Acabo de llegar a casa, tarde, y me he
dado cuenta de que ya no aguanto los zapatos. Ningún zapato que
tenga un mínimo de tacón, yo que cuando me contoneaba en los veinte
bailaba en discotecas como si no hubiese un mañana desde la
cúspide de gigantescos tacones de aguja. Ya no aguanto las medias,
yo que lucía unas piernas de múltiples colores y texturas que se
perdían en el infinito bajo la poca tela de mi minifalda. Ya no
aguanto los fajos y refajos, yo que me embutía en imposibles
vestidos de licra cuyas costuras quedaban marcadas en mis carnes
jóvenes como tatuajes efímeros.
El tiempo hace mucho, las carnes se
resisten a ser encarceladas de nuevo, ya no merece la pena el
sacrificio de la estética porque sí, los poros quieren respirar
como el resto de nosotras. Y es que el cuerpo evoluciona como el
alma. Con la edad aflojamos tensiones porque no ya no nos va la vida
en las batallas de los otros, con la edad nos quitamos las máscaras
porque ya no nos afectan tanto las opiniones ajenas, con la edad
perdemos la vergüenza porque nos queda menos tiempo para pensarnos
las cosas, con la edad desparramamos sentimientos ¿para qué
dosificarlos? Todo va con el tiempo, y no es triste, es placentero.
Tan placentero como quitarte los zapatos, ponerte el pijama y dormir
a pierna suelta.

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