3.7.16

Manual de instrucciones para PISARLE EL RABO AL DIABLO




Son de sobra conocidas las triquiñuelas que el innombrable urde para torcer las intenciones de los inocentes mortales, convertirles en meros títeres de la maldad y asegurarse así un número considerable de almas a las que poder chamuscar y hacer vagar por los eternos pasadizos sin retorno que se desvían del célebre túnel de luz.
Es por eso por lo que el finado, sabiéndose estafado, desee encontrar cuanto antes su guarida para ajustar cuentas.
Para ello es aconsejable seguir las instrucciones que a continuación se enumeran:
En primer lugar se han de desarmar los músculos, acomodarlos, olvidarse de ellos y centrarse en las expresiones faciales. Seguidamente se dejan los labios entreabiertos, laxos y se fija la mirada en cualquier esquina del techo procurando que los párpados queden medio cerrados, dubitativos, como el anciano transeúnte que vacila ante un paso de cebra sin semáforo. Esta expresión de seguro que cohibe a los presentes.
A continuación el flujo y reflujo de aire a través de la bobalicona boca ha de cesar de inmediato.

Una vez superado este punto se encontrará usted de repente en boca de lobo, entonces se habrán de agitar los brazos como apartando moscas, mientras las temblorosas y translúcidas extremidades inferiores tantean un piso sin suelo.
Ha de lanzarse un alarido de terror cada cierto tiempo, ad libitum, a la vez que las cuencas oculares como encendidas canicas de cristal deben querer escapar buscando el final de la nada.
Una vez se haya llegado a la estancia donde los purpúreos reflejos y la emanación de vapores adviertan que se ha alcanzado el centro mismo del objetivo, es necesario ojear la sala hasta encontrar una humeante figura cuya sonrisa socarrona le invite a entrar.
Se debe dirigir con paso firme hasta su presencia y una vez allí se extiende una mano solícita para cerrar el trato engañoso propuesto en la vida anterior.
Cuando la figura acerque su descarnada garra y estreche su mano de usted mientras exhala una hueca risotada de regusto, se han de apretar los ardientes dedos y sin dar tregua se tiran de ellos con vehemencia hasta que sus chamuscados cabellos tengan un vis a vis con los puntiagudos cuernos del maligno.
Entonces y solo entonces, en esos segundos de detención, uno de sus espectrales pies se elevará de súbito y caerá con toda fuerza sobre el flechado extremo del diabólico rabo retorciendo la puntera como si del aplastamiento de una cucaracha se tratase.

Este proceso no garantiza el retorno al túnel de luz, pero podrá usted achicharrarse infinitamente más a gusto.



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