3.7.16

EL PLACER DE ENVEJECER





Acabo de llegar a casa, tarde, y me he dado cuenta de que ya no aguanto los zapatos. Ningún zapato que tenga un mínimo de tacón, yo que cuando me contoneaba en los veinte bailaba en discotecas como si no hubiese un mañana desde la cúspide de gigantescos tacones de aguja. Ya no aguanto las medias, yo que lucía unas piernas de múltiples colores y texturas que se perdían en el infinito bajo la poca tela de mi minifalda. Ya no aguanto los fajos y refajos, yo que me embutía en imposibles vestidos de licra cuyas costuras quedaban marcadas en mis carnes jóvenes como tatuajes efímeros.

 El tiempo hace mucho, las carnes se resisten a ser encarceladas de nuevo, ya no merece la pena el sacrificio de la estética porque sí, los poros quieren respirar como el resto de nosotras. Y es que el cuerpo evoluciona como el alma. Con la edad aflojamos tensiones porque no ya no nos va la vida en las batallas de los otros, con la edad nos quitamos las máscaras porque ya no nos afectan tanto las opiniones ajenas, con la edad perdemos la vergüenza porque nos queda menos tiempo para pensarnos las cosas, con la edad desparramamos sentimientos ¿para qué dosificarlos? Todo va con el tiempo, y no es triste, es placentero.
 Tan placentero como quitarte los zapatos, ponerte el pijama y dormir a pierna suelta.




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