13.11.16

EL SACRO BALANCEO


Ayer fui a comprar rabo de toro -o de lo que se tercie- a una carnicería cercana a casa.
Me encanta preparar ese estofado porque me acerca a las ventas de mis pueblos blancos,
a los mediodías de los domingos luminosos de invierno,
a los paseos por las callejuelas empinadas y silenciosas,
al brillo del sol en las paredes encaladas,
al vino dulzón compartido con amigos en las tascas eternas de ancianos aldeanos,
al olor de los bizcochos frente a artesanos obradores al caer la tarde
cuando el fresco aparece y la humedad comienza a sentarse en los bancos de la plaza mayor,
al olor de la leña de las primeras chimeneas encendidas al oscurecer el día.

Disfrutamos como monos comiendo rabo de toro en el salón de mi casa,
saboreando esa carne tierna que se desvanece -como agua, dicen las abuelas-,
pinchando esas orondas patatas fritas que se revuelcan en la salsa como cerditos disfrutando en el barro, construyendo barquitos con trozos de pan cateto para absorber hasta la última huella del aceite de oliva aromatizado, y chupeteando los dedos grasientos con avidez.
Porque si el pollo puede comerse con los dedos -el pollo desgrasado y dietético, como bolas de plastilina- cómo no vamos a comer la carne de rabo, con esa gelatina que nos sella los labios.
Mientras hablamos de nuestras cosas degustamos ese manjar y yo viajo a las tradiciones de mis ancestros, a la herencia de mi abuela y bisabuelas cocineras.
No me importa saltarme por un día la dieta,
a sabiendas de que los doctores prohíben esos platos para caderas anchas como las mías,
pero ¡qué recórcholis! Que me quiten lo bailao, que nunca sabré si mañana lo podré bailar.


Y en todo esto voy pensando cuando cruzo la puerta de la carnicería y vuelvo lentamente a casa.
Todavía estoy dudando de si esta vez le voy a poner zanahorias o no al guiso
cuando levanto la mirada y observo a una señora que camina despacio delante de mí.

Una señora rondando ochenta años que se desplaza
con un balanceo monótono a cada paso.
Un movimiento similar a decenas de mujeres de esa edad.
Un movimiento muy conocido
de otras muchas mujeres de mi vida.
Y -aunque camino con lentitud- aminoro aún más mi paso
y la sigo silenciosamente como en una procesión.

Por algún motivo no quiero adelantarla,
siento que cada una de sus penosas pisadas
ha sido un golpe en la vida.
Esas rodillas que apenas soportan el peso
que crujen con cada movimiento
comportan un ¡Ay! apagado que esa mujer se va tragando.

Cada centímetro de esos huesos desgastados son años,
son esfuerzos y sacrificios.
Son esperarte al mediodía con la sopa caliente en la mesa,
son ahorrar en otras cosas para que te compres ropa nueva,
son permanecer despierta hasta que aparezcas sano y salvo de madrugada,
son calentar una taza de leche y arroparte con cada gripe
y suspirar hasta que pasa la fiebre,
son desvivirse para que tengas la mejor boda,
son cuidar de tus hijos mientras trabajas
y morderse la lengua cuando ya no puede corregirte.
Son sufrir tus sufrimientos sin inmutarse.

La sigo como siguen los penitentes a la Virgen de los Dolores
cuando los costaleros la mecen bajando la calle San Francisco,
con el mismo sagrado respeto
con la misma devoción.

Porque también he conocido ese balanceo en mis entrañas
que en cada ida y venida
golpea el corazón como una pesada aldaba,
como el martillo con el que el capataz avisa a los cargadores
de que hay levantar de nuevo la carga del paso
de que hay que seguir adelante,
y no es necesario que recuerde cómo ha de hacerse
porque el costalero sabe que lo hace con todo el amor.

Porque no hay otra forma más digna de llegar al final.






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