8.10.17

EL TACÓN DE SARA





Sara Baras es un espíritu superior envuelto en bailaora.
Cuando la veo taconear me agobio porque no puedo respirar,
pero me gusta deleitarme en ese ahogo masoquista que teme un mal paso,
un movimiento inoportuno, o una vuelta de más fuera de compás.

Ella nunca lo hace.

Solo un espíritu etéreo se maneja en esa sutileza,
con esos ademanes incorpóreos que hacen que me cuelgue en el aire con ella.
Sabe llevar el floreo de sus dedos al nivel de fascinación del ataurique de las mezquitas árabes,
y su sedoso braceo a la fascinante ondulación del mar en un día de levante suave.

Toda ella es una nana para un niño enfermo.
Un hechizo.

Pero cuando el taconeo se impone, Sara vuelve a la tierra.
Te clava la mirada como una estaca traidora y dudas de todo.
¿Qué es ella entonces?

Aún no lo sabe
pero yo, que la observo absorta, también bailo con ella,
también me zambullo en el aire al compás de la caja,
también engaño a otros en cada quiebro,
también escupo ira en mi taconeo interior.

Hay otras bailaoras que me arrastran, sí,
pero solo ella me pinza el alma.

Sin embargo, no pueden ser todos esos movimientos pura estética estéril,
no tendría sentido.

Sara se ha convertido en el habla de mi tierra,
como lo es el Flamenco.

La imagen que veo cuando me miro al espejo es engañosa
porque no refleja todo lo que llevo dentro.
No me juzgues entonces por esa imagen baldía que ves fuera,
porque no soy yo.

Mi tierra es como yo y yo como ella,
que muchos no la conocen aún mirándola a diario,
por eso entrego el testigo a Sara y que ella hable por nosotras.

Cuando Sara planta el pie con un sonido limpio y enérgico
es mi tierra la que te grita que ella también existe.
Cuando Sara temblequea infinitamente apretando los puños
es mi tierra la que llora con angustia porque no la defienden.
Cuando Sara marca un escobillado acariciando el suelo
es mi tierra la que te abre el sendero.
Cuando Sara inclina hacia atrás todo su cuerpo 
alzando su mirada al cielo
es mi tierra que busca la luz que luego esparce.
Cuando Sara, abducida en el compás,
despliega lentamente su encarnada falda y abre sus cálidos brazos
es mi tierra la que te recibe entrañable,
sin condiciones,
sin prebendas.

Sara y yo nacimos en Cádiz, somos el Sur.
Nuestra casa es nuestra alma y viceversa.

Que el tacón de Sara te enganche y te arrastre también.



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