5.8.16

ODA A LA PISCINA




La hora de una corrida de toros en marzo. 
La misma calma tensa.
 Una siesta imperfecta me incomoda y marea. 
Levanto mis párpados -pesados como yunques- y te veo silente, inmóvil, 
como una lagartija durmiente en la roca árida.
Mientras dos gotas salinas recorren mi frente huyendo despavoridas del sofoco del verano, 
te miro desafiante desde mi tumbona.
 Estás ahí y empiezas a sonreírme con hilillos de plata que los rayos del sol ardiente dibujan en tu superficie. Me llamas como un retoño dulce del mar, transparente: 
"Ven a volar a mis entrañas, que estoy gélida y doy vida". 
Y cuando ya me has seducido, me incorporo torpemente y camino sonámbulo a tu encuentro. 
Me arrodillo ante las ondas frescas para acariciar tu cristalino cabello y es entonces cuando, 
de repente, un alarido rompe la magia
"¡¡Boooooooomba!!" 
y un orondo, mondo y lirondo ser te invade a bocajarro, sin pedir permiso, sin cortejarte. 
Mientras tus tentáculos brillantes terminan de esparcirse por el césped colindante y aquel descarado inquilino emerge del fondo amenazante como un kraken, yo quedo allí al borde de tus caderas, ensopado de ti y completamente frustrado por este coitus interruptus.
Ya no tengo calor.
Bueno, al fin y al cabo, de eso se trataba.



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