El recuerdo de mi madre huele a vainilla,
y cada imagen disuelta que evoco en el tiempo,
desprende ese aroma.
Huele a vainilla el sosegado verde avellana de sus ojos,
el tacto sedoso de sus coquetos rizos rubios,
el eco de su voz, lejana, llamando a la merienda.
Huelen a vainilla sus cálidas carnes blancas,
su delantal manchado,
su radiante sonrisa vestida de domingo.
Esa fragancia dulzona e intensa se impregna en mi pelo,
se duerme en mi piel, me envuelve y embriaga,
me empapa de esencia de madre.
Y la percibo a mi lado, presente.
Huelen a vainilla su entrega incondicional,
su maestría de
amar,
su costura nocturna ocultando su espera,
sus sábanas frescas en mi cama febril,
su caldito caliente.
Huelen a vainilla dos huevos orondos oteando desde un volcán
de papas.
Sus ganas de flamenco,
su posguerra en sepia,
su salón de alegría abarrotado,
su gente en el alma,
sus besos.
La vainilla recibe su nombre por la vaina de su fruto,
semejante a la de la espada.
Y no podía ser de otro modo.
LA MUJER. En mayúsculas. ELLA.
Dadora de vida, guardián de la estirpe, guerrera, sanadora.
Mamá, la abuela Pepa, la tita Pepa.
Ese perfume penetrante me unta de su fuerza y su coraje,
de su blandir de armas ante los enemigos de su casa,
de su fidelidad a la vida,
de su sobrevivir,
de su no rendirse nunca.
Me embelesa esa esencia a vainilla que perdura en el aire
que respiro.
La vainilla es una orquídea,
y la orquídea, la belleza suprema.
¿Cómo no oler a vainilla cada vez que pienso en ti?
(Poema para PEPA, de sus hijos y nietos. En el que habría sido su 86 cumpleaños)


