10.7.16

ES QUE HACE UN CALOR...




Ya llegó el verano,
y aquí en el sur ya comienzan a derretirse las farolas. Las respiraciones se entrecortan, los abanicos bailan a dúos y a veces a coro, el levante agrieta las epidermis a lametazos, las carnes afloran con o sin michelines, eso da exactamente igual y no queda sino un solo remedio a tanto sofocante desasosiego. 
“Pablo, coge la sombrilla, Pepe, tú llevas la nevera, Marta, no olvides la tabla de surf que ya he terminado los bocadillos y nos vamos a la playa”.

Y llegan a la playa.
Una vez el cabeza de familia ha avistado la posición ideal para un asentamiento hasta el ocaso, como si de la táctica militar blitzkrieg se tratase, cada miembro ataca por un flanco en cuestión de segundos: Pablo clava el palo de la sombrilla sin ni siquiera hacer el agujero, sólo para marcar el terreno, y mientras comienza a girarlo, Pepe, el padre, ya ha dejado caer la pesada nevera como una carga de profundidad a unos cuantos metros para ir delimitando el territorio. Mientras tanto la tabla ya viene deslizándose como un torpedo hacia el flanco opuesto de la sombrilla y se va creando el círculo. Para cuando se frena en el sitio justo -lanzando un chorro de arena a la parejita que está plácidamente tostándose a unos centímetros- Carmen ya ha culminado el asedio colocando dos enormes bolsas de toallas y bocatas en el centro . Una vez conquistado el territorio, ya no hay marea alta que lo reconquiste, porque la guerrera familia – avistando que algunas olas camufladas bajo la espuma van acercándose peligrosamente- se encargan antes de levantar una elevada muralla de arena mojada y cantos rodados en toda la periferia del enclave. Son los putos amos, allí no entra nadie, ni Poseidón que hubiera salido un rato a echar una cana al aire.

Y ahora a disfrutar.
A refrescarse en el mar, a ponerse moreno, a echarse un campeonato de palas, a comerse el bocata de tortilla y a olvidarse del jefe por un rato.
Cuando el sol dice que ya está bien, que ya ha trabajado bastante por hoy y que el también tiene derecho a descansar, cierra el chiringuito. Los niños dan de patadas a la muralla chino-andaluza
-cosa que estaban deseando hacer desde horas antes-, Pepe se regocija de que al menos la nevera ya no pesa, pero le dura poco porque antes de que eche a andar, Carmen ya le ha endosado las dos bolsas llenas de toallas húmedas y de conchas de diversos tamaños y colores. “Es que me he quemado los hombros- dice con cara de pillina- y eso que me he puesto factor 50”. Pepe la mira incrédulo, pero está tan guapa con las mejillas sonrosadas que no puede decirle que no.
Todos llegan a casa exhaustos, satisfechos de su hazaña.
Los niños caen rendidos después de una cena ligera y Pepe guiña a Carmen insinuando si todavía quedarán fuerzas para una batallita más.

Carmen sonríe a la mirada pillina de Pepe porque tampoco puede decirle que no.



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