Quiere la gota ser río.
Quiere ella.
Si pudiese,
llevaría flotando la pena
hasta la comisura de mis labios,
para alejarla después,
dormida,
en el monte de miel de un
beso.
Quiere la gota ser aguas
bravas.
Quiere ella.
Si pudiese,
agitaría toda la
impotencia con su espuma briosa,
convirtiéndola después
en burbujas
que huyesen silenciosas en
el aire.
Quiere la gota ser
tsunami.
Quiere ella.
Si pudiese,
arrastraría la añoranza
con su furia
por el valle de los
pliegues de mi cara,
para expulsarla del rostro
hacia la nada.
Pero no puede la gota.
No puede ella.
Desfallece rendida y a
hurtadillas
en el pozo de mis poros
fatigados,
dejando -tan sólo- en el
camino
el rastro de la cola de
una lágrima.
