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11.5.19

UNA ORQUÍDEA PARA ELLA




El recuerdo de mi madre huele a vainilla,
y cada imagen disuelta que evoco en el tiempo,
desprende ese aroma.


Huele a vainilla el sosegado verde avellana de sus ojos,
el tacto sedoso de sus coquetos rizos rubios,
el eco de su voz, lejana, llamando a la merienda.


Huelen a vainilla sus cálidas carnes blancas,
su delantal manchado,
su radiante sonrisa vestida de domingo.


Esa fragancia dulzona e intensa se impregna en mi pelo,
se duerme en mi piel, me envuelve y embriaga,
me empapa de esencia de madre.
Y la percibo a mi lado, presente.


Huelen a vainilla su entrega incondicional, 
su maestría de amar,
su costura nocturna ocultando su espera,
sus sábanas frescas en mi cama febril,
 su caldito caliente.
Huelen a vainilla dos huevos orondos oteando desde un volcán de papas.


Sus ganas de flamenco,
 su posguerra en sepia,
su salón de alegría abarrotado,
su gente en el alma,
sus besos.


La vainilla recibe su nombre por la vaina de su fruto, 
semejante a la de la espada.
Y no podía ser de otro modo.
LA MUJER. En mayúsculas. ELLA.
Dadora de vida, guardián de la estirpe, guerrera, sanadora.


Mamá, la abuela Pepa, la tita Pepa.


Ese perfume penetrante me unta de su fuerza y su coraje,
de su blandir de armas ante los enemigos de su casa,
de su fidelidad a la vida, 
de su sobrevivir,
de su no rendirse nunca.


Me embelesa esa esencia a vainilla que perdura en el aire que respiro.


La vainilla es una orquídea,
y la orquídea, la belleza suprema.

¿Cómo no oler a vainilla cada vez que pienso en ti?






(Poema para PEPA, de sus hijos y nietos. En el que habría sido su 86 cumpleaños)









14.8.16

LIDIA


La primavera, cansada de tener solo tres meses de vida,
ha secuestrado a Lidia para que la saque a pasear durante el resto del año.
Da igual que sea octubre, enero o junio, que truene, llueva o hiele.

A Lidia la conocí en el aseo de un edificio público.
Cuando abrí la puerta ella estaba mirándose al espejo, retocando su peinado, recomponiendo sus 
horquillas de forma simétrica en el entramado de sus cabellos rubios.
Al verme me dedicó una sonrisa dulce, sin decir nada, en lugar de un saludo de cortesía.
Me gustó mucho más esa sonrisa que el saludo protocolario de dos extrañas en un servicio público.
Tan atareada estaba en su coquetería que, cuando abandoné el aseo, aún estaba allí colocándose 
la chaqueta e inspeccionando, ensimismada, su imagen en el espejo.
Fui entonces yo la que sonreí, antes de cerrar la puerta tras de mí.
Nada me haría sospechar que volveríamos a coincidir en un lugar común algún tiempo después 
y que ya dejaríamos de ser dos extrañas.

Cuando veo a Lidia acercarse, me la imagino atravesando un hermoso arco de flores, como el de las bodas del final de las comedias románticas, cuando los enamorados se dan el "sí quiero" rodeados de bucólicos paisajes campestres.

Lidia camina despacio porque necesita su tiempo.
Cuando la veo llegar, la imagino envuelta en una burbuja donde el tiempo no existe, donde siempre es   primavera, porque Lidia transporta la alegría y la vida impregnada en sus faldas largas y sus blusas anchas.

Ya no puede correr y por eso, aunque llegue tarde, ella se sabe excusada y se toma el tiempo necesario para sentarse. Cuando lo hace, lanza a todos una mirada de calurosa bienvenida, como si fuese ella la anfitriona de la fiesta.

No lo se con seguridad, pero intuyo que Lidia tiene más de ochenta años.
Si no fuera porque necesita el apoyo de su bastón para caminar con paso seguro.
diría que es una chiquilla pasota, que va a su ritmo, y a la que todo le refanfinfla.
Pero nada más lejos de la realidad.
porque cuando muestra su alma, ves que está totalmente conectada al mundo.

Lidia lee.
Puedes comprobar que es ilustrada porque cita a pensadores, filósofos y escritores en sus 
exposiciones, porque no deja de estudiar y aprender y porque escribe poesía.
Cuando termina de recitar uno de sus poemas, hace una mueca curiosa con la boca:
frunce reiteradamente los labios y no sabes si lo hace en un ademán de búsqueda de aprobación de los presentes o simplemente para contener esa sonrisa natural que regala a todos.
Sus poemas emergen de la vida misma, del brillo de las estrellas, del calor del amor, de las dádivas de la naturaleza. Y entre verso y verso, te habla de sus nietos, de las tareas de la casa, de las facturas del banco y de su anciano esposo.

Lidia es un compendio de contradicciones entre la edad biológica y la edad del alma, entre la cruda realidad y la poesía que nos rodea, entre lo que los otros ven de nosotros y lo que nosotros somos.
Por eso me gusta.

Lidia no es una anciana al uso. Para mí ni siquiera es una anciana.
Es un cóctel delicioso de aromas florales y yo he tenido la suerte de conocerla.




29.7.16

BLANCA




 Blanca es la sensualidad hecha mujer.

Da igual que de adolescente fuese gordita y tuviese el pelo oscuro y rizado, imposible 
de peinar como el cabello de una indígena salvaje. Ya entonces era morena y sus kilos de más
se transformaban en eróticas voluptuosidades que disimulaba perfectamente ya que, al 
hablar, su voz melodiosa y sus blancos y simétricos dientes no daban tregua a los chicos
para que reparasen en sus jóvenes imperfecciones.
Ella los enamoraba a todos, daba igual lo que hiciese, cómo se vistiese, los errores que
cometiese; engatusaba a todo ser que se ponía a su alcance, a las chicas también.
Todas querían ser las mejores amigas de Blanca y todas ansiaban su compañía.

Blanca habla dulcemente, pronunciando unas eses poco comunes en el sur y arrastra cada sonido
que emite como un lametón por el rostro de quien la escucha perplejo.
Y al hablar, todo su cuerpo zigzaguea lentamente al ritmo de sus frases, como el de la 
cobra que emerge de la cesta siguiendo la flauta del encantador. Pero es Blanca la que
 hipnotiza a todos y todos la siguen al infinito como corderos encaminados al matadero.

Sus ojos rasgados solo emanan vida y no necesita sonreír cuando te mira de frente porque 
ya lo hacen ellos solos; no sabes a qué mirar cuando quieres dirigirte a ella,
si a sus labios perfilados y juguetones o a esos ojos protagonistas.

Para contrarrestar tanta perfección Blanca podría ser mala, pero no lo es.
Quisieron los astros concederle todos esos dones y ella los recibió agradecida
pero también los devuelve. Porque paralelo a todo ese caudal de belleza corre otro río
rebosante de ternura. Amiga de sus amigos, amante fiel y eterna, entregada a su familia.
Pídele lo que quieras porque ella, desde la torre de su fortaleza, te lo concede como una 
princesa benévola, como una reina, como una diosa.

Todos se rinden a sus encantos y yo fui la primera, porque he tenido la suerte de conocerla.


12.7.16

NATALIA



A Natalia le encanta la fotografía y quiere estudiar arte.
No me resulta difícil entender que le guste captar imágenes del mundo,
porque Natalia apenas habla.
Cuando llamo su atención, me mira con ojos inexpresivos esperando con recelo mis palabras,
 no sabe qué voy a decirle, pero siento que le asusta el simple hecho de que me dirija a ella.
El ruido y la algarabía no entran dentro de sus parámetros,
nació para moverse con el balanceo de las olas y dejarse llevar por la corriente.

Natalia reacciona a todo lentamente,
hasta para sentarse diría que titubea.
La observo en sus movimientos de gatita asustada y me conmueve la fragilidad de sus ademanes. Cuando todos se desplazan vertiginosamente,
 ella permanece inmóvil en medio de la estancia esperando a que todo cese,
para poder entonces actuar.

Entiendo que quiera ser fotógrafa,
porque la imagino explorando el mundo en busca de su recóndita belleza,
concentrándose en los pequeños detalles de las cosas que pasan desapercibidas,
envuelta en el sacro silencio de la apreciación del universo,
porque así es ella, tan sigilosa,
que se me antoja translúcida.
 Creo que en realidad Natalia querría ser transparente para poder solo observar
y esperar que la vida pase, sin que nadie se percate de que está presente.

A veces intento hacerle reír porque -cuando lo logro-
intuyo que le lanzo una cuerda con la que la arrastro al presente
y cuando nos reímos juntas,
construyo un túnel de luz que nos conecta.
 Porque Natalia apenas se relaciona
aunque -también es cierto- eso no le importa demasiado.

Es inteligente pero parece torpe, porque no encaja en los estándares del planeta.
Le cuesta asimilar que haya tantas nimiedades ahí fuera que tengan sentido para tanta gente,
porque no lo tienen para ella.
Y cuando comento a otros que existen personas de una sensibilidad inusitada,
llenas de pureza pero injustamente incomprendidas,
a Natalia sus diminutos ojos se le expanden como nenúfares
 y asiente con la cabeza tan imperceptiblemente que solo yo lo detecto.
Entonces se me abre el alma y resplandece,
porque en cierto modo, sé que la estoy acompañando en su insondable existencia.

Natalia es especial, como muchos otros, y yo he tenido la suerte de conocerla.



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