Sara
Baras es un espíritu superior envuelto en bailaora.
Cuando
la veo taconear me agobio porque no puedo respirar,
pero
me gusta deleitarme en ese ahogo masoquista que teme un mal paso,
un
movimiento inoportuno, o una vuelta de más fuera de compás.
Ella
nunca lo hace.
Solo
un espíritu etéreo se maneja en esa sutileza,
con
esos ademanes incorpóreos que hacen que me cuelgue en el aire con
ella.
Sabe
llevar el floreo de sus dedos al nivel de fascinación del ataurique
de las mezquitas árabes,
y su
sedoso braceo a la fascinante ondulación del mar en un día de
levante suave.
Toda
ella es una nana para un niño enfermo.
Un
hechizo.
Pero
cuando el taconeo se impone, Sara vuelve a la tierra.
Te
clava la mirada como una estaca traidora y dudas de todo.
¿Qué
es ella entonces?
Aún
no lo sabe
pero
yo, que la observo absorta, también bailo con ella,
también
me zambullo en el aire al compás de la caja,
también engaño a otros en cada quiebro,
también
escupo ira en mi taconeo interior.
Hay
otras bailaoras que me arrastran, sí,
pero
solo ella me pinza el alma.
Sin
embargo, no pueden ser todos esos movimientos pura estética estéril,
no
tendría sentido.
Sara
se ha convertido en el habla de mi tierra,
como
lo es el Flamenco.
La
imagen que veo cuando me miro al espejo es engañosa
porque
no refleja todo lo que llevo dentro.
No me
juzgues entonces por esa imagen baldía que ves fuera,
porque
no soy yo.
Mi
tierra es como yo y yo como ella,
que
muchos no la conocen aún mirándola a diario,
por
eso entrego el testigo a Sara y que ella hable por nosotras.
Cuando
Sara planta el pie con un sonido limpio y enérgico
es mi
tierra la que te grita que ella también existe.
Cuando Sara temblequea infinitamente apretando los puños
es mi
tierra la que llora con angustia porque no la defienden.
Cuando
Sara marca un escobillado acariciando el suelo
es mi
tierra la que te abre el sendero.
Cuando Sara inclina hacia atrás todo su cuerpo
alzando su mirada al cielo
es mi tierra que busca la luz que luego esparce.
Cuando
Sara, abducida en el compás,
despliega lentamente su encarnada falda y abre sus cálidos brazos
es mi
tierra la que te recibe entrañable,
sin
condiciones,
sin
prebendas.
Sara
y yo nacimos en Cádiz, somos el Sur.
Nuestra
casa es nuestra alma y viceversa.
Que
el tacón de Sara te enganche y te arrastre también.
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