El portazo de las ocho
menos cuarto deja tal reverberación en el aire,
que a Julián y Andrea les
parece que el humo tenue que emerge de sus tazas de café
se dispersa por un
segundo.
Después de esa leve
distracción elevan sus ojos de nuevo,
para encontrar cada uno
la mirada del otro frente a frente.
Son miradas apagadas, sin
vida, a pesar de ser el comienzo de un nuevo día.
Julián y Andrea llevan
muchos años mirándose y han experimentado la evolución hasta el
declive de aquellas alegres expresiones que les llevaron a
enamorarse.
Ya han discutido
demasiado. Por eso ya no hablan.
Cuando Julián alza su
rostro intenta encontrar en el de Andrea las respuestas a tantas
incógnitas,
a tantas preguntas sin
respuestas, porque Julián no entiende nada.
Cuando Andrea mira de
soslayo a Julián, se le ocurren varios motivos por los que Pedro es
como es. Pero no dice nada, porque tampoco está segura de que no sea
ella la culpable.
Tan solo desayunan en
silencio, como si estuvieran rezando.
Igual lo están, pero
tampoco eso quieren demostrarlo.
Y si lo hacen, es sobre
todo para no recibir otra llamada del instituto,
para tener una mañana en
paz,
para que -por un día- puedan llevar una vida normal,
como tantas otras
familias.
Y en ese silencio
sepulcral de la cocina,
Andrea revive el dolor
punzante en su pezón,
de la primera vez que Pedro mamó de su pecho en aquella amarillenta habitación del hospital.
de la primera vez que Pedro mamó de su pecho en aquella amarillenta habitación del hospital.
Aquella bolita de
arcilla, tierna e indefensa en sus manos inexpertas.
Todo era ilusión, la vida
era un gran proyecto.
Como si se comunicaran
telepáticamente,
Julián rememora aquel
instante a la entrada de la guardería
esperando a que la
profesora apareciera con el pequeño de la mano,
su carita sonrosada, sus
cabellos alborotados por los saltos en el patio
y sus manitas con restos
de pinturas de la manualidad
que secretamente
preparaba para el día del padre.
Julián y Andrea buscan y
rebuscan en cada resquicio de esos recuerdos
para encontrar el motivo
de tanto desasosiego,
como el campesino que
encuentra un cordero desvalido,
aprisionado en una maraña
de espinos
y lucha inútilmente por
salvarlo.
Pedro pasó de cordero a
lobo en un abrir y cerrar de ojos.
Aquel bocadillo robado en
el recreo la primera vez fue una reprimenda,
un “¿por qué has hecho
eso?” sin respuesta.
Un “no lo vuelvas a
hacer más” sin consecuencias.
Sin hablar del valor de lo ajeno.
Aquel empujón que tiró
al suelo a aquel chiquillo tímido
fue una tarde encerrado en
su cuarto,
“sin ordenador”
sin una reflexión común
sobre la indefensión, sin más explicaciones.
Aquella contestación mal
sonante y fuera de tono al profesor delante de los compañeros,
supuso un día sin móvil
-porque eso ya duele mucho-
sin una breve meditación
sobre el sentido del respeto.
Aquel acoso en grupo al
compañero diferente
dejó a Julián y Andrea
desarmados
porque para entonces
ni se les pasó por la
mente hablar de tolerancia.
Pedro ya se les había
escapado de las manos.
Julián y Andrea convivían
exaltados, pero todavía se hablaban,
aunque solo fuese a
gritos.
Sus conversaciones no eran
sino un ir y venir de acusaciones,
un “tú no le dices
nada”.. un “tú lo malcrías..”
un “tú me quitas la
autoridad..” un “tú te desentiendes”...
y en ese fuego cruzado
Pedro huía a la calle con los colegas a cualquier hora,
para llegar tarde y
extrañamente adormecido,
desafiaba los castigos
estériles,
apuntaba con el dedo
amenazante a la cabeza de la vencida Andrea cuando Julián se
ausentaba, guardaba billetes pequeños dentro de libros polvorientos.
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Julián observa inerte el
café y quiere ahogarse en él.
Andrea se traga su miedo
con el último sorbo.
Hay que seguir
resistiendo.
Los cómos y porqués de
sus destinos viven con ellos,
como los hilos de una enorme tela de araña
tejidos por las
habitaciones de la casa,
de los que no pueden
escapar.
Tras el desayuno, Julián y
Andrea se observan por última vez
con una mirada moribunda,
porque el “¿qué
hacemos?'” es un araña perversa
que les devora lentamente.

Dolorosamente real,,,
ResponderEliminarUn abrazo Auro.