“El tiempo está como
una regadera”
oigo decir.
Es curiosa esa comparación
entre la locura y la regadera.
Un recipiente inocente y
discreto en el jardín,
esperando que una mano lo
ice suavemente
y lo pasee entre planta y
planta desparramando el agua fresca dadora de vida.
No tiene sentido.
Entonces lo busco
y cuando los orígenes de
la comparación son varios
me decanto por el que me
parece más atractivo:
Es Pancracio Celdrán el
que nos cuenta que la frase pudo nacer
a raíz del estreno de una
obra que causaba furor en su época:
En 1907 la cupletista
Julia Fons estrenó “El Vals de la regadera” en el Teatro Eslava
de Madrid,
una pieza procedente de la
zarzuela “La alegre trompetería” en donde se decía
con cierta picardía
subida de tono:
“Tengo un jardín en mi
casa
que es la mar de rebonito;
pero no hay quien me lo
riegue
y lo tengo muy sequito.
Al levantar y acostarme
lleno de agua la regadera,
y con las faldas muy
recogidas
lo voy regando de esta
manera”...
Cuando la cupletista hacía
ademán de regar con la regadera, el público enloquecía y hacía
gestos destemplados conforme Julita Fons iba insinuándose más y
más, de modo que en aquellos años
primeros del siglo XX se
decía que estaba como una regadera
la persona que pierde el
control y gobierno de su persona.
Ya sé que me pierdo por
los Cerros de Úbeda
con una facilidad pasmosa
(como Álvar Fañez en la
contienda de cristianos y almohades).
Todo para decir que el
tiempo es un señor enchaquetado y con bigote
que no está muy en sus
cabales,
que enloquece y nos envía
treinta grados en noviembre,
que nos hace un gesto
destemplado y nos deja caer en la sesera
trombas de agua que
desbordan ríos y causan inundaciones imposibles,
que pierde el control y
nos lanza trompos de tornados que arrasan ciudades,
que no sabe gobernarse y
deja nuestros campos áridos durante meses.
Y es que todos somos la
cupletista Julita Fons desquiciando al clima:
“No puedo reciclar, no
tengo sitio en la casa para tanto bidón”
“yo es que el coche lo
necesito para todo”
“talaremos algunos
árboles, pero esa carretera es necesaria”
“¿y si hacemos una
fogata para asar los chorizos?”
“ahora no podemos
permitirnos reformar la fábrica”
“Ya se nos ha encallado
otro petrolero cerca de la costa”
Y así vamos cada uno
cantando un cuplé,
paseándonos por el mundo
con nuestra picardía
y subiendo poco a poco la
líbido del entorno.
No es extraño que el
tiempo se excite,
no sepa cómo entrarnos
y pierda su control y su
gobierno.
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“El tiempo está como
una regadera”
oigo decir.
Y es que no hacemos otra
cosa que subirnos la falda
y enseñarle las canillas.
