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14.10.16

LA TELA DE ARAÑA



El portazo de las ocho menos cuarto deja tal reverberación en el aire,
que a Julián y Andrea les parece que el humo tenue que emerge de sus tazas de café
se dispersa por un segundo.
Después de esa leve distracción elevan sus ojos de nuevo,
para encontrar cada uno la mirada del otro frente a frente.
Son miradas apagadas, sin vida, a pesar de ser el comienzo de un nuevo día.

Julián y Andrea llevan muchos años mirándose y han experimentado la evolución hasta el declive de aquellas alegres expresiones que les llevaron a enamorarse.
Ya han discutido demasiado. Por eso ya no hablan.
Cuando Julián alza su rostro intenta encontrar en el de Andrea las respuestas a tantas incógnitas,
a tantas preguntas sin respuestas, porque Julián no entiende nada.
Cuando Andrea mira de soslayo a Julián, se le ocurren varios motivos por los que Pedro es como es. Pero no dice nada, porque tampoco está segura de que no sea ella la culpable.
Tan solo desayunan en silencio, como si estuvieran rezando.
Igual lo están, pero tampoco eso quieren demostrarlo.
Y si lo hacen, es sobre todo para no recibir otra llamada del instituto,
para tener una mañana en paz,
para que -por un día- puedan llevar una vida normal,
como tantas otras familias.

Y en ese silencio sepulcral de la cocina,
Andrea revive el dolor punzante en su pezón,
 de la primera vez que Pedro mamó de su pecho en aquella amarillenta habitación del hospital.
Aquella bolita de arcilla, tierna e indefensa en sus manos inexpertas.
Todo era ilusión, la vida era un gran proyecto.
Como si se comunicaran telepáticamente,
Julián rememora aquel instante a la entrada de la guardería
esperando a que la profesora apareciera con el pequeño de la mano,
su carita sonrosada, sus cabellos alborotados por los saltos en el patio
y sus manitas con restos de pinturas de la manualidad
que secretamente preparaba para el día del padre.

Julián y Andrea buscan y rebuscan en cada resquicio de esos recuerdos
para encontrar el motivo de tanto desasosiego,
como el campesino que encuentra un cordero desvalido,
aprisionado en una maraña de espinos
y lucha inútilmente por salvarlo.

Pedro pasó de cordero a lobo en un abrir y cerrar de ojos.

Aquel bocadillo robado en el recreo la primera vez fue una reprimenda,
un “¿por qué has hecho eso?” sin respuesta.
Un “no lo vuelvas a hacer más” sin consecuencias.
Sin hablar del valor de lo ajeno.

Aquel empujón que tiró al suelo a aquel chiquillo tímido
fue una tarde encerrado en su cuarto,
“sin ordenador”
sin una reflexión común sobre la indefensión, sin más explicaciones.

Aquella contestación mal sonante y fuera de tono al profesor delante de los compañeros,
supuso un día sin móvil -porque eso ya duele mucho-
sin una breve meditación sobre el sentido del respeto.

Aquel acoso en grupo al compañero diferente
dejó a Julián y Andrea desarmados
porque para entonces
ni se les pasó por la mente hablar de tolerancia.

Pedro ya se les había escapado de las manos.

Julián y Andrea convivían exaltados, pero todavía se hablaban,
aunque solo fuese a gritos.
Sus conversaciones no eran sino un ir y venir de acusaciones,
un “tú no le dices nada”.. un “tú lo malcrías..”
un “tú me quitas la autoridad..” un “tú te desentiendes”...
y en ese fuego cruzado Pedro huía a la calle con los colegas a cualquier hora,
para llegar tarde y extrañamente adormecido,
desafiaba los castigos estériles,
apuntaba con el dedo amenazante a la cabeza de la vencida Andrea cuando Julián se ausentaba, guardaba billetes pequeños dentro de libros polvorientos.

------------------------
Julián observa inerte el café y quiere ahogarse en él.
Andrea se traga su miedo con el último sorbo.
Hay que seguir resistiendo.
Los cómos y porqués de sus destinos viven con ellos,
como los hilos de una enorme tela de araña
tejidos por las habitaciones de la casa,
de los que no pueden escapar.

Tras el desayuno, Julián y Andrea se observan por última vez
con una mirada moribunda,
porque el “¿qué hacemos?'” es un araña perversa
que les devora lentamente.



30.8.16

EVA Y ERNESTO


Ernesto y Eva fueron niños.

Pero dejaron de jugar e intentaron ser adultos.
Probaron a abrir caminos, a crear senderos, a plantar semillas.
Ernesto y Eva se encontraron un día
y las palmas de sus manos se unieron como los amantes que se anhelan
tras el grueso cristal de la prisión.
Pensaban que eran uno... pero eran dos.

Comenzaron a hablar, a deambular despreocupados guiados por los reflejos de los astros,
a encontrar el sitio exacto del vaso donde los labios del otro habían bebido un sorbo,
a conocer la chispa que encendía la mirada cómplice,
a explorar los parajes recónditos tras los pliegues de la piel fresca,
a tocar el fondo del abismo 
y a emerger al unísono como un géiser aislado en mitad de la nieve.
Aprendieron a ser dos adultos o lo creyeron.

Pero un día Ernesto descubrió que Eva no era una muñeca y se enfureció
y Eva descubrió que Ernesto no era un espejo y se desilusionó.
Se acabó el juego antes de tiempo.
Desaprendieron a hablar, esquivaron las agujas que les lanzaba la luna a su paso,
ninguno recogió los cristales rotos de sus copas -ya sin marcas de labios-,
los cálidos paisajes se desvanecieron en sus cuerpos yermos 
y un buitre llegó.

Eva y Ernesto despertaron y no sabían dónde estaban,
porque en algún lugar de la infancia se les paró el reloj
y no habían sabido crecer.

25.8.16

CASTILLOS EN EL AIRE


Iván solo tenía siete años y era un niño tímido y ausente. 
Como vivía en una pequeña ciudad costera, cada tarde de verano, como de costumbre, sus padres le llevaban a la playa después de almorzar.
Mientras ellos tomaban el sol o leían, Iván jugueteaba en la orilla con las olas, dibujaba siluetas de animales en la arena o desenredaba su colorida cometa y corría -como alma que lleva el diablo- en dirección contraria al viento agitando sus pequeños brazos para intentar levantarla.
A veces lo conseguía y cuando más emocionado estaba, la cometa -como borracha de tanto aire- hacía de repente extraños giros, hasta caer en picado sobre una señora gorda que tomaba el sol y que lo ponía a parir completamente exaltada. Iván corría despavorido arrastrando la cometa por la arena hasta ponerse a salvo tras la tumbona de su padre. Así transcurría el tiempo, de juego en juego.
A las siete y media, se lavaba las manos para merendar un pequeño bocadillo de pan de leche y un batido de chocolate.
Le gustaba acabar la merienda porque sabía que era entonces cuando llegaba el momento de la hora mágica, y era así porque el calor no picaba tanto, la brisa era más agradable y si miraba el horizonte, el sol que le cegaba coloreaba de manchas de plata la superficie del mar. 
La bajamar dejaba al descubierto las piedras y la arena mojada y dura. 
Ese era el momento en que Iván comenzaba su rutina diaria. 

Cogía su cubo naranja, se encaminaba a buscar el enclave perfecto y después de una inspección minuciosa del terreno, cuando había encontrado el lugar idóneo, se sentaba.
Entonces, con una paciencia infinita, comenzaba a construir un fastuoso castillo.
Con sus finos dedos vertía la arena enfangada meticulosamente sobre el terreno, levantando enormes torreones dispuestos en distintos niveles. Con sus manitas construía robustas puertas de entrada. Con sus delicadas palmas y a fuerza de golpes sordos, levantaba enormes muros coronados de almenas,
que por mucho que intentara, nunca conseguía que fueran simétricas.
Y por último, con sus frágiles uñas, excavaba un foso alrededor de toda la fortificación donde habitaban fieros cocodrilos hambrientos. Solo tenía que coger su cubo y correr hasta la lejana orilla, para volver del mismo modo aproximadamente unas diez veces, hasta cubrir de agua todo el perímetro del castillo. No le pesaba.

Entonces comenzaba la aventura. 
El valiente caballero aparecía cabalgando sobre su blanco corcel para derribar la puerta principal en busca de su amada, confinada en el torreón del ala este.
Un vigía oteaba el horizonte desde una de las almenas y al avistar al caballero, le lanzaba toda suerte de flechas envenenadas que nunca alcanzaban su objetivo. El héroe, en su huída, luchaba cuerpo a cuerpo con los soldados que venían a su encuentro y en el forcejeo lanzaba a algunos a las turbias aguas del foso, donde eran devorados sin piedad por los famélicos cocodrilos.
La princesa, una vez liberada, mostraba al caballero un pasadizo secreto donde se encontraban de cara con el malvado rey que la había encarcelado, pero una vez atravesado por la espada, los amantes huían montados en el brioso corcel, perseguidos por un dragón alado que iba abrasando todo el terreno a su paso.

De pronto, el sol se ocultaba.
Iván observaba absorto como el mar se tragaba impunemente aquellos últimos rayos rojizos y una brisa más fresca anunciaba que la vuelta a casa era inminente.
Su madre aparecía de repente, lo levantaba, sujetaba su mano con firmeza y casi en volandas, lo llevaba hasta la arena seca. Iván, con uno de sus pequeños brazos extendidos por encima de su cabeza por el apretón de su madre, y sin dejar de caminar, miraba desde la distancia -por última vez- la grandiosidad de su edificación.
 Sabía que se quedaba allí abandonada, a merced de la siguiente pleamar.
Algunas gaviotas curiosas comenzaban a posar sus patas sobre las almenas con indiferencia y un perrillo revoltoso y sin dueño aparecía de repente para levantar su pata y echar una solemne meada en la ventana desde donde la princesa había lanzado su infinita trenza dorada.

Mientras su madre le pedía que se enjuagara bien los pies antes de ponerse las zapatillas, Iván aguzaba su mirada para ver que el caballero, la princesa, el malvado rey y el dragón le observaban fijamente desde el puente levadizo y -como siempre- con un movimiento lento, la diminuta mano de la princesa se alzaba para decirle adiós.

A Iván ya no le importaban las gaviotas ni el perrillo, ni siquiera la amenaza de la nueva marea, porque sabía que al día siguiente, dos horas antes de ponerse el sol, tenía de nuevo una cita ineludible con su imaginación.








8.8.16

UN INESPERADO VIAJE


Elena comenzó a caminar despacio por el andén de la estación de autobuses con su billete en la mano y, de vez en cuando, levantaba la mirada para comprobar si el número coincidía con alguno de los que aparecían en el letrero indicador de ruta de los autocares que estaban aparcados allí. Anduvo hasta el final del andén y luego recorrió el mismo camino de vuelta porque aún no había llegado el suyo.
Se sentó en un banco y esperó.

No pasó mucho tiempo hasta que vio que un autocar se detenía en el aparcamiento que se encontraba justo delante de su banco. Se levantó y comprobó de nuevo su billete y el letrero. Coincidían.
Fue entonces cuando un grupo de personas apareció de la nada y todos comenzaron a acercarse apresuradamente.
Elena era paciente, no como otros, que rápidamente entregaban sus equipajes al conductor entre empujones, para que los introdujera en el maletero del autocar y poder sentarse cuanto antes.
"¿Por qué hacen eso?"-se preguntaba-"los asientos son numerados y nadie va a ocupar ninguno que no le corresponda".
Le fastidiaba ese tipo de gente, ella tan elegante, tan comedida. Se podía permitir el lujo de mirar por encima del hombro a todos y no mezclarse con la chusma. Por eso, ella solo observaba y esperaba a que hubiese menos bullicio. Al fin y al cabo se apearía en la última parada del trayecto, con lo que daba igual en qué lugar ubicar su pequeña maleta.
Fue unos segundos más tarde cuando la vio.
De repente, de la nada, surgió aquella mujer. Era de raza negra, obesa, con una abundante melena oscura y despeinada. Llegaba tarde, arrastrando una maleta de grandes dimensiones y a Elena le llamó la atención porque entre los pasajeros que subían al autocar ella apareció como un torbellino, haciendo aspavientos con los brazos, sudando por la pesadez de sus carnes y haciéndose notar. Plantó su enorme maleta ante los pies del conductor y subió al interior del vehículo portando aún un bolso de color chillón de gran tamaño.
Elena la observaba y esperó a que aquella mujer subiera primero. De hecho esperó a que todos entrasen y fue entonces cuando entregó su maleta para luego subir al autocar.
Todos estaban sentados. Pasó por cada fila buscando el número del asiento que coincidiera con su billete y cuando al fin lo encontró no podía creer lo que vieron sus ojos.
Aquella mujer estaba sentada justo a su lado junto a la ventanilla.
Por un momento pensó que el mundo se le venía encima. Era un viaje largo y los muslos y codos de aquella señora sobrepasaban los límites establecidos e invadían sin decoro alguno, parte de su pequeño habitáculo.
"Pues vaya mala suerte"-pensó-"tuvo que tocarme a mí".
Elena se sentó y aquella mujer le dedicó una sonrisa y un "Buenos días" que Elena devolvió refunfuñando. El autocar comenzó a moverse.
El principio de un viaje largo es extraño porque uno no sabe qué hacer primero. Como el asiento de Elena daba al pasillo no podía entretenerse contemplando el paisaje por la ventanilla, y si lo intentaba se topaba enseguida con aquella mole femenina que le impedía ver nada. Por eso miraba la parte trasera del respaldo del asiento delantero, miraba al pasillo, miraba las cabezas de los otros pasajeros. Elena tuvo entonces la sospecha de que ese viaje iba a ser interminable pero se propuso no alterarse, ni mirar el reloj en demasía, así que se abstrajo en sus pensamientos y se dejó llevar.

Pasó un tiempo indeterminado y Elena recordó que antes de partir había guardado en su bolso un libro que aún no había acabado de leer. Aquello le produjo alivio, al menos leyendo el tiempo transcurriría más rápido. Y así fue, porque cuando menos se lo esperaba el autocar hizo una primera parada en un área de servicio. Levantó los ojos del libro y observó cómo muchos pasajeros bajaban a tomar un refrigerio o a estirar las piernas. Ella pensó aprovechar la parada para ir al lavabo y comprar un refresco. Guardó su libro en el bolso de nuevo y bajó.
 Como fue de las últimas en salir al final tuvo que apurar su bebida cuando vio que todos subían de nuevo. Les siguió y volvió a su asiento. Allí estaba la mujer, que también había bajado a comprar algunos aperitivos aunque no habían coincidido en la tienda.
El autobús prosiguió su ruta y antes de que Elena pudiese volver a abrir su libro oyó una voz que decía:
 "Te gusta lee, ¿verdá? porque tas llevao to el tiempo embobá con ese libro. A mí me marea lee en los viajes, en verda es que yo no leo mucho, bueno, no leo na, lo que pasa es que no tengo tiempo porque siempre hay muchas cosa que hacé en casa. Uff! y cuando termino estoy como pa ponerme a leé"

Toda esa retahíla de cosas había llegado a los oídos de Elena antes de que hubiese tenido tiempo siquiera de girar su cabeza para mirar a aquella mujerona que se dirigía a su persona sin previo aviso, sin un atisbo de educación, sin ninguna presentación preliminar. Eso vino después.

"Hola, me llamo Melinda, dime a ve ¿cómo te llama?"
Elena se sintió abrumada por tanto descaro pero no tuvo reflejos para reaccionar de otra manera
"Me llamo Elena"
"Mucho gusto, Elena ¿va mu lejo?"
"Voy hasta el final del trayecto"- respondió casi sin ganas.
"Igual que yo, ¡qué casualidá!"
Elena dejó entrever una falsa sonrisa que la hundía más en la miseria de su suerte.
Tendría que soportar a aquella mujer hasta la última parada.

"Pues como te decía,  yo no leo porque tengo un horario mu ajustao, por la mañana temprano tengo que despertá a los chicos, prepararle el desayuno y luego acompañarlo al colegio, porque Concha se levanta má temprano y tiene que está en la oficina ante de que ellos entren en la escuela. Cuando vuelvo, Pedro aún está en la casa, él no tiene prisa porque comienza su trabajo má tarde.
Le gusta desayuná solo y leé el periódico tranquilamente mientras se toma el café. Yo me quedo en casa limpiando, ordenando y luego preparo el almuerzo. Concha es muy tiquismiqui porque solo quiere que prepare ensalá, verdura y pescao a la plancha. Tiene jorná partía y luego dice que hase mal la digestión si hago guiso pesao. Está demasiao delgá para mi gusto, y lo que en realidad le ocurre es que le aterroriza cogé kilos de má. Yo le digo que eso tampoco pue ser sano, de vez en cuando tiene que comé platos con más consistencia, pero me sonríe y no me tiene en cuenta. "Eso solo para los niños-me dice-que están en edad de crecer" así que ni ella ni Pedro comen ná que tenga una pizca de grasa.
Sin embargo, a vece, cuando no pué vení a almorzar porque tiene demasiado trabajo en la oficina, Pedro me dise "Melinda, prepara bolas de Yuca que Concha no viene hoy a comer" Me lo dice como conspirando y luego me pide que le guarde el secreto. A mi me hase gracia porque siempre come lo que ella quiere y me lo tié desnutrío, al pobre. ¿sabe lo que son las bolas de Yuca?" -Elena frunció los labios y negó con la cabeza- son bolitas jecha de yuca rallá, sazoná con sal, mantequilla y aní, rellena de queso, pollo, vegetales, marisco y fritas en la sartén. Están pa chuparse los dedos. Deberías jacerla un día y comprobarlo por ti misma"

Elena solo se había presentado y no podía creer lo que estaba oyendo. Además no le gustaba hablar en los autobuses porque le obligaba a mantener su cabeza girada para atender a su interlocutor y esa postura sostenida en el tiempo le producía molestias en la espalda. No se atrevía a preguntar nada por no dar pie a otros quince minutos de monólogo ininterrumpido y por eso sonrió levemente y volvió a mirar el respaldo del asiento delantero. Sin embargo se sentía incómoda. Había dejado a aquella mujer casi con la palabra en la boca y muy a su pesar volvió a girar la cabeza para decir:
"¿De dónde es usted?" - Melinda vio el cielo abierto
"¡Anda mujer! no me llame de usted que me jase sentí má vieja! y soltó una carcajada tan sonora que hizo que los pasajeros cercanos volviesen sus miradas hacia las dos, lo cual hizo a Elena ruborizarse y querer esconderse en los bajos del asiento.
"Soy de la República Dominicana - continuó - vine a España hase un par de años a buscá trabajo porque en mi paí no tenemo prácticamente na pa comé. La risa se le apagó de repente. Allí tengo a mi familia y a mi sijos, lo que gano trabajando en España lo envío allí para que ellos puean viví"
"Y ¿cuándo vas a verlos?"
"No pueo ir tan a menudo como yo quisiera porque el viaje cuesta mucho dinero, solo cuando consigo reuní uno ahorrillo. Mientras tanto les envío lo que pueo. Ahora precisamente vengo de allí. Les echo mucho de menos pero ahora sé que están bien y eso é lo importante, mi sueño e que algún día la situación mejore en mi paí y yo pueda volvé pallá".

A Elena se le hizo un nudo en la garganta en ese momento. Giró su cabeza e intentó hacerse la distraída para que Melinda no notase que sus palabras le habían afectado.
Se volvió a hacer el silencio.

Pasó un tiempo y la monotonía de la repetición de paisajes, el soniquete monocorde del vehículo y los interminables minutos hicieron que Elena cayese en un sueño profundo e inesperado.
Al despertar un par de horas más tarde miró su reloj, su cabello estaba despeinado por la postura extraña que había tenido que adoptar en su asiento para acomodarse, un leve hilillo de baba caía despreocupado por la comisura izquierda de su labio y el maquillaje se le había corrido de manosearse inconscientemente.
Cuando despertó bruscamente se apercibió de su estado y se apresuró a adecentarse por lo incómodo de la situación. Ella tan recatada, tan formal, tan discreta. Una vez hecho el primer movimiento oyó una voz:
"Tas quedao dormía un buen rato, eh? Al meno ha podío descansá, yo apenas pueo moverme en este sitio tan pequeño. No entiendo por qué no hacen los autocare má grande. Pero bueno, tampoco importa demasiao porque estoy bastante despierta, ya podré dormí cuando llegue a la casa. A veces me cuesta mucho dormí aunque esté muy cansá porque estoy siempre pensando en mi sijos y en mi paí".
"¿Cómo es tu país? -preguntó Elena.
"Mi paí es mu hermoso. Tiene unas playa de arena blanca y aguas cristalina, lago de agua salá y unas montañas con una vegetación exuberante. Hace sol to el año y nos gusta recibí a los turistas y ofrecé nuestra hospitalidad. ¡Ay! -suspiró-pero también e mu pobre. Ojalá nunca me hubiera tenido que marchá de allí pero quiero que mi sijos tengan la oportunidá de estudiá y salí adelante. Son pequeños aún y si no le ayudo tendrán que abandoná la escuela y ponerse a trabajá en el campo o en algo peor y yo no quiero eso pa ellos. ¿Tú tiene sijos?"-inquirió
"Sí -contestó Elena- tengo una hija adolescente"
"Seguro que la quiere mucho y ella también a ti" -comentó Melinda- "tienes cara de sé buena persona"
Aquellas palabras descolocaron a Elena ¿en qué momento y por qué motivo aquella mujer podía intuir que ella era una buena persona? ¿Por qué lo decía? Tenía la sensación de que Melinda la veía como quien hace una radiografía, que no se paraba en sus ojos, sino que le hablaba directamente al corazón"
"Entonces no eres feliz aquí, supongo" - preguntó Elena
"Que va! to lo contrario, soy mu feliz. Mi familia aquí me trata con respeto y me tienen mucho cariño, para ellos soy una má de la familia. Pedro siempre me dice que guiso mejó que su mujé y que le cuido mucho" -dijo bajando la voz- "siempre está bromeando y e mu charlatán. Le encanta contá chiste durante las comida. Concha me respeta y deja que organice las cosa a mi gusto, a veses viene a casa con una blusa que ha visto en alguna tienda y que le ha gustado pa mí, los niños me adoran, le encanta que le cuente historias curiosa de mi paí. En realidad estoy mu bien aquí pero tengo el corazón dividío, e mu difícil de explicá".

Llegado a este punto Elena ya se había desarmado. También ella había quedado colgada de aquella historia y ahora sentía que se encontraba muy a gusto al lado de aquella mujer.

El tiempo había transcurrido mucho más rápido de lo esperado y muchos de los pasajeros ya se habían apeado en las distintas paradas. De repente Elena se dio cuenta de que quedaban escasos veinte minutos para llegar al destino. Entonces miró a Melinda y vio como ésta abría su enorme bolso chillón y empezaba a rebuscar en su interior hasta sacar un pequeño neceser. Abrió un paquete de toallitas refrescantes y comenzó a limpiar su cara y sus manos. Al ver que Elena la observaba le ofreció un par de toallitas que Elena aceptó agradecida. Luego sacó un peine y comenzó a alisar su encrespado cabello para luego recogerlo minuciosamente en una frondosa trenza negra que adornó con un lazo rojo. Recogió los pequeños cabellos rebeldes que quedaban sueltos a ambos lados de su cabeza con horquillas doradas. Después sacó de un pequeño estuche una sombra de ojos verde con la que llenó de colorido su tez morena y una barra de labios con la que iluminó de rojo pasión sus carnosos labios aborígenes. Por último sacó un pequeño frasco de colonia con la que perfumó su cuello y su enorme pechera. Cuando acabó de acicalarse miró a Elena y le sonrió:

"Quiero está presentable ante mi familia, vienen a buscarme. Acabo de llegá en avión desde mi paí y traigo una botella de buen ron pa Pedro, café pa Concha y un paquete de cacao pa los niños. Estoy deseando ve la cara que ponen" sonrió achinando sus enormes ojos de almendra negra.

Para entonces, a Elena le pareció que Melinda era tremendamente bella, ahora que de verdad la miraba de cerca y la conocía.

El autocar llegó a su destino por fin. Frenó en la última parada y los pocos pasajeros que quedaban comenzaron a descender y a recoger sus equipajes. Elena bajó, recogió su maleta, se acercó a Melinda -que también había bajado ya- para estrechar su mano, pero se vio de repente rodeada por aquellos brazos acogedores que se fundían con ella en un entrañable abrazo. Ambas se despidieron deseándose lo mejor.
Pero antes de partir Elena observó que en la acera había una pareja joven con dos niños de corta edad que agitaban sus brazos y alzaban sus voces para llamar la atención de Melinda. Cuando ésta se percató de su presencia corrió hacia ellos y todos la abrazaron entre sonrisas dándole la bienvenida.

Fue entonces cuando Elena se dio cuenta de que nadie había venido a recibirle.
Aferró el asa de su maleta y comenzó a caminar por la acera en dirección a casa.





16.7.16

¡Vaya con el duendecillo!


Hay un día en nuestras vidas en que un duende aparece de repente. Un sujeto travieso. Lo imagino con grandes orejas y ojos saltones, juguetón, que mientras estás dormida comienza a pellizcarte en el estómago tan insistentemente que si te descuidas, horada tu piel hasta alcanzar tus entrañas.
No te lo puedes quitar de encima. Ese duendecillo revolotea por tu cabeza, te susurra cosas al oído cuando duermes, prende las puntas de tu pelo y tira de ellas como el que intenta frenar a un potro desbocado. No ceja en su empeño ni te deja vivir hasta que consigue que te levantes, te pongas seria y le digas a tu pareja: “quiero tener un hijo”. El otro -al que el duendecillo igual ha ignorado porque el tiempo que ha empleado contigo no le ha dejado un instante para atosigarle- te mira estupefacto y ya -dependiendo de las vicisitudes de la vida- se tira contigo a la piscina o se tira desde un puente.
El instinto es el instinto, no puedes ignorarlo.

De repente te ves cambiando pañales, insomne por las noches -no ya por el duendecillo, que el muy cabroncete ahora duerme a pierna suelta-sino por aquella cosita tierna e indefensa que te reclama. Te preguntas cómo de aquella bola rechoncha puede salir un alarido tan descomunal, pero para entonces ya se te ha tatuado en la frente la frase “quien no llora...”

Parpadeas un par de veces y ya lo estás llevando de la mano hasta la puerta del colegio por primera vez, pero a quien le tiemblan las piernas es a ti, quien tiene un nudo en la garganta eres tú.
Le revisas de arriba a abajo mil veces como si sospecharas que lleva droga, pero en realidad lo que
compruebas es que lleva la bolsita de cuadros con su bocadillo, que va bien peinado, que no se le olvida la rebeca por si a la profesora le da por ventilar la clase y te coge un resfriado, que no lleva las marcas del Cola Cao en las comisuras -como es tan lento, se lo ha tenido que beber de un trago en el último minuto-, miras por última vez esa carita de ángel y te despides con un beso pegajoso como si se lo llevaran al matadero.

Llegas a casa, te relajas un poco en el sofá y te quedas dormida.
Te despiertas de un sobresalto porque se te ha pasado la hora y tienes que ir a recogerle. Cuando llegas a la puerta del instituto ves que el autobús está llegando en ese preciso momento ¡Menos mal! . Ahí está, viene flipando con el viaje, te endosa de un empujón la mochila y la maleta y empieza a contarte, en una sola frase sin comas ni puntos, lo que se ha reído por las noches correteando por las habitaciones del hotel con los compañeros, y lo guay que era la montaña rusa con triple looping del parque de atracciones, y lo aburrido que era el museo pero que te ha comprado un regalito en la tienda que te va a encantar.
Y tu respiras porque ha regresado bien, no tiene ni un rasguño y te ríes para tus adentros de ver esa energía que desprende incluso después de 15 horas en el autobús, se ve que ha dormido aunque haya sido enroscado en su asiento como una serpiente.

Llegáis a casa, dejáis las maletas en el cuarto y empiezas a preparar el almuerzo.
Cuando la cebolla del sofrito ya está caramelizada y el tomate se ha deshecho entre los dorados dientes de ajo comienzas a añadir el arroz
“dos puños por persona y uno de regalo para la olla” -decía tu madre.
Entonces se te acerca, te da un beso en la mejilla y exclama. “Mmm, huele bien” algo te dice que su voz es melosa, aún más que la cebolla que revuelves con delicadeza, le miras y te comenta : “tengo que decirte una cosa, me han quedado dos asignaturas este curso” es que la Universidad está fatal, no te dicen nada hasta el último momento, yo estaba convencido de que había hecho los exámenes perfectamente”
y te descubres escuchándole con una ceja más alta que otra y la comisura derecha de tus labios apretada. “Bueno, pues habrá que recuperar eso, ¿no? -le interpelas.
“Pues claro! No te preocupes, en septiembre las saco con buena nota, te lo prometo”
Y ya en la mesa exhalas un profundo suspiro antes de meterte en la boca la primera cucharada de paella.

La tarde ya la tienes cubierta porque has pensado que vas a ir al súper.
No queda casi nada en la despensa ni en la nevera así que hoy le vas a dedicar un buen rato y vas a traer un poco de todo.
Cuando llegas a casa y empiezas a sacar los productos de las bolsas te frenas ante los paquetes de pasta y el queso rallado. Hasta ese momento no te has dado cuenta de que no estás segura de si él come pasta o se ha puesto a régimen, porque desde que vive solo ya le van preocupando esos pequeños pliegues que aparecen sobre el cinturón cuando se sienta a ver una película en el sofá de su casa.
“Bueno, -te dices- lo dejo en la despensa para cuando venga un fin de semana. Le voy a preparar una lasagna de chupetearse los dedos y luego, si quiere, que se cueza él sus verduras”.

Ahora, cuando te sientas un ratito en la terraza, el duendecillo-con algunas canas más- aparece de nuevo y te mira con ternura. Se sienta en tu hombro y apoya su diminuta cabeza en tu cuello.
Esta vez decide hablarte para decirte que todo está bien, que ya hay otro árbol creciendo, dando frutos y sombra fresca, que el ciclo de la vida continúa. Ahora tienes tiempo de ir a clase de bachata o de pensar en viajar más a menudo y ya no tienes por qué hacer ollas grandes de puchero.

Pero si te reconcomes cuando ves que pasas innecesariamente por la puerta de su cuarto vacío y te sientes un pelín más apagada, el duendecillo entonces aparece de repente, sujeta con sus minúsculas manos tu barbilla y te mira fijamente a los ojos para decirte que no estés triste, porque ya mismo se marcha él a importunar a cierta chica que conoce.


Así que, en menos que canta un gallo, ya estás ayudando a esa primeriza a cambiar pañales otra vez.



10.7.16

ES QUE HACE UN CALOR...




Ya llegó el verano,
y aquí en el sur ya comienzan a derretirse las farolas. Las respiraciones se entrecortan, los abanicos bailan a dúos y a veces a coro, el levante agrieta las epidermis a lametazos, las carnes afloran con o sin michelines, eso da exactamente igual y no queda sino un solo remedio a tanto sofocante desasosiego. 
“Pablo, coge la sombrilla, Pepe, tú llevas la nevera, Marta, no olvides la tabla de surf que ya he terminado los bocadillos y nos vamos a la playa”.

Y llegan a la playa.
Una vez el cabeza de familia ha avistado la posición ideal para un asentamiento hasta el ocaso, como si de la táctica militar blitzkrieg se tratase, cada miembro ataca por un flanco en cuestión de segundos: Pablo clava el palo de la sombrilla sin ni siquiera hacer el agujero, sólo para marcar el terreno, y mientras comienza a girarlo, Pepe, el padre, ya ha dejado caer la pesada nevera como una carga de profundidad a unos cuantos metros para ir delimitando el territorio. Mientras tanto la tabla ya viene deslizándose como un torpedo hacia el flanco opuesto de la sombrilla y se va creando el círculo. Para cuando se frena en el sitio justo -lanzando un chorro de arena a la parejita que está plácidamente tostándose a unos centímetros- Carmen ya ha culminado el asedio colocando dos enormes bolsas de toallas y bocatas en el centro . Una vez conquistado el territorio, ya no hay marea alta que lo reconquiste, porque la guerrera familia – avistando que algunas olas camufladas bajo la espuma van acercándose peligrosamente- se encargan antes de levantar una elevada muralla de arena mojada y cantos rodados en toda la periferia del enclave. Son los putos amos, allí no entra nadie, ni Poseidón que hubiera salido un rato a echar una cana al aire.

Y ahora a disfrutar.
A refrescarse en el mar, a ponerse moreno, a echarse un campeonato de palas, a comerse el bocata de tortilla y a olvidarse del jefe por un rato.
Cuando el sol dice que ya está bien, que ya ha trabajado bastante por hoy y que el también tiene derecho a descansar, cierra el chiringuito. Los niños dan de patadas a la muralla chino-andaluza
-cosa que estaban deseando hacer desde horas antes-, Pepe se regocija de que al menos la nevera ya no pesa, pero le dura poco porque antes de que eche a andar, Carmen ya le ha endosado las dos bolsas llenas de toallas húmedas y de conchas de diversos tamaños y colores. “Es que me he quemado los hombros- dice con cara de pillina- y eso que me he puesto factor 50”. Pepe la mira incrédulo, pero está tan guapa con las mejillas sonrosadas que no puede decirle que no.
Todos llegan a casa exhaustos, satisfechos de su hazaña.
Los niños caen rendidos después de una cena ligera y Pepe guiña a Carmen insinuando si todavía quedarán fuerzas para una batallita más.

Carmen sonríe a la mirada pillina de Pepe porque tampoco puede decirle que no.



3.7.16

Manual de instrucciones para PISARLE EL RABO AL DIABLO




Son de sobra conocidas las triquiñuelas que el innombrable urde para torcer las intenciones de los inocentes mortales, convertirles en meros títeres de la maldad y asegurarse así un número considerable de almas a las que poder chamuscar y hacer vagar por los eternos pasadizos sin retorno que se desvían del célebre túnel de luz.
Es por eso por lo que el finado, sabiéndose estafado, desee encontrar cuanto antes su guarida para ajustar cuentas.
Para ello es aconsejable seguir las instrucciones que a continuación se enumeran:
En primer lugar se han de desarmar los músculos, acomodarlos, olvidarse de ellos y centrarse en las expresiones faciales. Seguidamente se dejan los labios entreabiertos, laxos y se fija la mirada en cualquier esquina del techo procurando que los párpados queden medio cerrados, dubitativos, como el anciano transeúnte que vacila ante un paso de cebra sin semáforo. Esta expresión de seguro que cohibe a los presentes.
A continuación el flujo y reflujo de aire a través de la bobalicona boca ha de cesar de inmediato.

Una vez superado este punto se encontrará usted de repente en boca de lobo, entonces se habrán de agitar los brazos como apartando moscas, mientras las temblorosas y translúcidas extremidades inferiores tantean un piso sin suelo.
Ha de lanzarse un alarido de terror cada cierto tiempo, ad libitum, a la vez que las cuencas oculares como encendidas canicas de cristal deben querer escapar buscando el final de la nada.
Una vez se haya llegado a la estancia donde los purpúreos reflejos y la emanación de vapores adviertan que se ha alcanzado el centro mismo del objetivo, es necesario ojear la sala hasta encontrar una humeante figura cuya sonrisa socarrona le invite a entrar.
Se debe dirigir con paso firme hasta su presencia y una vez allí se extiende una mano solícita para cerrar el trato engañoso propuesto en la vida anterior.
Cuando la figura acerque su descarnada garra y estreche su mano de usted mientras exhala una hueca risotada de regusto, se han de apretar los ardientes dedos y sin dar tregua se tiran de ellos con vehemencia hasta que sus chamuscados cabellos tengan un vis a vis con los puntiagudos cuernos del maligno.
Entonces y solo entonces, en esos segundos de detención, uno de sus espectrales pies se elevará de súbito y caerá con toda fuerza sobre el flechado extremo del diabólico rabo retorciendo la puntera como si del aplastamiento de una cucaracha se tratase.

Este proceso no garantiza el retorno al túnel de luz, pero podrá usted achicharrarse infinitamente más a gusto.



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