Ernesto y Eva fueron niños.
Pero dejaron de jugar e intentaron ser adultos.
Probaron a abrir caminos, a crear senderos, a plantar semillas.
Ernesto y Eva se encontraron un día
y las palmas de sus manos se unieron como los amantes que se anhelan
tras el grueso cristal de la prisión.
Pensaban que eran uno... pero eran dos.
Comenzaron a hablar, a deambular despreocupados guiados por los reflejos de los astros,
a encontrar el sitio exacto del vaso donde los labios del otro habían bebido un sorbo,
a conocer la chispa que encendía la mirada cómplice,
a explorar los parajes recónditos tras los pliegues de la piel fresca,
a tocar el fondo del abismo
y a emerger al unísono como un géiser aislado en mitad de la nieve.
Aprendieron a ser dos adultos o lo creyeron.
Pero un día Ernesto descubrió que Eva no era una muñeca y se enfureció
y Eva descubrió que Ernesto no era un espejo y se desilusionó.
Se acabó el juego antes de tiempo.
Desaprendieron a hablar, esquivaron las agujas que les lanzaba la luna a su paso,
ninguno recogió los cristales rotos de sus copas -ya sin marcas de labios-,
los cálidos paisajes se desvanecieron en sus cuerpos yermos
y un buitre llegó.
Eva y Ernesto despertaron y no sabían dónde estaban,
porque en algún lugar de la infancia se les paró el reloj
y no habían sabido crecer.

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