Son de sobra conocidas las triquiñuelas
que el innombrable urde para torcer las intenciones de los inocentes
mortales, convertirles en meros títeres de la maldad y asegurarse
así un número considerable de almas a las que poder chamuscar y
hacer vagar por los eternos pasadizos sin retorno que se desvían del
célebre túnel de luz.
Es por eso por lo que el finado,
sabiéndose estafado, desee encontrar cuanto antes su guarida para
ajustar cuentas.
Para ello es aconsejable seguir las
instrucciones que a continuación se enumeran:
En primer lugar se han de desarmar los
músculos, acomodarlos, olvidarse de ellos y centrarse en las
expresiones faciales. Seguidamente se dejan los labios entreabiertos,
laxos y se fija la mirada en cualquier esquina del techo procurando
que los párpados queden medio cerrados, dubitativos, como el anciano
transeúnte que vacila ante
un paso de cebra sin semáforo. Esta expresión de
seguro que cohibe a los presentes.
A continuación el flujo y reflujo de
aire a través de la bobalicona boca ha de cesar de inmediato.
Una vez superado este punto se
encontrará usted de repente en boca de lobo, entonces se habrán de
agitar los brazos como apartando moscas, mientras las temblorosas y
translúcidas extremidades inferiores tantean un piso sin suelo.
Ha de lanzarse un alarido de terror
cada cierto tiempo, ad libitum, a la vez que las cuencas oculares
como encendidas canicas de cristal deben querer escapar buscando el
final de la nada.
Una vez se haya llegado a la estancia
donde los purpúreos
reflejos y la emanación de vapores adviertan que se ha alcanzado el
centro mismo del objetivo, es necesario ojear la sala hasta encontrar
una humeante figura cuya sonrisa socarrona le invite a entrar.
Se debe dirigir
con paso firme hasta su presencia y una vez allí se extiende una
mano solícita para cerrar el trato engañoso propuesto en la vida
anterior.
Cuando la figura
acerque su descarnada garra y estreche su mano de usted mientras
exhala una hueca risotada de regusto, se han de apretar los ardientes
dedos y sin dar tregua se tiran de ellos con vehemencia hasta que sus
chamuscados cabellos tengan un vis a vis con los puntiagudos cuernos
del maligno.
Entonces y solo
entonces, en esos segundos de detención, uno de sus espectrales pies
se elevará de súbito y caerá con toda fuerza sobre el flechado
extremo del diabólico rabo retorciendo la puntera como si del
aplastamiento de una cucaracha se tratase.
Este proceso no
garantiza el retorno al túnel de luz, pero podrá usted achicharrarse
infinitamente más a gusto.
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