Buscan un reflejo de lo
que fueron ellos mismos en los comportamientos de sus nietos y al no
encontrarlos los buscan en los nietos de los vecinos, pero no hallan
respuesta.
Se quedan mudos, como
estatuas de sal, observando como búhos cómo estos jóvenes se
desenvuelven en un mundo extraño para ellos, en un mundo distinto y
distante, en una sociedad incomprensible donde el tener le ha robado
el sitio al ser.
Los abuelos entonces
-desorientados- se refugian en su interior como un caracol hibernando
durante meses y se
alimentan sólo de recuerdos.
Los padres por el
contrario están desconcertados. Se mueven entre dos aguas: por un
lado, nadan en las corrientes modernas siguiendo la estela de los
hijos, sin estar muy convencidos de lo que hacen, pero temen quedarse
atrás y que el remolino los engulla para siempre.
Por otro lado, buscan
ansiosos respuestas que creen encerradas en baúles mohosos que se
olvidan en los trasteros de la vida y entonces organizan reuniones
con amigos con la excusa de echar un rato y unas risas pero en
realidad sólo buscan cómplices que les ratifiquen que no se están
volviendo majaretas, que a todos les están succionando los mismos
tornados, que a todos se les están yendo de las manos sus historias
y que sus hijos no son ellos ni ellos sus hijos.
Y mientras tanto estos
jóvenes han puesto la directa.
Lo quieren todo deprisa y
lo viven todo igual.
Por eso, cuando creen que
se enamoran, piensan que todo es así de sencillo pero no lo es y
sólo encuentran el crujir de dientes y la colisión de planetas.Todo
es un desastre, todo una falacia.
No hay nada que satisfaga
porque cuando el “yo” se enaltece el “tú” se desdibuja.
Igual no son culpables.
Puede que el quid esté en
que nunca conocieron
esas citas en el parque
deambulando por entre los árboles y recovecos, sentados en un banco
frente al mar, compartiendo confidencias con tan sólo un helado en
la mano, mientras él espera que quede una gota cremosa y fresca en
la comisura de los labios de ella para -con la excusa de limpiarla-
dar el primer beso de enamorado.
Aquellas conversaciones
telefónicas eternas, cuando la voz del amado insinuosa se deslizaba
a través del auricular como una neblina espesa e iba despertando los
sentidos con cada frase,
con cada inflexión, con
cada suspiro.
Aquellas figuras jóvenes
y briosas sobre la arena cálida, aquella luz sobre los rostros
vivarachos, aquellos momentos congelados en el tiempo que los amantes
evocaban una y mil veces en la estampa brillante de una fotografía
dormida en un libro.
El deseo de saber cada día
un poco más del otro, de anhelar el encuentro para contarse
historias intranscendentes del día a día, para dar un consejo, para
pedir consuelo.
Aquel vestido especial,
aquella camisa reservada para ese encuentro primero, para esa cita
exclusiva, ese perfume dulzón que embriagaba los sentidos y rendía
al amado.
Esas miradas clavadas como
saetas, esas respiraciones sostenidas, esos momentos mágicos de
silencio que ni una mariposa desorientada se hubiera atrevido a
interrumpir.
Esos tiernos detalles que
hacían del amado la persona sublime, esa chaqueta sobre los hombros
de ella, ese beso inesperado en la mejilla de él, sin venir a
cuento, mientras pide un refresco en la barra, esa despedida en el
portal para que no se marche sola, ese “no le despierte, luego le
llamo”,
ese “te quiero” sólo y exclusivo para dos.
ese “te quiero” sólo y exclusivo para dos.
A los abuelos y los padres
este ficticio mundo se les ha echado encima tan de repente y tan
abrumadoramente que no han tenido tiempo de transmitir esos valores y
si han querido hacerlo el canto de sirena de los nuevos tiempos les
ha raptado a sus chicos y ya no los han vuelto a ver.
Quizá no sea tan difícil
para estos jóvenes volver al origen, quizá aún estén a tiempo.
la vida misma... algo en lo que pienso frecuentemente... ¿Cómo recordarán estos chavales su infancia si nada de lo que fue anterior a ellos es importante y lo desconocen? El recuerdo de mis abuelas es para mí aún un referente... ¿Cómo me recordarán nis nietos...? ¿Llegarán a comprender alguna vez que esta abuela rezongona y un poco pesada les amó con toda su alma...?
ResponderEliminarGracias Auro, leerte es sumergirme en muchas de las ideas que no sé plasmar con tu elegancia.
Ciertamente no sabemos cómo nos recordarán los jóvenes de ahora. Por eso yo solo tengo un recurso: amarles incondicionalmente y ayudarles a entender que eso es lo más importante, si al marcharme no me recuerdan seguro que ese amor queda en sus corazones y lo transmitirán aunque sea inconscientemente.
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