30.8.16

VIAJE A LOS SENTIDOS




Me fascina viajar en tren en verano.
El mero hecho de subirme al vagón y sentarme junto a la ventanilla, me produce una sensación placentera de soltar lastre. Y cuando el tren arranca, un cosquilleo recorre todo mi cuerpo como si estuviese encarando lentamente la primera subida escarpada de una gran montaña rusa.
Coloco todos mis trastos en la mesita al uso: libros, ipod, teléfono, cuaderno, portátil, porque en el tiempo que dura la travesía me gusta tener la libertad de dejarme llevar por mis apetencias: ahora leo un poco, ahora escucho música, ahora duermo un rato o hablo con mi familia o amigos, ahora escribo alguna ocurrencia, o me hago una foto, ahora veo la película o voy a la cafetería y me tomo un refrigerio, ahora doy un paseo entre vagones simulando que busco a alguien para estirar las piernas. Yo que sé...como mentalmente no puedo estar quieta, el tren ofrece todas esas alternativas a mi estado de ánimo. Simplemente no desconecto.

Pero si cruzo el país, entonces aparto todos los cachivaches, pego mi nariz al cristal  y me embeleso al observar cómo se transforma el paisaje. Cómo se aleja la costa fresca y azul a la que pertenezco, cómo el aire húmedo y salobre se va quedando rezagado en las marismas y -entretenido en las altas pilas blancas de las salinas- se despide de mí con una brisa, hasta que le pierdo de vista por completo.
Se sucede entonces, un ensortijado de tierras de cultivo, arboledas y caseríos aislados en la campiña.
Un entramado de combinaciones de tonos variopintos entre el verde y el naranja que mantiene mi atención despierta por el colorido de la estampa.

Más adelante, a medida que el tren penetra en las tierras centrales, los amarillos se empoderan, aparecen las llanuras cálidas de las tierras centrales y el aire se torna seco y huraño. 
Los terrenos áridos parecen eternos, se suceden los campos de cultivo como tableros de ajedrez multicolor, alternando sus cosechas con las tierras que descansan en barbecho.
 Las casas blancas parecen perdidas entre colinas yermas.

Poco a poco, según el tren avanza, el terreno va mutando sus infinitos tonos de verde hasta que aparece la exuberancia de una vegetación más frondosa y fresca, fruto de la humedad constante del norte, que transforma los paisajes en visiones de ensueño.
El aire se torna lozano de nuevo, una frescura que despierta los sentidos.

Esta variedad de climas y paisajes se presenta como un abanico de pinceladas que va modelando mi ánimo.
Y si bajo del tren y conozco a las gentes que habitan esos territorios se produce la metamorfosis.
 Porque me cautiva bucear en esas nuevas culturas y empaparme de sus costumbres, entender otros puntos de vista, asombrarme en el proceder de otros pueblos.
No me abandono, porque también entrego lo que soy,  lo que llevo de mi tierra y lo comparto.
Tengo el vicio de aprender eternamente y de llevarme lo bueno que otros paisanos tengan a bien regalarme.
 Porque al conocer y aprender, comprendo cosas y al comprenderlas puedo convivir con ellas en paz.

Cuando vuelvo de un viaje largo tengo la sensación de que he crecido y de que he indagado en todos esos otros "yo" que desconozco, los "yo" que no soy, pero que podría haber sido si hubiese nacido en todos esos lugares. Después de ser a la vez testigo y parte activa de toda esa riqueza natural y humana, me abruma pensar quién podría llegar a ser después de haber viajado por todo el mundo.


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