11.8.16

MEDALLAS DE ORO






Hoy he visto una Nereida morder un sol de oro.

Mireia se llama, algunos dicen que su nombre viene del latín Mirus/Mira cuyo significado es "digno de admiración". Si ese es el origen de su nombre, en verdad ella le hace todos los honores.
He visto en su mirada el color de ese campo de batalla donde ha luchado y también he visto ese agua -donde se ha dejado el alma- brotar de sus ojos cuando ha escuchado su himno.
Mireia ha sucumbido a la emoción y yo con ella. 
Porque he compartido su victoria, porque he conocido otras batallas y porque también he vencido.

Todos tenemos nuestras medallas que morder, pero a veces no somos conscientes de ellas porque nadie nos aplaude, porque nadie nos observa, porque no hay un podium donde subirnos.
Sin embargo, a veces reconocemos nuestro esfuerzo en el empeño de otros, reconocemos todo lo que hemos dejado en el camino en los sacrificios de otros y reconocemos el sabor dulce de la recompensa en las victorias de otros.

Estoy feliz por Mireia y por todos aquellos que logran cumplir sus sueños con el trabajo diario, con la constancia, la ilusión, la tenacidad, el sacrificio y la pasión.

Y es que, a menudo, pensamos que no hemos hecho nada especial en la vida, que no hemos alcanzado metas gloriosas, que no hemos destacado en nada y lo que es peor aún, que nunca lo haremos.
¡Qué equivocados estamos!

Sólo tenemos que cerrar los ojos, mirar un momento en nuestro interior y veremos brillar todas las medallas de oro que hemos conseguido. Están ahí, en todas esas pequeñas-grandes cosas que hemos hecho con el sudor de nuestra frente y que han pasado desapercibidas para los demás, 
pero que nos convierten en verdaderos campeones.

Entonces es el corazón el que nos aplaude y ya tenemos de nuevo la fortaleza para seguir luchando.
Para poder morder otro sol de oro.



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