14.8.16

LIDIA


La primavera, cansada de tener solo tres meses de vida,
ha secuestrado a Lidia para que la saque a pasear durante el resto del año.
Da igual que sea octubre, enero o junio, que truene, llueva o hiele.

A Lidia la conocí en el aseo de un edificio público.
Cuando abrí la puerta ella estaba mirándose al espejo, retocando su peinado, recomponiendo sus 
horquillas de forma simétrica en el entramado de sus cabellos rubios.
Al verme me dedicó una sonrisa dulce, sin decir nada, en lugar de un saludo de cortesía.
Me gustó mucho más esa sonrisa que el saludo protocolario de dos extrañas en un servicio público.
Tan atareada estaba en su coquetería que, cuando abandoné el aseo, aún estaba allí colocándose 
la chaqueta e inspeccionando, ensimismada, su imagen en el espejo.
Fui entonces yo la que sonreí, antes de cerrar la puerta tras de mí.
Nada me haría sospechar que volveríamos a coincidir en un lugar común algún tiempo después 
y que ya dejaríamos de ser dos extrañas.

Cuando veo a Lidia acercarse, me la imagino atravesando un hermoso arco de flores, como el de las bodas del final de las comedias románticas, cuando los enamorados se dan el "sí quiero" rodeados de bucólicos paisajes campestres.

Lidia camina despacio porque necesita su tiempo.
Cuando la veo llegar, la imagino envuelta en una burbuja donde el tiempo no existe, donde siempre es   primavera, porque Lidia transporta la alegría y la vida impregnada en sus faldas largas y sus blusas anchas.

Ya no puede correr y por eso, aunque llegue tarde, ella se sabe excusada y se toma el tiempo necesario para sentarse. Cuando lo hace, lanza a todos una mirada de calurosa bienvenida, como si fuese ella la anfitriona de la fiesta.

No lo se con seguridad, pero intuyo que Lidia tiene más de ochenta años.
Si no fuera porque necesita el apoyo de su bastón para caminar con paso seguro.
diría que es una chiquilla pasota, que va a su ritmo, y a la que todo le refanfinfla.
Pero nada más lejos de la realidad.
porque cuando muestra su alma, ves que está totalmente conectada al mundo.

Lidia lee.
Puedes comprobar que es ilustrada porque cita a pensadores, filósofos y escritores en sus 
exposiciones, porque no deja de estudiar y aprender y porque escribe poesía.
Cuando termina de recitar uno de sus poemas, hace una mueca curiosa con la boca:
frunce reiteradamente los labios y no sabes si lo hace en un ademán de búsqueda de aprobación de los presentes o simplemente para contener esa sonrisa natural que regala a todos.
Sus poemas emergen de la vida misma, del brillo de las estrellas, del calor del amor, de las dádivas de la naturaleza. Y entre verso y verso, te habla de sus nietos, de las tareas de la casa, de las facturas del banco y de su anciano esposo.

Lidia es un compendio de contradicciones entre la edad biológica y la edad del alma, entre la cruda realidad y la poesía que nos rodea, entre lo que los otros ven de nosotros y lo que nosotros somos.
Por eso me gusta.

Lidia no es una anciana al uso. Para mí ni siquiera es una anciana.
Es un cóctel delicioso de aromas florales y yo he tenido la suerte de conocerla.




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