Como vivía en una pequeña ciudad costera, cada tarde de verano, como de costumbre, sus padres le llevaban a la playa después de almorzar.
Mientras ellos tomaban el sol o leían, Iván jugueteaba en la orilla con las olas, dibujaba siluetas de animales en la arena o desenredaba su colorida cometa y corría -como alma que lleva el diablo- en dirección contraria al viento agitando sus pequeños brazos para intentar levantarla.
A veces lo conseguía y cuando más emocionado estaba, la cometa -como borracha de tanto aire- hacía de repente extraños giros, hasta caer en picado sobre una señora gorda que tomaba el sol y que lo ponía a parir completamente exaltada. Iván corría despavorido arrastrando la cometa por la arena hasta ponerse a salvo tras la tumbona de su padre. Así transcurría el tiempo, de juego en juego.
A las siete y media, se lavaba las manos para merendar un pequeño bocadillo de pan de leche y un batido de chocolate.
Le gustaba acabar la merienda porque sabía que era entonces cuando llegaba el momento de la hora mágica, y era así porque el calor no picaba tanto, la brisa era más agradable y si miraba el horizonte, el sol que le cegaba coloreaba de manchas de plata la superficie del mar.
La bajamar dejaba al descubierto las piedras y la arena mojada y dura.
Ese era el momento en que Iván comenzaba su rutina diaria.
Cogía su cubo naranja, se encaminaba a buscar el enclave perfecto y después de una inspección minuciosa del terreno, cuando había encontrado el lugar idóneo, se sentaba.
Entonces, con una paciencia infinita, comenzaba a construir un fastuoso castillo.
Con sus finos dedos vertía la arena enfangada meticulosamente sobre el terreno, levantando enormes torreones dispuestos en distintos niveles. Con sus manitas construía robustas puertas de entrada. Con sus delicadas palmas y a fuerza de golpes sordos, levantaba enormes muros coronados de almenas,
que por mucho que intentara, nunca conseguía que fueran simétricas.
Y por último, con sus frágiles uñas, excavaba un foso alrededor de toda la fortificación donde habitaban fieros cocodrilos hambrientos. Solo tenía que coger su cubo y correr hasta la lejana orilla, para volver del mismo modo aproximadamente unas diez veces, hasta cubrir de agua todo el perímetro del castillo. No le pesaba.
Entonces comenzaba la aventura.
El valiente caballero aparecía cabalgando sobre su blanco corcel para derribar la puerta principal en busca de su amada, confinada en el torreón del ala este.
Un vigía oteaba el horizonte desde una de las almenas y al avistar al caballero, le lanzaba toda suerte de flechas envenenadas que nunca alcanzaban su objetivo. El héroe, en su huída, luchaba cuerpo a cuerpo con los soldados que venían a su encuentro y en el forcejeo lanzaba a algunos a las turbias aguas del foso, donde eran devorados sin piedad por los famélicos cocodrilos.
La princesa, una vez liberada, mostraba al caballero un pasadizo secreto donde se encontraban de cara con el malvado rey que la había encarcelado, pero una vez atravesado por la espada, los amantes huían montados en el brioso corcel, perseguidos por un dragón alado que iba abrasando todo el terreno a su paso.
De pronto, el sol se ocultaba.
Iván observaba absorto como el mar se tragaba impunemente aquellos últimos rayos rojizos y una brisa más fresca anunciaba que la vuelta a casa era inminente.
Su madre aparecía de repente, lo levantaba, sujetaba su mano con firmeza y casi en volandas, lo llevaba hasta la arena seca. Iván, con uno de sus pequeños brazos extendidos por encima de su cabeza por el apretón de su madre, y sin dejar de caminar, miraba desde la distancia -por última vez- la grandiosidad de su edificación.
Sabía que se quedaba allí abandonada, a merced de la siguiente pleamar.
Algunas gaviotas curiosas comenzaban a posar sus patas sobre las almenas con indiferencia y un perrillo revoltoso y sin dueño aparecía de repente para levantar su pata y echar una solemne meada en la ventana desde donde la princesa había lanzado su infinita trenza dorada.
Mientras su madre le pedía que se enjuagara bien los pies antes de ponerse las zapatillas, Iván aguzaba su mirada para ver que el caballero, la princesa, el malvado rey y el dragón le observaban fijamente desde el puente levadizo y -como siempre- con un movimiento lento, la diminuta mano de la princesa se alzaba para decirle adiós.
A Iván ya no le importaban las gaviotas ni el perrillo, ni siquiera la amenaza de la nueva marea, porque sabía que al día siguiente, dos horas antes de ponerse el sol, tenía de nuevo una cita ineludible con su imaginación.


