20.7.16

AÚN HAY TIEMPO



Los abuelos dicen que los jóvenes de hoy no son como los de antes.
Buscan un reflejo de lo que fueron ellos mismos en los comportamientos de sus nietos y al no encontrarlos los buscan en los nietos de los vecinos, pero no hallan respuesta.
Se quedan mudos, como estatuas de sal, observando como búhos cómo estos jóvenes se desenvuelven en un mundo extraño para ellos, en un mundo distinto y distante, en una sociedad incomprensible donde el tener le ha robado el sitio al ser.
Los abuelos entonces -desorientados- se refugian en su interior como un caracol hibernando
durante meses y se alimentan sólo de recuerdos.

Los padres por el contrario están desconcertados. Se mueven entre dos aguas: por un lado, nadan en las corrientes modernas siguiendo la estela de los hijos, sin estar muy convencidos de lo que hacen, pero temen quedarse atrás y que el remolino los engulla para siempre.
Por otro lado, buscan ansiosos respuestas que creen encerradas en baúles mohosos que se olvidan en los trasteros de la vida y entonces organizan reuniones con amigos con la excusa de echar un rato y unas risas pero en realidad sólo buscan cómplices que les ratifiquen que no se están volviendo majaretas, que a todos les están succionando los mismos tornados, que a todos se les están yendo de las manos sus historias y que sus hijos no son ellos ni ellos sus hijos.

Y mientras tanto estos jóvenes han puesto la directa.
Lo quieren todo deprisa y lo viven todo igual.
Por eso, cuando creen que se enamoran, piensan que todo es así de sencillo pero no lo es y sólo encuentran el crujir de dientes y la colisión de planetas.Todo es un desastre, todo una falacia.
No hay nada que satisfaga porque cuando el “yo” se enaltece el “tú” se desdibuja.

Igual no son culpables.
Puede que el quid esté en que nunca conocieron
esas citas en el parque deambulando por entre los árboles y recovecos, sentados en un banco frente al mar, compartiendo confidencias con tan sólo un helado en la mano, mientras él espera que quede una gota cremosa y fresca en la comisura de los labios de ella para -con la excusa de limpiarla- dar el primer beso de enamorado.
Aquellas conversaciones telefónicas eternas, cuando la voz del amado insinuosa se deslizaba a través del auricular como una neblina espesa e iba despertando los sentidos con cada frase,
con cada inflexión, con cada suspiro.
Aquellas figuras jóvenes y briosas sobre la arena cálida, aquella luz sobre los rostros vivarachos, aquellos momentos congelados en el tiempo que los amantes evocaban una y mil veces en la estampa brillante de una fotografía dormida en un libro.
El deseo de saber cada día un poco más del otro, de anhelar el encuentro para contarse historias intranscendentes del día a día, para dar un consejo, para pedir consuelo.
Aquel vestido especial, aquella camisa reservada para ese encuentro primero, para esa cita exclusiva, ese perfume dulzón que embriagaba los sentidos y rendía al amado.
Esas miradas clavadas como saetas, esas respiraciones sostenidas, esos momentos mágicos de silencio que ni una mariposa desorientada se hubiera atrevido a interrumpir.
Esos tiernos detalles que hacían del amado la persona sublime, esa chaqueta sobre los hombros de ella, ese beso inesperado en la mejilla de él, sin venir a cuento, mientras pide un refresco en la barra, esa despedida en el portal para que no se marche sola, ese “no le despierte, luego le llamo”,
ese “te quiero” sólo y exclusivo para dos.

A los abuelos y los padres este ficticio mundo se les ha echado encima tan de repente y tan abrumadoramente que no han tenido tiempo de transmitir esos valores y si han querido hacerlo el canto de sirena de los nuevos tiempos les ha raptado a sus chicos y ya no los han vuelto a ver.


Quizá no sea tan difícil para estos jóvenes volver al origen, quizá aún estén a tiempo.







2 comentarios:

  1. la vida misma... algo en lo que pienso frecuentemente... ¿Cómo recordarán estos chavales su infancia si nada de lo que fue anterior a ellos es importante y lo desconocen? El recuerdo de mis abuelas es para mí aún un referente... ¿Cómo me recordarán nis nietos...? ¿Llegarán a comprender alguna vez que esta abuela rezongona y un poco pesada les amó con toda su alma...?
    Gracias Auro, leerte es sumergirme en muchas de las ideas que no sé plasmar con tu elegancia.

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  2. Ciertamente no sabemos cómo nos recordarán los jóvenes de ahora. Por eso yo solo tengo un recurso: amarles incondicionalmente y ayudarles a entender que eso es lo más importante, si al marcharme no me recuerdan seguro que ese amor queda en sus corazones y lo transmitirán aunque sea inconscientemente.

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