4.9.16

LOS SUEÑOS, CINE SON.


Tengo vocación de Cecilia.
Pero no es precisamente en el tedio de la vida en lo que me parezco a la chica triste de Woody en La rosa púrpura de El Cairo. Nuestra similitud radica en la pasión por las historias que se esconden detrás de una gran pantalla, y por el poder que esas historias pueden llegar a alcanzar cuando nos abandonamos en el cómodo asiento de la sala oscura, sin más diálogo que el que entablamos los infinitos personajes y nosotras.

Ir al cine es a leer, como viajar en avión es a viajar en autobús.
 Te desplazas igual, pero en el cine recorres el mundo o incluso galaxias, vives una vida entera, mueres, resucitas, o ves hacer todas esas cosas a cientos de personajes o seres fantásticos diferentes en tan solo dos horas.
Pagas tu entrada, tomas asiento y cuando las luces se apagan, comienza la aventura.
Simplemente el sonido que envuelve el ambiente ya estremece.
Y -como Cecilia- dejas que esos personajes salgan de la pantalla y se apoderen de tu vida durante ciento veinte minutos.

Dejas que esos espíritus y asesinos en serie ericen tus cabellos, te hagan escurrirte lentamente como si quisieras esconderte debajo del asiento o te hagan aferrar el brazo de tu acompañante -que por cierto, está haciendo lo mismo que tú- hasta que sueltas el grito de tu vida; ese que quisieras dar muchas veces en la cara de tu jefe, o el que soltarías más de una vez en la cocina mientras friegas los platos.
Y te quedas nueva, esperando el siguiente susto, porque sabes que esos sobresaltos no salen de esa sala, a no ser que la vida te trate tan bien que quieras llevártelos a casa para distraerte.

Dejas que esos superhéroes te alcen en brazos, salgan volando sobre las cabezas de los cinéfilos atónitos y te salven del incendio de ese colosal edificio, porque ya te quemas y consumes bastante en tu día a día y, a menudo, no hay nadie cerca que pueda liberarte de las llamas.

Dejas que esos personajes desvalidos te hagan partícipe de sus infortunios, les escuchas y te solidarizas con ellos, compartes sus cuitas y procuras que no se note mucho que resbalan algunas lágrimas por tus mejillas, por eso le das algún sorbo a la Coca Cola de vez en cuando.
Porque, por una vez, no eres tú quien va buscando un alma caritativa que le comprenda y apoye.

Dejas que esos personajes con agallas agujereen la pantalla a tiro limpio, o se dejen la piel en los juicios para resolver entuertos y que te pidan que testifiques, a ti, que lo has visto todo, para ayudar a restaurar el orden general de las cosas impartiendo justicia: los malos pagan y los buenos ganan; porque son muchas las veces que se te encoge el alma de puro pesar, o sientes que las tripas se te retuercen de impotencia cuando escuchas las noticias y ves tanto malnacido impune.

Dejas  que esos pensadores se acerquen a cuestionarte cosas en las que no habías reparado, a hacerte preguntas, a debatir contigo e incluso, a veces, te piden que actúes, que des un paso importante, porque apenas nadie te pregunta qué es lo que quieres o lo que necesitas.
Tienes la posibilidad de cambiar las cosas, pero estás tan absorto en tu rutina, 
que no te das cuenta de que tienes ese poder.

Dejas que esos cómicos salgan de la pantalla, como el entrañable Tom de Woody, caminen hasta tu fila, se hagan paso entre los asientos hasta llegar a tu lado para contarte un chiste, gastarte bromas y , si es preciso, hacerte cosquillas hasta que sueltes enormes carcajadas que te levanten el ánimo, que por fin te hagan olvidar que cada vez te cuesta más trabajo reírte a diario, que son menos los motivos.

El vínculo poderoso que has creado entre todas esas personas de cuento y tú se rompe cuando se encienden las luces y se apaga la pantalla, pero te llevas cosas.
Puedes llevarte comprensión, decisión, ilusión y la mayoría de las veces, satisfacción,
pero puede que no te lleves nada, también.

De seguro que esas veces, eres tú el que ha dejado allí lo que no necesitas.


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