Ya llegó el verano,
y aquí en el sur ya
comienzan a derretirse las farolas. Las respiraciones se
entrecortan, los abanicos bailan a dúos y a veces a coro, el levante
agrieta las epidermis a lametazos, las carnes afloran con o sin
michelines, eso da exactamente igual y no queda sino un solo remedio
a tanto sofocante desasosiego.
“Pablo, coge la sombrilla, Pepe, tú
llevas la nevera, Marta, no olvides la tabla de surf que ya he
terminado los bocadillos y nos vamos a la playa”.
Y llegan a la playa.
Una vez el cabeza de
familia ha avistado la posición ideal para un asentamiento hasta el
ocaso, como si de la táctica militar blitzkrieg se tratase, cada
miembro ataca por un flanco en cuestión de segundos: Pablo clava el
palo de la sombrilla sin ni siquiera hacer el agujero, sólo para
marcar el terreno, y mientras comienza a girarlo, Pepe, el padre, ya
ha dejado caer la pesada nevera como una carga de profundidad a unos
cuantos metros para ir delimitando el territorio. Mientras tanto la
tabla ya viene deslizándose como un torpedo hacia el flanco opuesto
de la sombrilla y se va creando el círculo. Para cuando se frena en
el sitio justo -lanzando un chorro de arena a la parejita que está
plácidamente tostándose a unos centímetros- Carmen ya ha culminado
el asedio colocando dos enormes bolsas de toallas y bocatas en el
centro . Una vez conquistado el territorio, ya no hay marea alta que
lo reconquiste, porque la guerrera familia – avistando que algunas
olas camufladas bajo la espuma van acercándose peligrosamente- se
encargan antes de levantar una elevada muralla de arena mojada y
cantos rodados en toda la periferia del enclave. Son los putos amos,
allí no entra nadie, ni Poseidón que hubiera salido un rato a echar
una cana al aire.
Y ahora a disfrutar.
A refrescarse en el mar, a
ponerse moreno, a echarse un campeonato de palas, a comerse el bocata
de tortilla y a olvidarse del jefe por un rato.
Cuando el sol dice que ya
está bien, que ya ha trabajado bastante por hoy y que el también
tiene derecho a descansar, cierra el chiringuito. Los niños dan de
patadas a la muralla chino-andaluza
-cosa que estaban deseando
hacer desde horas antes-, Pepe se regocija de que al menos la nevera
ya no pesa, pero le dura poco porque antes de que eche a andar,
Carmen ya le ha endosado las dos bolsas llenas de toallas húmedas y
de conchas de diversos tamaños y colores. “Es que me he quemado
los hombros- dice con cara de pillina- y eso que me he puesto factor
50”. Pepe la mira incrédulo, pero está tan guapa con las mejillas
sonrosadas que no puede decirle que no.
Todos llegan a casa
exhaustos, satisfechos de su hazaña.
Los niños caen rendidos
después de una cena ligera y Pepe guiña a Carmen insinuando si
todavía quedarán fuerzas para una batallita más.
Carmen sonríe a la mirada
pillina de Pepe porque tampoco puede decirle que no.
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