Cuando volvió a
despertar, sintió que algo había cambiado.
El Ave Fénix intuyó que
había llegado su vejez
porque un cansancio
infinito
se asentaba debajo de su plumaje dorado,
pero no había otra.
Aquella tórrida tarde de
agosto se incineró de nuevo y resurgió
ante los atónitos ojos
de los chiquillos
que aplaudían estrepitosamente
bajo la carpa mugrienta
del circo.
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