Aunque le tiembla el pulso,
a Juan le
resulta sencillo trazar las curvas de las alas
y perfila los bordes
de las plumas con pequeños carboncillos
que le proporciona su esposa
cada cierto tiempo.
En el papel el ave vuela majestuosa,
pero al
levantar la mirada y verla atrapada en el tendido eléctrico,
a Juan
se le rompe el alma.
Tanto, como cuando desenfoca la mirada
y se topa
de nuevo con los fríos barrotes de la celda.

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