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25.8.16

CASTILLOS EN EL AIRE


Iván solo tenía siete años y era un niño tímido y ausente. 
Como vivía en una pequeña ciudad costera, cada tarde de verano, como de costumbre, sus padres le llevaban a la playa después de almorzar.
Mientras ellos tomaban el sol o leían, Iván jugueteaba en la orilla con las olas, dibujaba siluetas de animales en la arena o desenredaba su colorida cometa y corría -como alma que lleva el diablo- en dirección contraria al viento agitando sus pequeños brazos para intentar levantarla.
A veces lo conseguía y cuando más emocionado estaba, la cometa -como borracha de tanto aire- hacía de repente extraños giros, hasta caer en picado sobre una señora gorda que tomaba el sol y que lo ponía a parir completamente exaltada. Iván corría despavorido arrastrando la cometa por la arena hasta ponerse a salvo tras la tumbona de su padre. Así transcurría el tiempo, de juego en juego.
A las siete y media, se lavaba las manos para merendar un pequeño bocadillo de pan de leche y un batido de chocolate.
Le gustaba acabar la merienda porque sabía que era entonces cuando llegaba el momento de la hora mágica, y era así porque el calor no picaba tanto, la brisa era más agradable y si miraba el horizonte, el sol que le cegaba coloreaba de manchas de plata la superficie del mar. 
La bajamar dejaba al descubierto las piedras y la arena mojada y dura. 
Ese era el momento en que Iván comenzaba su rutina diaria. 

Cogía su cubo naranja, se encaminaba a buscar el enclave perfecto y después de una inspección minuciosa del terreno, cuando había encontrado el lugar idóneo, se sentaba.
Entonces, con una paciencia infinita, comenzaba a construir un fastuoso castillo.
Con sus finos dedos vertía la arena enfangada meticulosamente sobre el terreno, levantando enormes torreones dispuestos en distintos niveles. Con sus manitas construía robustas puertas de entrada. Con sus delicadas palmas y a fuerza de golpes sordos, levantaba enormes muros coronados de almenas,
que por mucho que intentara, nunca conseguía que fueran simétricas.
Y por último, con sus frágiles uñas, excavaba un foso alrededor de toda la fortificación donde habitaban fieros cocodrilos hambrientos. Solo tenía que coger su cubo y correr hasta la lejana orilla, para volver del mismo modo aproximadamente unas diez veces, hasta cubrir de agua todo el perímetro del castillo. No le pesaba.

Entonces comenzaba la aventura. 
El valiente caballero aparecía cabalgando sobre su blanco corcel para derribar la puerta principal en busca de su amada, confinada en el torreón del ala este.
Un vigía oteaba el horizonte desde una de las almenas y al avistar al caballero, le lanzaba toda suerte de flechas envenenadas que nunca alcanzaban su objetivo. El héroe, en su huída, luchaba cuerpo a cuerpo con los soldados que venían a su encuentro y en el forcejeo lanzaba a algunos a las turbias aguas del foso, donde eran devorados sin piedad por los famélicos cocodrilos.
La princesa, una vez liberada, mostraba al caballero un pasadizo secreto donde se encontraban de cara con el malvado rey que la había encarcelado, pero una vez atravesado por la espada, los amantes huían montados en el brioso corcel, perseguidos por un dragón alado que iba abrasando todo el terreno a su paso.

De pronto, el sol se ocultaba.
Iván observaba absorto como el mar se tragaba impunemente aquellos últimos rayos rojizos y una brisa más fresca anunciaba que la vuelta a casa era inminente.
Su madre aparecía de repente, lo levantaba, sujetaba su mano con firmeza y casi en volandas, lo llevaba hasta la arena seca. Iván, con uno de sus pequeños brazos extendidos por encima de su cabeza por el apretón de su madre, y sin dejar de caminar, miraba desde la distancia -por última vez- la grandiosidad de su edificación.
 Sabía que se quedaba allí abandonada, a merced de la siguiente pleamar.
Algunas gaviotas curiosas comenzaban a posar sus patas sobre las almenas con indiferencia y un perrillo revoltoso y sin dueño aparecía de repente para levantar su pata y echar una solemne meada en la ventana desde donde la princesa había lanzado su infinita trenza dorada.

Mientras su madre le pedía que se enjuagara bien los pies antes de ponerse las zapatillas, Iván aguzaba su mirada para ver que el caballero, la princesa, el malvado rey y el dragón le observaban fijamente desde el puente levadizo y -como siempre- con un movimiento lento, la diminuta mano de la princesa se alzaba para decirle adiós.

A Iván ya no le importaban las gaviotas ni el perrillo, ni siquiera la amenaza de la nueva marea, porque sabía que al día siguiente, dos horas antes de ponerse el sol, tenía de nuevo una cita ineludible con su imaginación.








5.8.16

ODA A LA PISCINA




La hora de una corrida de toros en marzo. 
La misma calma tensa.
 Una siesta imperfecta me incomoda y marea. 
Levanto mis párpados -pesados como yunques- y te veo silente, inmóvil, 
como una lagartija durmiente en la roca árida.
Mientras dos gotas salinas recorren mi frente huyendo despavoridas del sofoco del verano, 
te miro desafiante desde mi tumbona.
 Estás ahí y empiezas a sonreírme con hilillos de plata que los rayos del sol ardiente dibujan en tu superficie. Me llamas como un retoño dulce del mar, transparente: 
"Ven a volar a mis entrañas, que estoy gélida y doy vida". 
Y cuando ya me has seducido, me incorporo torpemente y camino sonámbulo a tu encuentro. 
Me arrodillo ante las ondas frescas para acariciar tu cristalino cabello y es entonces cuando, 
de repente, un alarido rompe la magia
"¡¡Boooooooomba!!" 
y un orondo, mondo y lirondo ser te invade a bocajarro, sin pedir permiso, sin cortejarte. 
Mientras tus tentáculos brillantes terminan de esparcirse por el césped colindante y aquel descarado inquilino emerge del fondo amenazante como un kraken, yo quedo allí al borde de tus caderas, ensopado de ti y completamente frustrado por este coitus interruptus.
Ya no tengo calor.
Bueno, al fin y al cabo, de eso se trataba.



26.7.16

EVOCACIÓN


Me encanta pasear en verano por la playa con la marea baja.

Las escurridizas olas dejan al descubierto pequeñas piedras de inauditas apariencias y colores.
Es complicado caminar entre ellas y ,a veces, cuando intento sortearlas para no herir mis pies desnudos, aparecen frente a mí el suelo de un patio de colegio o una acera de aquella calle, donde unos pies pequeños y ágiles saltan a la pata coja de número en número.
Mis pies ya no son tan pequeños ni tan ágiles pero me gusta pensar que entre esos cantos rodados, brillantes por la humedad y la luz del sol, también se esconde un tesoro. Si me inclino para coger uno azul, una concha multicolor o un trozo de cristal romo por la erosión, veo una mano pequeña, delgada, guardando en un cubo decenas de piedras brillantes -a cuál más deslumbrante- para luego, en casa, durante la tarde fresca de verano, imaginar sola en la habitación qué hermosas alhajas hacer con aquellas piedras preciosas.

Qué difícil es andar lo andado tantas veces sin rebobinar los años.

Porque la playa es eterna, siempre es la misma, pase el tiempo o no.
Mientras camino por la orilla, dejando que las olas rompan osadas sobre mis piernas y me salpiquen miles de gotas frescas y juguetonas que vienen a saludarme, veo a una joven esbelta y saltarina golpear con fuerza, de un izquierdazo, a la pequeña pelota amarilla que, exhausta de tanto embate, muere a mano de dos jóvenes incansables. La veo jugar a las palas durante horas con el agua a la cintura, haciendo piruetas, saltando, cayendo y levantándose empapada de esa agua salada que se compincha con los rayos del sol para tostar su piel con tal intensidad, que en la noche sus ojos parecen dos esmeraldas perdidas -como faros- en su rostro moreno.

Cuando me siento en la orilla y hundo mis dedos con dificultad en una arena que se resiste a ser fisgoneada y consigo por fin juguetear con ella, veo a aquella muchacha tímida tumbada plácidamente en un ademán coqueto junto a aquella lozana figura masculina y veo como una ola enérgica y avispada la empuja, le sobrepasa y le impide levantarse mientras a su lado él se ríe sin cesar a carcajadas por lo torpe que ha sido al dejarse vencer tan fácilmente.

Pasear por la playa te invita a evadir problemas, a embriagarte con el olor de algas, a contemplar el gozo de los otros, a dejarte llevar, pero ¿a dónde?
Sin darte cuenta el entorno te lleva de nuevo a allí mismo, viajando en el tiempo y de repente ves a gente que nunca más has vuelto a ver y a otras a las que sabes que jamás volverás a ver, y están allí riéndose de nuevo contigo, jugando, abrazándote y permanecen igual
aunque tú ya no seas la misma.

Están allí porque cada verano vuelven con la brisa del mar.
Siguen viviendo en la playa como hologramas del recuerdo y ya no se quieren marchar.





10.7.16

ES QUE HACE UN CALOR...




Ya llegó el verano,
y aquí en el sur ya comienzan a derretirse las farolas. Las respiraciones se entrecortan, los abanicos bailan a dúos y a veces a coro, el levante agrieta las epidermis a lametazos, las carnes afloran con o sin michelines, eso da exactamente igual y no queda sino un solo remedio a tanto sofocante desasosiego. 
“Pablo, coge la sombrilla, Pepe, tú llevas la nevera, Marta, no olvides la tabla de surf que ya he terminado los bocadillos y nos vamos a la playa”.

Y llegan a la playa.
Una vez el cabeza de familia ha avistado la posición ideal para un asentamiento hasta el ocaso, como si de la táctica militar blitzkrieg se tratase, cada miembro ataca por un flanco en cuestión de segundos: Pablo clava el palo de la sombrilla sin ni siquiera hacer el agujero, sólo para marcar el terreno, y mientras comienza a girarlo, Pepe, el padre, ya ha dejado caer la pesada nevera como una carga de profundidad a unos cuantos metros para ir delimitando el territorio. Mientras tanto la tabla ya viene deslizándose como un torpedo hacia el flanco opuesto de la sombrilla y se va creando el círculo. Para cuando se frena en el sitio justo -lanzando un chorro de arena a la parejita que está plácidamente tostándose a unos centímetros- Carmen ya ha culminado el asedio colocando dos enormes bolsas de toallas y bocatas en el centro . Una vez conquistado el territorio, ya no hay marea alta que lo reconquiste, porque la guerrera familia – avistando que algunas olas camufladas bajo la espuma van acercándose peligrosamente- se encargan antes de levantar una elevada muralla de arena mojada y cantos rodados en toda la periferia del enclave. Son los putos amos, allí no entra nadie, ni Poseidón que hubiera salido un rato a echar una cana al aire.

Y ahora a disfrutar.
A refrescarse en el mar, a ponerse moreno, a echarse un campeonato de palas, a comerse el bocata de tortilla y a olvidarse del jefe por un rato.
Cuando el sol dice que ya está bien, que ya ha trabajado bastante por hoy y que el también tiene derecho a descansar, cierra el chiringuito. Los niños dan de patadas a la muralla chino-andaluza
-cosa que estaban deseando hacer desde horas antes-, Pepe se regocija de que al menos la nevera ya no pesa, pero le dura poco porque antes de que eche a andar, Carmen ya le ha endosado las dos bolsas llenas de toallas húmedas y de conchas de diversos tamaños y colores. “Es que me he quemado los hombros- dice con cara de pillina- y eso que me he puesto factor 50”. Pepe la mira incrédulo, pero está tan guapa con las mejillas sonrosadas que no puede decirle que no.
Todos llegan a casa exhaustos, satisfechos de su hazaña.
Los niños caen rendidos después de una cena ligera y Pepe guiña a Carmen insinuando si todavía quedarán fuerzas para una batallita más.

Carmen sonríe a la mirada pillina de Pepe porque tampoco puede decirle que no.



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