18.7.20

EL PRELUDIO DEL PERO




Volar, lo que se dice volar...no vuelo.
                                       El Kanka.


Mi madre heredó de su madre y su abuela el arte de guisar. 
En una familia de buen comer, ese es uno de los legados más valiosos que se puede recibir.

                    Cuando éramos niños y mi madre guisaba nos acercábamos a los fogones atraídos por el olor, devorábamos con los ojos ese suculento potaje cociendo «a su amor», -como ella decía- mientras la observábamos remover los garbanzos o habichuelas que hervían frente a su delantal perfumado con nuez moscada y clavo.

                  Después de que las legumbres hubieran viajado a la mesa y tras la última cucharada, aún nos quedaba tiempo y salsa para rebañar el plato con la esponjosa miga del pan, mientras dibujábamos con precisión unos blancos surcos que se entrecruzaban una y otra vez, niños ingenieros de caminos creando entramados de veredas. 

               Absorta en esa minuciosa labor, ausente a los comentarios y risas de mis hermanos, de repente oía la voz de mi madre que me despertaba bruscamente de aquel embeleso: 
«¿has terminado ya? Pues toma, cómete un pero». 
 Eso me molestaba, porque con cada mordida, el pero me dejaba un latigazo acedo entre los dientes. Yo prefería de postre el dulzor de un plátano maduro, sin embargo, lo cogía sin rechistar y me lo comía. El regusto ácido que dejaba en la boca borraba de un plumazo la melosa sabrosura del guiso y el recuerdo de las cucharadas se desvanecía poco a poco en mi memoria con cada mordisco de aquella pulpa cetrina.

-----------------

                  ¡Cuántas veces nos pone la vida aquel ácido y verde pero de nuevo en la boca!.                                     De repente, un día, nos sorprendemos a nosotros mismos entablando una batalla interior en un monólogo baldío:

 «Dejaría este trabajo, pero...», 
«le diría lo que pienso, pero...» 
«me marcharía de aquí, pero...».

                  La vida nos regala esos peros con cariño, 
por nuestro bien,
 para que no cometamos errores, 
para salvaguardarnos de un callejón sin salida, 
para no caer en el remordimiento de una acción imprudente.

Sin embargo, la vida no es consciente de que borra de un plumazo 
ese guiso caliente de ideas que en un momento comenzaron a hervir en nuestra cabeza. 

                Da igual si de repente nos damos cuenta
 de que lo que vivimos no es lo que antaño habíamos soñado,
de que solo queda un último tren por coger,
de que por fin nos hemos decidido a dar el gran salto. 

Cuando hemos llegado al convencimiento,
 cuando más seguros estamos de lo que queremos, 
la vida nos ofrece un «pero» que nos frena en seco.   
                                                                           
 Sabemos bien que no nos gusta,
 porque lo que de verdad queremos es un «así que»...
maduro y dulzón, que nos dé alas, 
que abra las puertas de un mundo desconocido y apasionante, 
que nos quite las losas de la espalda,
 que ponga el broche final a nuestros sueños 
y que nos deje ser auténticos, sin tapujos, sin trabas, sin máscaras. 

Nos imaginamos diciendo: 

«dejaría este trabajo, así que...»,
 «le diría lo que pienso, así que...»,
 «me marcharía de aquí, así que...»

Pero al final abdicamos, 
bajamos la mirada 
y nos adaptamos al orden establecido, 
por obediencia o cobardía 
-no sé- 
el caso es que ese «pero» ácido que nos impide ser nosotros mismos, 
 ya se nos queda para siempre atravesado en la garganta.


---------------
(Dedicado a mi hermano. 
No por lo que digo aquí, 
sino simplemente, 
porque se lo prometí.)








No hay comentarios:

Publicar un comentario

Copyright info

Páginas