14.10.16

LA TELA DE ARAÑA



El portazo de las ocho menos cuarto deja tal reverberación en el aire,
que a Julián y Andrea les parece que el humo tenue que emerge de sus tazas de café
se dispersa por un segundo.
Después de esa leve distracción elevan sus ojos de nuevo,
para encontrar cada uno la mirada del otro frente a frente.
Son miradas apagadas, sin vida, a pesar de ser el comienzo de un nuevo día.

Julián y Andrea llevan muchos años mirándose y han experimentado la evolución hasta el declive de aquellas alegres expresiones que les llevaron a enamorarse.
Ya han discutido demasiado. Por eso ya no hablan.
Cuando Julián alza su rostro intenta encontrar en el de Andrea las respuestas a tantas incógnitas,
a tantas preguntas sin respuestas, porque Julián no entiende nada.
Cuando Andrea mira de soslayo a Julián, se le ocurren varios motivos por los que Pedro es como es. Pero no dice nada, porque tampoco está segura de que no sea ella la culpable.
Tan solo desayunan en silencio, como si estuvieran rezando.
Igual lo están, pero tampoco eso quieren demostrarlo.
Y si lo hacen, es sobre todo para no recibir otra llamada del instituto,
para tener una mañana en paz,
para que -por un día- puedan llevar una vida normal,
como tantas otras familias.

Y en ese silencio sepulcral de la cocina,
Andrea revive el dolor punzante en su pezón,
 de la primera vez que Pedro mamó de su pecho en aquella amarillenta habitación del hospital.
Aquella bolita de arcilla, tierna e indefensa en sus manos inexpertas.
Todo era ilusión, la vida era un gran proyecto.
Como si se comunicaran telepáticamente,
Julián rememora aquel instante a la entrada de la guardería
esperando a que la profesora apareciera con el pequeño de la mano,
su carita sonrosada, sus cabellos alborotados por los saltos en el patio
y sus manitas con restos de pinturas de la manualidad
que secretamente preparaba para el día del padre.

Julián y Andrea buscan y rebuscan en cada resquicio de esos recuerdos
para encontrar el motivo de tanto desasosiego,
como el campesino que encuentra un cordero desvalido,
aprisionado en una maraña de espinos
y lucha inútilmente por salvarlo.

Pedro pasó de cordero a lobo en un abrir y cerrar de ojos.

Aquel bocadillo robado en el recreo la primera vez fue una reprimenda,
un “¿por qué has hecho eso?” sin respuesta.
Un “no lo vuelvas a hacer más” sin consecuencias.
Sin hablar del valor de lo ajeno.

Aquel empujón que tiró al suelo a aquel chiquillo tímido
fue una tarde encerrado en su cuarto,
“sin ordenador”
sin una reflexión común sobre la indefensión, sin más explicaciones.

Aquella contestación mal sonante y fuera de tono al profesor delante de los compañeros,
supuso un día sin móvil -porque eso ya duele mucho-
sin una breve meditación sobre el sentido del respeto.

Aquel acoso en grupo al compañero diferente
dejó a Julián y Andrea desarmados
porque para entonces
ni se les pasó por la mente hablar de tolerancia.

Pedro ya se les había escapado de las manos.

Julián y Andrea convivían exaltados, pero todavía se hablaban,
aunque solo fuese a gritos.
Sus conversaciones no eran sino un ir y venir de acusaciones,
un “tú no le dices nada”.. un “tú lo malcrías..”
un “tú me quitas la autoridad..” un “tú te desentiendes”...
y en ese fuego cruzado Pedro huía a la calle con los colegas a cualquier hora,
para llegar tarde y extrañamente adormecido,
desafiaba los castigos estériles,
apuntaba con el dedo amenazante a la cabeza de la vencida Andrea cuando Julián se ausentaba, guardaba billetes pequeños dentro de libros polvorientos.

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Julián observa inerte el café y quiere ahogarse en él.
Andrea se traga su miedo con el último sorbo.
Hay que seguir resistiendo.
Los cómos y porqués de sus destinos viven con ellos,
como los hilos de una enorme tela de araña
tejidos por las habitaciones de la casa,
de los que no pueden escapar.

Tras el desayuno, Julián y Andrea se observan por última vez
con una mirada moribunda,
porque el “¿qué hacemos?'” es un araña perversa
que les devora lentamente.



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