3.11.16

UNA DE ACEITUNAS, POR FAVOR.

Esta costumbre tan nuestra de tapear a mí me parece que es toda una gozada.

Son múltiples las versiones sobre su origen pero yo me voy a quedar con la que me toca
de cerca, con la de los que aseguran que surgió a raíz de una anécdota protagonizada
por Alfonso XIII en su visita a Cádiz.
Antes de regresar a palacio, el monarca se detuvo en el Ventorrillo del Chato, 
venta que aún existe en la playa que lleva su nombre, entre Cádiz y San Fernando.

Alfonso XIII pidió una copa de vino de Jerez, pero no se percató de que un remolino de viento que 
se coló en el local amenazaba con llenar de arena de playa el catavinos real.
Para evitarlo, un avispado camarero se precipitó a cubrirlo con una loncha de jamón.

Cuando el rey fue a dar un sorbo, preguntó con sorpresa: "¿Qué es esto?". El mozo le contestó:
"Perdone mi atrevimiento Majestad, le he puesto una tapa para que no entre arena en la copa".
Alfonso XIII se comió la loncha de jamón y requirió que se le sirviera otro Jerez, pero 
"con otra tapa igual". Todos los presentes rieron el ingenio real y emularon al rey pidiendo lo mismo.

--------------------

Tapear es como abrir la caja de bombones de Forrest Gump.
Entro en el bar con mi acompañante y recorro la barra con mirada de forajido,
en realidad estoy cruzando los dedos dentro de los bolsillos del abrigo
para que aparezca un hueco suficiente para dos,
una esquina incómoda o no, pero con dos buenos taburetes,
o una mesita libre en ese acogedor rincón,
aunque esté llena de migas de pan y gotas de cerveza.

Lo suyo es encontrar el sitio, tomar posesión del terreno.
Una vez logrado este objetivo, el modus operandi del tapeo no tiene reglas,
cada cual impone las suyas, como en el lejano Oeste.

Entonces, en ese intervalo en el que espero hambrienta,
el camarero viene y antes de preguntar qué me apetece
me planta delante un platito de aceitunas aliñadas,
para marcharse de nuevo a por su libreta de notas.

Tengo la manía de ver mundos dentro de otros mundos.
Por eso, mientras mi acompañante decide qué tema de conversación va a iniciar,
u observa detenidamente el ambiente del lugar,
o se queda unos minutos enganchado a la pantalla que está colgada en la pared
hipnotizado por la falta en la zona del área que va a lanzar Ronaldo,
yo me quedo colgada de ese plato de aceitunas tan variopinto:
ese juego de colores otoñales que, con tanto tacto,
mezcla los diferentes tonos de verdes y negros 
de las aceitunas hojiblanca, picual o verdial,
los rojizos del pimiento y la naranja agria,
los aromas del hinojo, el tomillo y el orégano
y la suave transparencia del ajo y la cebolla.

Comienzo el picoteo
y descubro todo un compendio de sabores entrelazados que estallan en la boca,
como ágiles acróbatas que quisieran sorprenderme con cada pirueta.

Las aceitunas son las estrellas del espectáculo, el soporte de la actuación,
porque se entienden a las mil maravillas, aun siendo tan distintas.
Se complementan y dejan que el resto de los ingredientes 
aporten su estilo y su conocimiento para completar la tapa.
La salmuera los abraza como una madre, los mantiene unidos, les hace fraternizar, los sintoniza.

Sin darme cuenta y en unos minutos,
he quedado saciada por ese aperitivo -a priori- insignificante,
y ya no es tanta la urgencia de comer otras cosas.

Pero de repente, veo en esa potente y enérgica picual, a la serena asertividad,
en la agradable hojiblanca, la necesaria comunicación,
en la dulce verdial, la apreciada simpatía,
en la recia naranja agria, el arduo autocontrol,
en el trío de ases de las hierbas, la inestimable cooperación,
en los inseparables ajo y cebolla, la solicitada empatía,
y en la fraternal salmuera, el inevitable apego.

Y descubro que a veces nos parece que tener habilidades sociales no significa nada.

Que podemos dejarnos arrastrar por los deseos de los otros,
al contrario que la picual,
que podemos escondernos en nuestro búnker y tragarnos los pensamientos,
al contrario que la hojiblanca,
o que podemos tratar a los otros con la punta del pie y pisarlos si nos apetece,
al contrario que la verdial,
que podemos decir todo lo que pensamos sin tener que medir nuestras palabras,
al contrario que la naranja,
que podemos hacerlo todo solos, sin solicitar nada a nadie,
al contrario que las hierbas,
que podemos ignorar el sufrimiento de otros, que no nos atañe,
al contrario que el ajo y la cebolla,
o que podemos vivir eternamente como islas,
al contrario que la salmuera.

Entonces me doy cuenta de que he aprendido mucho con mi tapa de aceitunas.

Cuando saboreamos la verdadera esencia de las habilidades sociales
el camino por andar es más sencillo,
porque ya no estamos solos,
porque el hambre desaparece.






Copyright info

Páginas