No sé qué piensan
ustedes,
pero es seguro que hay
cosas en la vida que se hacen en vano.
Probablemente todos las
hemos hecho alguna vez:
“Esperé en vano a que
llegara”,
“Busqué en vano una
salida”,
“Todo el trabajo fue en
vano”,
“Traté en vano de
solucionarlo”.
..todo para decir
“inútilmente, sin
razón o sin efecto”.
Pero es muy probable que
ni siquiera sepamos qué es ese “vano” que tanto nos angustia,
en el que nuestro esfuerzo
y nuestras mejores intenciones pierden el aliento,
en el que se nos escapa la
energía,
en el que se nos agota la
vida.
Todo nuestro vigor cae en
el “vano” como en un abismo profundo y perpetuo
y no sabemos qué es, ni
dónde reside.
Y ahora que estamos en
este siglo de luces opacas
donde creemos que podemos inventarlo todo,
nos topamos, de repente,
con aquel primer hombre
que, para salvar el agujero
en una caverna, arrojó el tronco de un árbol,
o aquél otro que para
cruzar un río caudaloso, dispuso piedras sobre las que caminar,
o aquellos que apilaron
rocas a ambos lados del abismo
sobre las que extendieron maderos para poder atravesarlo.
No querían ellos caer en
“vano”,
que no era otra cosa que
aquel espacio libre, abierto y desafiante.
Entonces el hombre inventó
puentes para burlarlo.
Puentes de troncos, de
ramas, de piedras.
Puentes de hierro, de
hormigón, de acero.
Ya no había “vanos”
que le detuviesen.
El “vano” es el vacío
que se nos presenta de golpe,
la sima donde se
precipitan nuestros anhelos
la fosa donde se pierde la
esperanza,
el barranco que nos separa
de los que amamos.
Por eso también ahora,
en tiempos de incertidumbre, en tiempos de desconsuelo,
levantamos puentes a la
desesperada,
sin saber si soportarán las embestidas del destino.
Hay “puentes del tiempo”
que nos llevan a otro lado del planeta unos días
y nos liberan del tedio
y la rutina,
o que nos dejan acariciar
por un breve período
aquel rostro del que nos
despedimos
y que solo en estos saltos
podemos volver a tocar.
Hay puentes que esconden
los secretos de las aguas que los besan,
puentes que han oído reír,
puentes que han visto llorar,
puentes cómplices de amor.
Puentes que,
impotentes, han visto matar.
Hay “puentes de plata”
que tendemos al hostil
con mentiras cabronas,
con halagos,
porque no queremos que
un“vano” insondable
nos meta al enemigo en
casa.
Hay puentes de lealtad levantados con
promesas sinceras,
tan firmes,
que el tiempo las
convierte en cadenas,
no es el “vano” aquí
sino la liberación de una condena.
Hay puentes de amor que se
derrumban en una noche,
que no los levanta de
nuevo un gigante
y se abre de nuevo ante
nuestros ojos un “vano”
por donde se nos precipita
el alma.
No somos sino los
herederos del primer hombre,
y en estos tiempos oscuros
hemos de levantar nuevos puentes para seguir existiendo:
hemos de levantar nuevos puentes para seguir existiendo:
Puentes de lenguas, en
lugar de madera.
Puentes de solidaridad, en
lugar de hormigón.
Puentes de amor, en lugar
de piedra.
Que no haya trampa,
que no nos confundan,
porque no podemos vivir en "vano".
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