Porque todo acaba
agotando, hasta teñirse el pelo,
es por lo que me estaba
planteando dejarme las canas.
Eso implica toda una
parafernalia:
Pasar de largo por la
puerta de la peluquería
fingiendo llegar tarde a algún sitio
o mirando a la acera
opuesta simulando que algo me llama la atención.
Recoger el cabello con
una pinza antes de levantar el trasero de la cama,
para no tener que verlo
suelto en el espejo
y ser cómplice de los
evidentes cambios de tonalidad.
Trabajar como una
descosida para no encontrar ni un minuto de asueto
que incite a salir en
busca de un nuevo look.
Todo un sacrificio.
Cuando se lo comenté a
una amiga casi se tuesta del susto.
Sus ojos quedaron
petrificados
como las brillantes
canicas con las que jugaban mi hermano y sus amiguetes en el patio
del colegio.
“Estupendo, cada cual
debe actuar según sus principios” -decía-
pero sus ojos de cristal
le delataban.
No sé,
igual es una locura y
divago etérea en el limbo que se crea
entre la realidad de
recobrar lo que queda de mí debajo de unas mechas 'cool'
y la ficción de seguir
siendo una cuqui madurita.
Reconozco que un poco de
miedo sí que da,
pero lo supera la
curiosidad de reconocer mi verdadero pelo
debajo de infinitas capas
de tonalidades distintas,
todas adaptadas a un
estado de ánimo diferente:
Ahora un castaño oscuro
para parecerme a mí misma
“¿mande?”-diría una
abuela de antes-
“que no soy yo, abuela, pero
como si lo fuera, para que no se note”
“¡Aah!”
Ahora unas mechas claras
-sin pasarse- para rejuvenecer las expresiones,
porque se va amargando el rictus de tantos avatares de la vida.
Ahora un rubio dorado en
las puntas por lo de las californianas
-no se nos vayan a
adelantar ellas- y después digan que no nos movemos.
Ahora un castaño caoba
cobrizo, que el cuerpo pide aparentar autoridad,
porque esos reflejos
rojizos sí que imponen
y no los rubios perlados
de las acaparadoras jovencitas.
En fin,
así procedía mi
abrumador debate interno,
entre volver a ser yo de nuevo después de tantos años,
volver a saludarme en la
desnudez de mis hilos de plata
y ser valiente para
desechar los artificios,
o seguir envuelta en esa
espiral de emociones que someten a los cabellos,
a la tortura de pasearse
por toda la paleta de colores que inventan los estilistas.
De repente, se produjo el
milagro...
Twitter acaba de lanzar el
hashtag #grannyhair
para dar cobertura a la
magnífica tendencia 'silver'.
¿Qué te parece?
Ahora mujeres de todas las
edades llevan el pelo cano y están guapísimas.
Se me queda cara de
gilipollas.
Definitivamente no sé si
era antes cuando no tenía personalidad o es ahora
o nunca la he tenido,
-el súmmun de la
indecisión-
porque acabo de decidir
que voy a dejarme las canas
y que ya no me da miedo.



