzón compartido
con amigos en las tascas eternas de ancianos aldeanos,
al olor de los bizcochos
frente a artesanos obradores al caer la tarde
cuando el fresco aparece y
la humedad comienza a sentarse en los bancos de la plaza mayor,
al olor de la leña de las
primeras chimeneas encendidas al oscurecer el día.
Disfrutamos como monos
comiendo rabo de toro en el salón de mi casa,
saboreando esa carne
tierna que se desvanece -como agua, dicen las abuelas-,
pinchando esas orondas
patatas fritas que se revuelcan en la salsa como cerditos disfrutando
en el barro, construyendo barquitos con trozos de pan cateto para
absorber hasta la última huella del aceite de oliva aromatizado, y
chupeteando los dedos grasientos con avidez.
Porque si el pollo puede
comerse con los dedos -el pollo desgrasado y dietético, como bolas
de plastilina- cómo no vamos a comer la carne de rabo, con esa
gelatina que nos sella los labios.
Mientras hablamos de
nuestras cosas degustamos ese manjar y yo viajo a las tradiciones de
mis ancestros, a la herencia de mi abuela y bisabuelas cocineras.
No me importa saltarme por
un día la dieta,
a sabiendas de que los
doctores prohíben esos platos para caderas anchas como las mías,
pero ¡qué recórcholis!
Que me quiten lo bailao, que nunca sabré si mañana lo podré
bailar.
Y en todo esto voy
pensando cuando cruzo la puerta de la carnicería y vuelvo lentamente
a casa.
Todavía estoy dudando de
si esta vez le voy a poner zanahorias o no al guiso
cuando levanto la mirada y
observo a una señora que camina despacio delante de mí.
Una señora rondando
ochenta años que se desplaza
con un balanceo monótono
a cada paso.
Un movimiento similar a
decenas de mujeres de esa edad.
Un movimiento muy conocido
de otras muchas mujeres de
mi vida.
Y -aunque camino con
lentitud- aminoro aún más mi paso
y la sigo silenciosamente
como en una procesión.
Por algún motivo no
quiero adelantarla,
siento que cada una de sus
penosas pisadas
ha sido un golpe en la
vida.
Esas rodillas que apenas
soportan el peso
que crujen con cada
movimiento
comportan un ¡Ay! apagado
que esa mujer se va tragando.
Cada centímetro de esos
huesos desgastados son años,
son esfuerzos y
sacrificios.
Son esperarte al mediodía
con la sopa caliente en la mesa,
son ahorrar en otras cosas para que te compres ropa nueva,
son permanecer despierta
hasta que aparezcas sano y salvo de madrugada,
son calentar una taza de
leche y arroparte con cada gripe
y suspirar hasta que pasa
la fiebre,
son desvivirse para que
tengas la mejor boda,
son cuidar de tus hijos
mientras trabajas
y morderse la lengua
cuando ya no puede corregirte.
Son sufrir tus
sufrimientos sin inmutarse.
La sigo como siguen los
penitentes a la Virgen de los Dolores
cuando los costaleros la
mecen bajando la calle San Francisco,
con el mismo sagrado
respeto
con la misma devoción.
Porque también he
conocido ese balanceo en mis entrañas
que en cada ida y venida
golpea el corazón como
una pesada aldaba,
como el martillo con el
que el capataz avisa a los cargadores
de que hay levantar de
nuevo la carga del paso
de que hay que seguir
adelante,
y no es necesario que
recuerde cómo ha de hacerse
porque el costalero sabe
que lo hace con todo el amor.
Porque no hay otra forma
más digna de llegar al final.

Como siempre, emoción a flor de piel. Gracias Auro. Un abrazo desde Madrid
ResponderEliminarSiempre tan cerquita. Un abrazo, preciosa.
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