26.11.16

LA INDECISIÓN

Porque todo acaba agotando, hasta teñirse el pelo,
es por lo que me estaba planteando dejarme las canas.

Eso implica toda una parafernalia:
Pasar de largo por la puerta de la peluquería
fingiendo llegar tarde a algún sitio
o mirando a la acera opuesta simulando que algo me llama la atención.
Recoger el cabello con una pinza antes de levantar el trasero de la cama,
para no tener que verlo suelto en el espejo
y ser cómplice de los evidentes cambios de tonalidad.
Trabajar como una descosida para no encontrar ni un minuto de asueto
que incite a salir en busca de un nuevo look.
Todo un sacrificio.

Cuando se lo comenté a una amiga casi se tuesta del susto.
Sus ojos quedaron petrificados
como las brillantes canicas con las que jugaban mi hermano y sus amiguetes en el patio del colegio.
“Estupendo, cada cual debe actuar según sus principios” -decía-
pero sus ojos de cristal le delataban.

No sé,
igual es una locura y divago etérea en el limbo que se crea
entre la realidad de recobrar lo que queda de mí debajo de unas mechas 'cool'
y la ficción de seguir siendo una cuqui madurita.

Reconozco que un poco de miedo sí que da,
pero lo supera la curiosidad de reconocer mi verdadero pelo
debajo de infinitas capas de tonalidades distintas,
todas adaptadas a un estado de ánimo diferente:

Ahora un castaño oscuro para parecerme a mí misma
“¿mande?”-diría una abuela de antes-
“que no soy yo, abuela, pero como si lo fuera, para que no se note”
“¡Aah!”

Ahora unas mechas claras -sin pasarse- para rejuvenecer las expresiones,
porque se va amargando el rictus de tantos avatares de la vida.

Ahora un rubio dorado en las puntas por lo de las californianas
-no se nos vayan a adelantar ellas- y después digan que no nos movemos.

Ahora un castaño caoba cobrizo, que el cuerpo pide aparentar autoridad,
porque esos reflejos rojizos sí que imponen
y no los rubios perlados de las acaparadoras jovencitas.

En fin,
así procedía mi abrumador debate interno,
entre volver a ser yo de nuevo después de tantos años,
volver a saludarme en la desnudez de mis hilos de plata
y ser valiente para desechar los artificios,
o seguir envuelta en esa espiral de emociones que someten a los cabellos,
a la tortura de pasearse por toda la paleta de colores que inventan los estilistas.

De repente, se produjo el milagro...

Twitter acaba de lanzar el hashtag #grannyhair
para dar cobertura a la magnífica tendencia 'silver'.

¿Qué te parece?
Ahora mujeres de todas las edades llevan el pelo cano y están guapísimas.

Se me queda cara de gilipollas.

Definitivamente no sé si era antes cuando no tenía personalidad o es ahora
o nunca la he tenido,
-el súmmun de la indecisión-
porque acabo de decidir que voy a dejarme las canas
y que ya no me da miedo.


19.11.16

ODA A ESTA LUNA

Me miras generosa con tu rostro de nácar congelado en el espacio.
Todos creen que te contemplan.
Ilusos.
Eres tú la que nos escudriñas cada noche
silenciosa y enigmática
desde tu oscuro trono.

Como la Virgen velada de Strazza,
me embriagas con tu belleza misteriosa,
y -como ella-
cada vez más confundida,
suspiras melancólica por este mundo herido.

Tu piel me hipnotiza y enamora
y todo desaparece a mi alrededor cuando te observo.

Lánzame el rayo de Bécquer,
ahora que estamos comulgando solas,
déjame tocarlo con las yemas de mis dedos
e inúndame de esa luz que te desborda.

Quiero -como tú- sentirme plena
rebosante de energía
y compartirla después -como tú-
gratuítamente.

No hay oquedad en tus entrañas que me sea indiferente.
¡Oh! luna de noviembre fugaz y extraordinaria,
eres mi luna.

Sentada esperaré a que regreses, así pasen mil años,
me has llenado de vida.
Ya seré eterna.




13.11.16

EL SACRO BALANCEO


Ayer fui a comprar rabo de toro -o de lo que se tercie- a una carnicería cercana a casa.
Me encanta preparar ese estofado porque me acerca a las ventas de mis pueblos blancos,
a los mediodías de los domingos luminosos de invierno,
a los paseos por las callejuelas empinadas y silenciosas,
al brillo del sol en las paredes encaladas,
al vino dulzón compartido con amigos en las tascas eternas de ancianos aldeanos,
al olor de los bizcochos frente a artesanos obradores al caer la tarde
cuando el fresco aparece y la humedad comienza a sentarse en los bancos de la plaza mayor,
al olor de la leña de las primeras chimeneas encendidas al oscurecer el día.

Disfrutamos como monos comiendo rabo de toro en el salón de mi casa,
saboreando esa carne tierna que se desvanece -como agua, dicen las abuelas-,
pinchando esas orondas patatas fritas que se revuelcan en la salsa como cerditos disfrutando en el barro, construyendo barquitos con trozos de pan cateto para absorber hasta la última huella del aceite de oliva aromatizado, y chupeteando los dedos grasientos con avidez.
Porque si el pollo puede comerse con los dedos -el pollo desgrasado y dietético, como bolas de plastilina- cómo no vamos a comer la carne de rabo, con esa gelatina que nos sella los labios.
Mientras hablamos de nuestras cosas degustamos ese manjar y yo viajo a las tradiciones de mis ancestros, a la herencia de mi abuela y bisabuelas cocineras.
No me importa saltarme por un día la dieta,
a sabiendas de que los doctores prohíben esos platos para caderas anchas como las mías,
pero ¡qué recórcholis! Que me quiten lo bailao, que nunca sabré si mañana lo podré bailar.


Y en todo esto voy pensando cuando cruzo la puerta de la carnicería y vuelvo lentamente a casa.
Todavía estoy dudando de si esta vez le voy a poner zanahorias o no al guiso
cuando levanto la mirada y observo a una señora que camina despacio delante de mí.

Una señora rondando ochenta años que se desplaza
con un balanceo monótono a cada paso.
Un movimiento similar a decenas de mujeres de esa edad.
Un movimiento muy conocido
de otras muchas mujeres de mi vida.
Y -aunque camino con lentitud- aminoro aún más mi paso
y la sigo silenciosamente como en una procesión.

Por algún motivo no quiero adelantarla,
siento que cada una de sus penosas pisadas
ha sido un golpe en la vida.
Esas rodillas que apenas soportan el peso
que crujen con cada movimiento
comportan un ¡Ay! apagado que esa mujer se va tragando.

Cada centímetro de esos huesos desgastados son años,
son esfuerzos y sacrificios.
Son esperarte al mediodía con la sopa caliente en la mesa,
son ahorrar en otras cosas para que te compres ropa nueva,
son permanecer despierta hasta que aparezcas sano y salvo de madrugada,
son calentar una taza de leche y arroparte con cada gripe
y suspirar hasta que pasa la fiebre,
son desvivirse para que tengas la mejor boda,
son cuidar de tus hijos mientras trabajas
y morderse la lengua cuando ya no puede corregirte.
Son sufrir tus sufrimientos sin inmutarse.

La sigo como siguen los penitentes a la Virgen de los Dolores
cuando los costaleros la mecen bajando la calle San Francisco,
con el mismo sagrado respeto
con la misma devoción.

Porque también he conocido ese balanceo en mis entrañas
que en cada ida y venida
golpea el corazón como una pesada aldaba,
como el martillo con el que el capataz avisa a los cargadores
de que hay levantar de nuevo la carga del paso
de que hay que seguir adelante,
y no es necesario que recuerde cómo ha de hacerse
porque el costalero sabe que lo hace con todo el amor.

Porque no hay otra forma más digna de llegar al final.






3.11.16

UNA DE ACEITUNAS, POR FAVOR.

Esta costumbre tan nuestra de tapear a mí me parece que es toda una gozada.

Son múltiples las versiones sobre su origen pero yo me voy a quedar con la que me toca
de cerca, con la de los que aseguran que surgió a raíz de una anécdota protagonizada
por Alfonso XIII en su visita a Cádiz.
Antes de regresar a palacio, el monarca se detuvo en el Ventorrillo del Chato, 
venta que aún existe en la playa que lleva su nombre, entre Cádiz y San Fernando.

Alfonso XIII pidió una copa de vino de Jerez, pero no se percató de que un remolino de viento que 
se coló en el local amenazaba con llenar de arena de playa el catavinos real.
Para evitarlo, un avispado camarero se precipitó a cubrirlo con una loncha de jamón.

Cuando el rey fue a dar un sorbo, preguntó con sorpresa: "¿Qué es esto?". El mozo le contestó:
"Perdone mi atrevimiento Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en la copa".
Alfonso XIII se comió la loncha de jamón y requirió que se le sirviera otro Jerez, pero 
"con otra tapa igual". Todos los presentes rieron el ingenio real y emularon al rey pidiendo lo mismo.

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Tapear es como abrir la caja de bombones de Forrest Gump.
Entro en el bar con mi acompañante y recorro la barra con mirada de forajido,
en realidad estoy cruzando los dedos dentro de los bolsillos del abrigo
para que aparezca un hueco suficiente para dos,
una esquina incómoda o no, pero con dos buenos taburetes,
o una mesita libre en ese acogedor rincón,
aunque esté llena de migas de pan y gotas de cerveza.

Lo suyo es encontrar el sitio, tomar posesión del terreno.
Una vez logrado este objetivo, el modus operandi del tapeo no tiene reglas,
cada cual impone las suyas, como en el lejano Oeste.

Entonces, en ese intervalo en el que espero hambrienta,
el camarero viene y antes de preguntar qué me apetece
me planta delante un platito de aceitunas aliñadas,
para marcharse de nuevo a por su libreta de notas.

Tengo la manía de ver mundos dentro de otros mundos.
Por eso, mientras mi acompañante decide qué tema de conversación va a iniciar,
u observa detenidamente el ambiente del lugar,
o se queda unos minutos enganchado a la pantalla que está colgada en la pared
hipnotizado por la falta en la zona del área que va a lanzar Ronaldo,
yo me quedo colgada de ese plato de aceitunas tan variopinto:
ese juego de colores otoñales que, con tanto tacto,
mezcla los diferentes tonos de verdes y negros 
de las aceitunas hojiblanca, picual o verdial,
los rojizos del pimiento y la naranja agria,
los aromas del hinojo, el tomillo y el orégano
y la suave transparencia del ajo y la cebolla.

Comienzo el picoteo
y descubro todo un compendio de sabores entrelazados que estallan en la boca,
como ágiles acróbatas que quisieran sorprenderme con cada pirueta.

Las aceitunas son las estrellas del espectáculo, el soporte de la actuación,
porque se entienden a las mil maravillas, aun siendo tan distintas.
Se complementan y dejan que el resto de los ingredientes 
aporten su estilo y su conocimiento para completar la tapa.
La salmuera los abraza como una madre, los mantiene unidos, les hace fraternizar, los sintoniza.

Sin darme cuenta y en unos minutos,
he quedado saciada por ese aperitivo -a priori- insignificante,
y ya no es tanta la urgencia de comer otras cosas.

Pero de repente, veo en esa potente y enérgica picual, a la serena asertividad,
en la agradable hojiblanca, la necesaria comunicación,
en la dulce verdial, la apreciada simpatía,
en la recia naranja agria, el arduo autocontrol,
en el trío de ases de las hierbas, la inestimable cooperación,
en los inseparables ajo y cebolla, la solicitada empatía,
y en la fraternal salmuera, el inevitable apego.

Y descubro que a veces nos parece que tener habilidades sociales no significa nada.

Que podemos dejarnos arrastrar por los deseos de los otros,
al contrario que la picual,
que podemos escondernos en nuestro búnker y tragarnos los pensamientos,
al contrario que la hojiblanca,
o que podemos tratar a los otros con la punta del pie y pisarlos si nos apetece,
al contrario que la verdial,
que podemos decir todo lo que pensamos sin tener que medir nuestras palabras,
al contrario que la naranja,
que podemos hacerlo todo solos, sin solicitar nada a nadie,
al contrario que las hierbas,
que podemos ignorar el sufrimiento de otros, que no nos atañe,
al contrario que el ajo y la cebolla,
o que podemos vivir eternamente como islas,
al contrario que la salmuera.

Entonces me doy cuenta de que he aprendido mucho con mi tapa de aceitunas.

Cuando saboreamos la verdadera esencia de las habilidades sociales
el camino por andar es más sencillo,
porque ya no estamos solos,
porque el hambre desaparece.






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