Cada final de año es como el final de
pequeñas vidas. Hacemos balance de lo que nos ha ocurrido y de lo
que creemos que hemos hecho bien o mal, y los propósitos para el año
nuevo se asemejan a las últimas voluntades que dejan por escrito los
que se despiden para siempre, los deseos para esa pequeña nueva vida
que comienza y que durará de nuevo doce meses hasta que se repita el
ciclo.
Pero hay algo inquietante en este
vaivén de sensaciones: los lazos.
Como cuando sales a la calle y en la
parada de autobús observas que llevas los cordones desatados y te
dices: “Pero si los apreté fuerte en casa, ¿cómo que están
sueltos?”
Eso nos pasa durante el año, hay lazos
que nos confunden, da igual si son lazos de compañerismo, de sangre,
de amistad, de afinidad, de amor. Al final aquellos lazos de raso
brillante que elegiste porque te deslumbraron y que creías
fuertemente atados se van deshilachando y deshaciendo hasta que se
pierden por el camino, sin embargo te pusiste un lazo pequeño en el
pelo de cualquier forma, porque no podías entretenerte, porque
llegabas tarde a la fiesta y cuando volviste de madrugada esa pequeña
cinta aún estaba allí, aferrada a la horquilla como a un potro
desbocado en un rodeo y tú ni te acordabas de ella.
Y no me digas que eres un alma libre y
solitaria porque hasta los recién nacidos que aún no han vivido se
aferran a nuestro dedo meñique con los ojos cerrados y
¡cómo nos
enternece sentirnos necesitados.!
Que el nuevo año que entra venga
cargado de ilusiones, experiencias nuevas, sorpresas agradables,
buenos momentos y cariño, mucho cariño, que nosotros ya nos
encargaremos de hacer y deshacer lo que nos acerque a la felicidad.

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